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Barrenetxea identifica a tres de los agentes que le hicieron sufrir un calvario

Sandra Barrenetxea revivió ayer, en la segunda sesión del juicio que se sigue en la Sección Primera de la Audiencia de Bizkaia contra cuatro guardias civiles por torturas, el sufrimiento que le infligieron un número indeterminado de agentes que participaron en su traslado desde Bilbo a Madrid, donde en los calabozos del instituto armado continuaron amenazas de violación, golpes y vejaciones. En varios ocasiones, su relato se entrecortó por los sollozos al recordar el calvario que padeció desde que la montaron en un coche en Arrigorriaga. Pero sacó fuerzas para volverse, mirar a la cara a los acusados e identificar y especificar cuál fue su papel en un infierno que no borrará de su mente de por vida.

A preguntas de su abogada, Jone Goirizelaia, fue mirando a cada uno de ellos, citando lo que recordaba de la intervención de los guardias civiles durante su detención por su militancia política en 2010. «Ese es el que me puso encima de la mesa durante un interrogatorio y amenazó con violarme, ese es el del coche y el de la esquina es el que me tomó declaración», señaló entre lágrimas.

Quien con su denuncia ha logrado después de tres archivos sentar en el banquillo a los cuatro agentes llegó al Palacio de Justicia de Bilbo, donde estaba citada a declarar en calidad de testigo, entre gritos de ánimo de personas concentradas desde 90 minutos antes de la hora prevista para la reanudación de la vista. Portaban una pancarta con el lema ‘‘Inpunitateari Stop!’’, y lanzaron consignas de «Hemen torturatzen da», «Guardia Zibila, alde hemendik» y «Ez ez ez, torturarik ez».
Esos mensajes de apoyo se repitieron luego en el interior de la sede judicial, donde decenas y decenas de personas se agolpaban en una cola improvisada para acceder a la sala mezclados con decenas y decenas de guardias civiles. Costó que arrancará la sesión hasta que se consiguió el reparto equitativo de la sala entre el público de ambas partes, con algún que otro grito.

- «Un shock absoluto».

Barrenetxea comenzó respondiendo a las cuestiones formuladas por su abogada. Explicó cómo se produjo su detención en un piso donde residía sola, los primeros gritos en la oscuridad de unos hombres que se abalanzaron sobre su cama. «Fue un shock absoluto», apuntó antes de recordar el registro de la casa de su abuela, la primera visita a los forenses de Bilbo, el traslado a Donostia al domicilio de su madre y el retorno al Botxo para cursar nueva visita a los forenses.

Todo cambió, añadió, cuando en Arrigorriaga abandonó un Patrol para subir a la parte trasera de un turismo, donde le pusieron un antifaz. Gritos y empujones fueron la antesala a la advertencia de que «empezaba lo bueno» y que «lo iba a pasar mal». «Me quitaron la camiseta, bajaron los pantalones y las bragas hasta los tobillos», relató, al tiempo que dijo «pensaba que no tenía nada que hacer», «me pegaban, me tocaban, se reían de mi, me insultaban, me llamaban puta... Era un caos».

Ya en el coche le pusieron la bolsa y, cuando se revolvía por la asfixia, le pegaban. «Un caos total», repitió. También rememoró que uno de los dos hombres que iban con ella atrás «era un poco gordito, no tenía pelo. Me tocaba, me llamaba puta y me decía: te vamos a violar». Barrenetxea siguió narrando golpes, insultos, más vejaciones y cómo le hicieron coger un objeto metálico. Le dijeron que era una pistola con la que iban a lograr que no saliera libre.

A su llegada a la Dirección General de la Guardia Civil, un forense la asistió pero no le preguntó por el trato durante el traslado. De ahí a la sala de interrogatorios, donde se repitieron insultos y golpes. «Yo me sentía como una mierda», confesó. Tuvo arcadas, comenzó a toser y le amenazaron con tragarse lo que parecía que iba a vomitar.

