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Gadafi y qué pasa con Libia (Inocencio Arias)

Al final, Gadafi terminó como Sadam Husein. Tenían muchos puntos de contacto: ambos eran dictadores crueles con orígenes modestos que se convirtieron en dueños del país, con hijos que iban a heredar la finca. Uno fue capturado en un pozo y el otro en un canal de desagüe. Sus enemigos no tendrían clemencia con un déspota sanguinario. En Irak hubo un rápido proceso y ejecución, en Libia los que lo prendieron parecen haberse tomado la justicia por su mano, ahorrando una serie de problemas a las nuevas autoridades.

El fin de Gadafi aporta conclusiones. La primera es que, a pesar de la determinación de los que se alzaron contra él, el derrocamiento ha sido posible gracias a la intervención de la OTAN. La Alianza impidió que los rebeldes fueran aplastados al iniciar la revuelta y fueron aviones franceses, ayudados por un moscardón de reconocimiento estadounidense, los que machacaron la columna de 80 vehículos en la que escapaba Gadafi. Los rebeldes acabaron la operación. La segunda conclusión es que la OTAN se apunta un tanto. No ha tenido bajas y alcanzó el objetivo declarado, proteger a la población, y el oculto, derribar a Gadafi. Ha habido un costo económico no despreciable –los intentos de nuestro Gobierno de minimizarlo son un tanto infantiles– pero asumible.

La tercera conclusión es que la opción de la fuerza no ha funcionado. Escamado con los ejemplos de Túnez y Egipto donde, según Gadafi, los dirigentes perdieron el poder por no echar los tanques a la calle, Gadafi apostó por la respuesta más dura. Error. Los otros están vivos y él ha sido eliminado con rabia. El ejemplo hará cavilar al sirio Asad y otros dirigentes árabes.

¿Qué pasa ahora en Libia? ¿Se encaminará hacia una democracia imperfecta o se convertirá en una nueva Somalia, con el sufrimiento consiguiente y los quebraderos de cabeza que ocasionaría a Occidente? Los análisis divergen. Ha desaparecido el polo que unía a los rebeldes: desembarazarse del detestado amo del país. Libia no tiene cultura democrática, lleva casi 42 años sin prensa libre, sin elecciones. Los pesimistas sostienen que habrá luchas intestinas y más derramamiento de sangre. Los optimistas subrayan que gran parte de la población quiere regirse por pautas occidentales y apoyará una salida democrática.

En el CNT hay tres facciones, los desertores del régimen anterior, los islamistas y los miembros de la sociedad civil. Los dos últimos se quejan de que el Consejo está demasiado dominado por los exgadafistas, lo que va a forzar probablemente la dimisión del primer ministro, Mahmud Jibril, que ha prometido la formación de un Gobierno en un mes, elecciones en ocho meses y una Constitución en año y medio. A diferencia de Irak, Libia no esta drásticamente dividida entre sunís y chís (la mayoría es suní). Pero el levantamiento ha hecho aflorar ciertas diferencias regionales entre las milicias formadas en Bengasi, Misrata y, Trípoli y no será fácil que acepten integrarse en un Ejército nacional.

Otras dos interrogantes planean y uno es sobre el carácter del islamismo. En Túnez los islamistas van a resultar ser la única fuerza organizada. Pueden hacerse con el poder y habrá que ver que política aplican. En Libia son una incógnita. El segundo interrogante es el petróleo: ¿Aceptarán las nuevas regiones libias un reparto equitativo de esa riqueza?

Alguien ha dicho que será un milagro que Libia tenga una evolución pacífica pero que más milagro resultaba hace ocho meses poder echar a Gadafi.

El Periódico de Catalunya