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La Unión Europea intenta evitar más divorcios tras el Brexit

Cuando los líderes europeos se asomen hoy al castillo de Bratislava y observen el Danubio, su coqueto casco antiguo y sus anodinos bloques de la época comunista, será difícil que no tengan en mente la palabra divorcio en la cabeza.

La ciudad se convirtió en capital de Eslovaquia hace un cuarto de siglo, después de un divorcio de terciopelo de sus vecinos checos que admiró al mundo entero. Eso es exactamente lo que Londres querría obtener de la Unión Europea, el club del que en junio decidió darse de baja, una separación lo más indolora posible y beneficiosa para ambas partes. También sus futuros exsocios, pasado el enfado inicial y a la vista de los muchos intereses comerciales y económicos en juego, empiezan a observar el asunto con más serenidad que en junio.

El voto a favor del Brexit ha sido el detonante de la cumbre informal que hoy se celebra en Bratislava. Y aunque todo el mundo es consciente de que la salida del Reino Unido cambiará a la UE para siempre, los líderes europeos no se han citado fuera de Bruselas para hablar de divorcio, sino de unión, de cómo reforzar los lazos entre los que se quedan y cómo sacar al proyecto europeo del marasmo en que parece sumida por la sucesión de crisis irresueltas. El Reino Unido no está invitado a esta reflexión.
Las negociaciones del divorcio, ha reiterado el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, no comenzarán hasta que Londres no notifique formalmente sus planes de abandonar el club, algo que no se espera que suceda, como muy pronto, hasta el primer trimestre del 2017. El objetivo es unir a la UE en torno a una agenda muy concreta, en lugar de presentar “grandes visiones que pueden no materializarse”, explican fuentes diplomáticas. Pero a pesar de los llamamientos a la unidad y la lealtad de los últimos días, el ambiente está enrarecido por la petición de Luxemburgo de expulsar a Hungría por su trato a los re­fugiados y las agrias réplicas del Este.

Sin embargo, no sólo la crisis de asilo puede agriar las discusiones. Matteo Renzi, primer ministro de Italia, llega dispuesto a poner sobre la mesa las disfunciones de la zona euro. “Voy a hacer oír la voz de un país cansado de recibir listas de cosas que hacer” y de que las reglas no se apliquen igual a todo el mundo, dijo ayer en Bratislava apuntando a Alemania y su nunca sancionado excesivo superávit comercial, un problema que muchos economistas consideran clave para el resto de los países del euro. “Los jefes de Estado y de Gobierno deberían actuar y pensar como líderes europeos, no sólo nacionales”, se lamentaba ayer un diplomático europeo.

La reflexión que hoy acometen los líderes europeos se ve limitada por el próximo referéndum en Italia sobre la reforma del Senado, que puede hundir a Renzi si no lo gana. También por la consulta en Hungría sobre las cuotas de refugiados, y las elecciones que Francia, Holanda y Alemania celebrarán en el 2017.

De momento, el objetivo es pactar una hoja de ruta (agenda de Bratislava) con prioridades claras en las que volcarse en los próximos meses para recuperar la confianza ciudadana: reactivación de la economía, lucha contra el terrorismo, control de la inmigración e impulso a la defensa común.

La cooperación militar es un viejo plan que Francia, con apoyo de Alemania, ha resucitado tras el Brexit. La marcha del Reino Unido elimina el mayor obstáculo a una defensa europea que sea autónoma de la OTAN.

Algunas delegaciones prefieren no levantar expectativas y poner el acento en la economía y las reformas institucionales de la zona euro. “El trabajo no está terminado, si no se actúa pronto puede haber consecuencias muy graves”, advierten fuentes diplomáticas.

Tusk ha puesto sobre la mesa otro asunto conflictivo, los supuestos “efectos indeseados de la libre circulación de trabajadores”. España y otros países lamentan que se cuestione una de las cuatro libertades básicas de la UE y han pedido al presidente del Consejo que reformule sus conclu­siones.

El debate se abrirá tan pronto como se comience a negociar con el Reino Unido, que reniega de la libre circulación de personas pero quiere preservar el acceso al mercado único. Los Veintisiete consideran que las cuatro libertades son inseparables, pero algunos países temen ahora que la negociación con Londres sea una coartada para introducir restricciones en toda la UE.

No será en Bratislava, pero en próximas citas se verá si los Veintisiete quieren avanzar juntos en la misma dirección. Junto a la UE, que todavía tiene 28 miembros, están la zona Schengen (26 países) y la zona euro (19). La vieja idea de una Europa de geometría variable, en la que un grupo de países avanza más rápido que el resto hacia la integración, vuelve a abrirse paso al calor del Brexit.

Francia apuesta por que al final del proceso se pueda “reunir en un primer círculo a los países dispuestos a progresar más rápidamente”, afirmó ayer su presidente, François Hollande en una entrevista. Su apuesta es por un grupo de tamaño menor al de la eurozona pero mayor que el club de los seis socios fundadores. El jefe de Estado francés citó la seguridad y la defensa como nuevo elemento de cohesión. Merkel apuesta, al menos de momento, por “trabajar inclusivamente para que todos los 27 estados miembros tengan la oportunidad de participar y de decidir las cosas juntos”.

(Beatriz Navarro, La Vanguardia)