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The Strand, la paradoja que puede acabar con una de las librerías más famosas del mundo

La icónica librería The Strand, de los pocos negocios familiares que plantan cara a la disrupción de la economía digital, se enfrenta a un dilema. El edificio donde el añorado Fred Bass hizo grande el negocio, situado en el cruce de Broadway con la calle 12, acaba de ser propuesto para su preservación. Pero ese reconocimiento puede obligarle a cerrar, porque los costes y la burocracia se comerán unos márgenes que son ya muy estrechos, justo cuando necesitan ser más competitivos.

Bass falleció en febrero, a los 89 años. Lo que su padre Benjamin empezó como un negocio para vender libros de segunda mano en 1927, un año antes de que él naciera, se convirtió en una gigantesca tienda en Union Square en la que se pueden encontrar 2,5 millones de volúmenes. Si se pusieran todos en fila, habría que recorre una distancia de 30 kilómetros. Fue él quién convirtió The Strand en toda una institución cultural.

Fred estaba obsesionado con los libros, como los clientes que cada día peregrinan hacia el local para perderse entre las estanterías mientras exploran buscando tesoros como Letters to Vera, de Vladimir Nabakov. Era uno de los títulos preferidos de Bass. Su sueño, decía, era gestionar una gran tienda de libros. Y lo consiguió. Ahora se quiere dar una especial distinción al edificio que la acoge.

‘Yo soy una antología. 136 autores ficticios’ (Fernando Pessoa). Toda una literatura

‘Yo soy una antología. 136 autores ficticios’. Fernando Pessoa. Traducción de Nicolás Barbosa López. Edición de Jerónimo Pizarro y Patricio Ferrari. Pre-Textos. Valencia, 2018. 527 pp.

En la célebre carta –incluida en los apéndices de esta edición– al crítico Casais Monteiro en la que Fernando Pessoa (1888-1935) explicaba el origen y función de sus heterónimos más conocidos y productivos –Alberto Caeiro, Ricardo Reis y Álvaro de Campos, más el “semiheterónimo” Bernardo Soares– , escamoteaba el autor el dato, que ahora entendemos como revelador, de que las personalidades ficticias a las que había encomendado lo mejor y más significativo de su propia obra no se reducían a los cuatro nombres citados, y que el fenómeno mismo de la heteronimia no había surgido en él como consecuencia de la experiencia epifánica por la que le fueron deparados, en un solo “día triunfal” –8 de marzo de 1914–, los treinta y tantos poemas en los que se le reveló la voz de Caeiro, el primero de los heterónimos y maestro de los otros y del propio Pessoa; sino que, por el contrario, la invención de personalidades ficticias era un procedimiento al que el autor se venía entregando desde sus propios comienzos como escritor, en plena adolescencia, y que la suma total de los “nombres con que Pessoa firmó textos, o [a quienes] encomendó funciones” alcanza los ciento treinta y seis compilados en la edición que nos ocupa, en la que se descartan otros setenta y siete nombres postulados por otros investigadores y cuarenta y nueve registros más de los que no hay más datos que una simple mención o una firma.

El lector puede sentirse abrumado por estas cifras; y es fácil que, al adentrarse en la erudita pesquisa que le proponen Jerónimo Pizarro y Patricio Ferrari, responsables y compiladores de Yo soy una antología, termine perdiéndose en la intrincada red de parentescos, débitos literarios mutuos y autorías fluctuantes que une a estos ciento treinta y seis escritores conjeturales ideados por la imaginación de Pessoa. Pero esa segura desorientación quizá sea lo de menos. ¿Tiene alguna importancia, por ejemplo, que el autor a quien Pessoa quiso llamar –está claro que humorísticamente– “Dr. Nabos” sea o no el mismo a quien más adelante llama “Dr. Neibas”, en lo que parece una transcripción de la pronunciación inglesa del nombre anterior? Lo que se advierte en estos detalles, y en muchos otros –por ejemplo, que muchos de estos autores se multipliquen en varios hermanos del mismo apellido, que otros escriban cartas al propio Pessoa o a sus conocidos, que algunos sean voces mediúmnicas que se han manifestado en sesiones de espiritismo, etcétera– es que el humor no suele estar lejos de estas creaciones pessoanas e incluso puede postularse, al menos en la fase anterior al mencionado “día triunfal”, que fue el principal motor de las mismas.

