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Socialismo, populismo y neuropolítica en el cambio de época (José Eduardo Muñoz Negro)

Doctor en Medicina y socialista

Alguien dijo que no estamos en una época de cambios, sino en un cambio de época. Esta realidad ha sido interpretada, narrada o conceptualizada de muchas maneras. Desde la sociedad líquida de Baumann a la sociedad del riesgo de Beck, pasando por la ultramodernidad de J.A. Marina, las teorías sobre la posmodernidad o la modernidad inacabada de Habermas. Aunque diferentes, todos comparten y asumen el paradigma de la complejidad y la pérdida de referentes cognitivos, simbólicos e ideológicos.

Puede parecer un tópico pero el tiempo se ha acelerado y la realidad se construye en los medios de una manera instantánea y deja de ser actual de manera casi instantánea también. En este contexto tan fragmentario y tan abierto, no hay ningún “gran relato” que no haya entrado en crisis, especialmente las ideologías políticas. Lo nuevo no termina de emerger y lo viejo se resiste a morir. En ese contexto vital, político e ideológico es donde hay que enmarcar las novedades y las decadencias de la política española y europea. Paradójicamente, ante esa difuminación de las identidades colectivas y esa crisis cultural, algunos mecanismos atávicos de la psique individual y colectiva retornan con fuerza. La religión, entendida en un sentido amplio como elaboración de la trascendencia o como el acto de trascender sin trascendencia como Bloch señalaba, y el nacionalismo, emergen otra vez recordándonos que la Historia tiende a repetirse a pesar de que nunca se repite de la misma manera.

En ese contexto, como reacción y como síntoma surge Podemos como respuesta y como síntoma de la crisis al mismo tiempo. Surge desde los perdedores de la crisis pero en sí mismo la incorpora. De ahí sus debates internos y su dinámica de creación/destrucción que no pueden ser abordados meramente desde una perspectiva dualista de derecha/izquierda, moderados/duros o calle/instituciones, pues esas y muchas más dimensiones se entremezclan en el debate y en las mismas personas que tienden a aparecer contradictorias y cambiantes al mismo tiempo. De la capacidad para manejar esa complejidad sistémica interna y externa depende en gran parte su futuro político. Tendrá futuro en la medida de que sepa conectar lo nuevo y lo viejo, teniendo en cuenta que nada es totalmente nuevo y que lo viejo se metamorfosea de distintas maneras.
La patología de lo “nuevo” es el adanismo, el intento de empezar de cero a cada momento, la de lo “viejo” es el aferrarse a categorías caducas que den seguridad. Y ambas son tentaciones permanentes en momentos de desconcierto cultural y político. Ante esa situación de complejidad posmoderna y precariedad el debate parece polarizarse entre la construcción de un populismo de izquierdas, un oxímoron, y la construcción de una izquierda más o menos clásica entendida en los términos de la socialdemocracia o el socialismo. Paralelamente surge otro falso debate entre la disyuntiva de ganar elecciones- para lo cual el transversalismo, la moderación y el populismo serían las claves de la victoria- o por otro lado, la construcción de una identidad coherente “de izquierdas” entendida como partido de izquierda socialista o poscomunista. Como si ganar elecciones y tener consistencia ideológica (aunque sea aparentemente líquida) fueran realidades excluyentes.

Parafraseando a Karl Popper, no nacemos con un yo, tenemos que aprender a tener uno y a darle una buena teoría. Podemos está ensayando su yo y debería ser capaz de generar la mejor teoría capaz de conectar lo viejo y lo nuevo. En medio de ese debate surge el debate sobre el populismo. Palabra controvertida y cargada negativamente. ¿Qué entendemos por populismo? ¿La construcción de hegemonías y relatos transversales en una posmodernidad posmarxista o la manipulación de las emociones políticas al servicio del establecimiento? Porque si entendemos lo segundo, todos los actores políticos hacen populismo. Sobre todo los partidos xenófobos del no a todo, del no a los otros, al diferente. Los partidos del miedo, la xenofobia y la paranoia. ¡Ojo con el miedo porque nunca es emancipador sino la gasolina emocional del populismo de derechas! Quien mejor entiende y maneja el miedo es la derecha, sin embargo la respuesta al miedo es la empatía. Ésta tiene potencial emancipador. Ambos, miedo y empatía, están en la naturaleza humana pero no movilizan lo mismo. Se gana cuando se consiguen respuestas empáticas hacia tu propia teoría capaces de generar relatos que superen la fragmentación y la inseguridad. Se pierde cuando se libra la batalla en el terreno emocional, simbólico e ideológico del contrario. El territorio ideológico del populismo de derechas es “terreno de muerte” para cualquier proyecto emancipador, según las tácticas enunciadas en “El arte de la guerra” de Tsun Zu. No pienses en un elefante, dice George Lakoff, refiriéndose al Partido Republicano de EEUU. Para ganar, las formas deben ser empáticas y la teoría debe ser buena. Y conviene subrayar que no es lo mismo ser empático que ser moderado, la moderación es un constructo ideológico al servicio de la derecha. La empatía, una forma de entender la política desde la naturaleza humana. La empatía es la base de la política, tal como la entendía Aristóteles como política de la amistad, el miedo lo es de la antipolítica, tal como lo entiende el populismo xenófobo. ¿Y qué es la teoría sino una buena forma de praxis? Hoy la mejor teoría sigue siendo el socialismo entendido como sociedad de la emancipación, como sociedad sin dominación en equilibrio ecológico con el planeta. Socialismo entendido como el hilo rojo que viene del pasado y se entrelaza con otros colores del presente y del futuro: verde, violeta…Si hay alguna dimensión ideológica transversal esa es la idea de justicia universal del socialismo. Desde ella se pueden construir los relatos que empatizan con los propios y no activan la reacción miedosa de los “neutros” o los “adversarios”. Relatos para ganar, teorías para transformar.

(Espacio Público)