Le dijeron que se desnudara, no lo hizo y la forzaron a cumplir sus órdenes. La amenazaron con que uno, ‘‘El Francés’’, la iba a violar. Barrenetxea rompió entonces a llorar, quebrada por el recuerdo. La pusieron, dijo, sobre una mesa y entró el citado agente, que le espetó lo que sigue: «Dónde está esa hija de puta, que la voy a violar». «Me dijo –insistió en un relato estremecedor– ‘de aquí no sales, y si no colaboras te voy a violar y no vas a salir de aquí, no vas a poder tener hijos hija de puta, no vas a poder ser madre y no vas a poder salir de aquí’». La detenida apuntó a que «estaba absolutamente histérica».

- «Impotencia e inseguridad».

«De pura desesperación», trató de «darse de cabezazos contra la pared», y, al darse cuenta los guardias, la volvieron a amenazar. Ella sabía además que quedaban muchas horas de incomunicación: «Es una sensación de impotencia e inseguridad absoluta, de que no eres nada, de que pueden hacer contigo lo que quieran», subrayó.

En ese estado de desesperación, el forense de la Audiencia Nacional volvió a cursar una visita a Barrenetxea. «No me dijo nada, que estuviera tranquila, no escribió nada». La detenida se sintió «totalmente desorientada» y «bloqueada» después de que le volvieran a practicar «la bolsa», repitiéndose los golpes y las posiciones forzadas.

El fiscal le preguntó por qué no había manifestado nada al forense, en Madrid, de la situación que estaba viviendo. «¿Para qué le iba a decir que me habían bajado los pantalones, si no era capaz de darme un analgésico?», le contestó Barrenetxea, añadiendo que «esperaba que actuara como un médico». La testigo confesó que «es difícil tener un relato coherente y completo» de lo que vivió esos días.

- Una sicóloga defiende la veracidad del relato de la víctima.

No toda la sesión de ayer del juicio se centró en el relato de la víctima. También la sicóloga Olatz Barrenetxea acudió para aclarar el contenido del informe pericial que, en base al Protocolo de Estambul, da «absoluta» veracidad a lo que la denunciante dice que sufrió. El caso de la bilbaina es uno de los 120 informes redactados por esta especialista que están en poder el Instituto Vasco de Criminología y se aportaron a la instrucción judicial.

«La conclusión a la que yo llegué es que el relato de Sandra Barrenetxea, con toda la sintomatología que se apreciaba y con todos los resultados del test, tiene máxima consistencia, es absolutamente creíble», manifestó a preguntas de la acusación particular, para afirmar que «es imposible simular» lo relatado por la denunciante años después de aquellos hechos, que tiene «un quiebro importantísimo en el vínculo» y «mucha infravaloración de la identidad».

Esta sicóloga clínica, especializada en traumas, explicó que la denunciante presentaba «un trastorno de estrés postraumático, sintomatología depresiva, que entonces era leve, y mucho trastorno de ansiedad», añadiendo que «existe una concordancia entre la historia de los síntomas físicos y sicológicos y las incapacidades agudas y crónicas que parece con la descripción de la tortura».

A preguntas del fiscal, la perito desveló que era tal el trauma de Barrenetxea que, al hacerle una de las entrevistas, comenzó a hiperventilar con riesgo de asfixia al recordar lo sufrido en dependencias del instituto armado.

Antes, durante su interrogatorio, Sandra Barrenetxea explicó al letrado de la defensa, Carlos Aguilar, que «ir a un sicólogo no es un trago fácil. Asumir cómo no eres capaz de gestionar tu vida exige un proceso personal para asumir que tú no tienes la culpa». A la víctima le costó acudir, siendo tratada desde octubre 2013 por una especialista, quien le diagnosticó «un síndrome depresivo con ansiedad generalizada». «Un estado permanente de alerta y nerviosismo, que hace que su ansiedad sea continuada y coarte su libertad y posibilidad de vivir una vida normal», explicó. Un detalle tremendo es que Barrenetxea se sentía «más tranquila» en la cárcel, al no estar a merced de los agentes que la interrogaron.

- Declaraciones.

«Me amenazaron con que me iban a violar, que no iba a salir de allí y que no iba a poder tener hijos, que no iba a ser madre, que estaría 20 años en la cárcel»

«Me golpearon, me pusieron la bolsa, me desnudaron y tocaron, me insultaron, y los golpes y amenazas de violación fueron constantes»

«¿Para qué le iba a decir al forense que me habían bajado los pantalones, si no era capaz de darme un analgésico cuando le dije que me dolía?»

(Agustín Goikoetxea, Gara)