Las primeras, en efecto, surgieron cuando el adolescente Fernando Pessoa vivía y estudiaba en la ciudad surafricana de Durban, hasta 1905, y se expresaba literariamente en inglés. Y tienen un indudable sabor inglés las charadas, los enigmas y demás bromas que diseñó para O Palrador [“El Parlador”], un periódico manuscrito que Pessoa confeccionó entre 1901 y 1902 y para el que concibió una primera pléyade de corresponsales y colaboradores, definiendo así un modo de proceder que duraría hasta las vísperas mismas del “día triunfal”: la elaboración de ambiciosos proyectos colectivos para los que, antes que buscar colaboradores reales, el autor prefiere inventar aquellos que específicamente necesita y ofrecen el perfil más idóneo. Es lo que ocurrirá, por ejemplo, con la editorial Ibis (1909), un complejo y efímero proyecto para el que diseñó todo un elenco de traductores, tratadistas y colaboradores. De estos y otros proyectos dejó Pessoa detallados bosquejos en los que asignaba trabajos concretos, y a veces primeras versiones o bosquejos de los mismos, a los diversos autores inventados.

No es (solo) Vox (Marta Roqueta)

Vox es una hidra cuyas cabezas son todas esas miserias que España no ha sabido superar. El machismo, la xenofobia, el racismo, la LGTBIfobia y el españolismo. En consecuencia, hace falta extender la mirada más allá de los doce escaños andaluces de la formación ultraderechista y analizar cuál ha sido el papel del resto de partidos en el combate o fomento de todas estas ideologías del odio.

Vivimos tiempos en que se cuestiona la hegemonía del hombre (español) blanco, en que el nepotismo y la corrupción carcomen las instituciones del régimen del 78 y en que, como defiende la filósofa política Jule Goikoetxea, la globalización facilita la privatización de servicios básicos y lima el poder de los parlamentos. Ante la frustración e incertidumbre generadas, Vox ofrece unos enemigos, una forma de abatirlos —de abatirlos bien, pues acostumbran a pertenecer a los sectores más vulnerables—, una identidad definida y un relato emancipador basado en la glorificación de un pasado en que todas esas categorías que ahora se ponen en duda descansaban sobre firmes sistemas de dominación.

Por esta razón, ahora más que nunca, se debe poner en valía el pacifismo democrático y optimista de los valores, prácticas, afectos y redes de empoderamiento ciudadanos que hicieron posible el 1 de Octubre. Aquel debate de aspiraciones —decidir hacer lo de siempre o intentar algo nuevo— que resumía Paul B. Preciado en Catalunya trans: "O bien la independencia [de Catalunya] es el objetivo final de un trámite político que tiende a la fijación de una identidad nacional, a la cristalización de un mapa de poder, o bien se trata de un proceso de experimentación social y subjetiva que implica la puesta en cuestión de todas las identidades normativas (nacionales, de clase, género, sexuales, territoriales, lingüísticas, raciales, de diferencia social o cognitiva)".

'Entre gatos universalmente pardos' (Damián Finvarb, Ariel Borenstein). Mucho más que un militante suicida

Entre gatos universalmente pardos lleva al cine la biografía de Salvador Benesdra, autor de El traductor, una novela sorprendente

La historia ya era dramática: el periodista que siempre peleaba contra los monstruos de su mente, el que lo sabía todo y lo leía todo, el que militaba en el Partido Obrero, el que hablaba siete idiomas y había leído El Capital de Marx al revés y al derecho antes de terminar la secundaria, el que bailaba cumbia, el que escribía en los muchos ratos libres, el que hizo una obra enorme, el que no pudo encontrar editor aunque fue finalista del Premio Planeta, el que fue despedido y se fue a reescribir esa novela, el que no pudo más, el que voló diez pisos. Salvador se llamaba. Benesdra. ¿Cómo no contar su historia? Pero ¿cómo contarla?

Ese es el desafío que tomaron el cineasta Damián Finvarb y el periodista Ariel Borenstein en el documental Entre gatos universalmente pardos. Una frase sacada de ese gran libro que finalmente se publicó dos años después de su muerte: El traductor.

Viene de una reflexión entre poética y política: “Me dije que tal vez era cierto, después de todo, que las ideologías están muertas. Me regodeé mirando por la venta del bar cómo el sol caliente de la primavera de Buenos Aires comenzaba a fundir todas las convicciones del invierno”. En ese contexto entra: “Pero yo sentía que por todas partes estaba drenando una noche gris de gatos universalmente pardos”.