
Cuatro nuevos querellantes de la megacausa que lleva Servini de Cubría sobre los crímenes de lesa humanidad durante el franquismo relataron a Página/12 los motivos de sus presentaciones
La magistrada María Servini de Cubría recibió el mes pasado 54 nuevas demandas de ex presos políticos nucleados en la asociación “La Comuna” de detenidos por el régimen franquista entre las décadas del 60 y 70. Sus demandas se integraron a la megacausa argentina que a través de principios de justicia universal podría investigar los crímenes de lesa humanidad y genocidio cometidos por la dictadura española entre 1936 y 1977. Página/12 conversó con cuatro de los nuevos querellantes durante su visita a Buenos Aires.
Manolo Molina Holguera (64), Isabel Pérez Alegre (63), María Carmen del Valle García (59) y Luis de las Barreras Galán (63) conforman la última generación de víctimas de la dictadura. Son veteranos de una lucha colectiva: vivir bajo identidad falsa, sufrir la persecución de las brigadas franquistas, dormir en los ratos libres tras noches dedicadas a la impresión de propaganda. En tiempos de la dictadura española, militaron en el Partido Comunista Marxista Leninista (PCML), actividad por la que los detuvieron en distintas oportunidades.
A 35 años de la recuperación de la democracia en España, reclaman justicia por la persecución, reclusión y torturas que sufrieron y una reparación histórica del pueblo español. Su país les ha cerrado definitivamente las puertas con la condena a Baltazar Garzón en febrero pasado, el único juez que intentó investigar esos crímenes. La mayoría de las causas abiertas en el país ibérico fueron archivadas sin que se tomara medida alguna, según afirmó en su informe “Casos cerrados, heridas abiertas” Amnistía Internacional.
La asociación La Comuna basa su nombre en la forma solidaria en que los presos políticos se agrupaban en la cárcel. Como Manolo, Isabel, Carmen y Luis, la mayor parte de los detenidos por motivos ideológicos –hubo decenas de miles– fueron amnistiados, una vez muerto el general. Sin embargo, las leyes por las que se los condenaron continúan en un paraguas de legalidad y, por tanto, en los papeles y para la historia, todos ellos aparecen como culpables.
Es una historia silenciada, asegura Manolo Molina Holguera. “La mayor parte de la población entiende que lo que hizo el franquismo después de la guerra (mal llamada ‘civil’, entre 1936 y 1939) fue un horror, en que se cometieron crímenes de lesa humanidad. Pero no muchos consideran que la dictadura fue horrorosa hasta el final.” En ese sentido, explicó que su integración a la querella argentina “no es por ir a la Justicia simplemente”.
“Es el hecho de que se recupere la verdad, que se repare la historia del pueblo español –asegura–. Porque si no pareciera que España es el país que conquistó América y que masacró a los indios. Y el país que luego masacró a los rojos. ¡Joder! Eso no se puede admitir. Hay que llevar el convencimiento a la gente de que en el país ha habido personas que han luchado por la libertad y que si no han conseguido imponerla es porque ha habido unos hijos de puta que los han masacrado. Mientras eso no se reponga, no hay paz.”
Para Carmen, el golpe del general Francisco Franco quiso borrar del mapa histórico los avances progresistas del gobierno de la Segunda República en España. “Fue uno de los estados más progresistas en, por ejemplo, aspectos feministas de toda Europa. Las mujeres tenían derecho al aborto, al divorcio, se discutía el derecho al voto femenino. En el ’36 todo eso desapareció. Con el franquismo fue ‘todas a las iglesias’. Se empezaron a llevar las faldas por los tobillos, para trabajar debían pedirle permiso a su marido o a su padre, y todos los matrimonios civiles quedaron anulados.”
“El de mis padres, por ejemplo”, acota Luis. “Yo creo que necesitamos justicia por la justicia en sí. ¿Cómo puede una sociedad, y contestadme ustedes los argentinos, continuar la vida normalmente cuando hay ciento y pico mil personas enterradas sin reconocer y sin ponerle el nombre y sin poner un sitio donde sus familias puedan decirle adiós, sin que se busque a los hijos robados de las presas por monjas (Garzón estimó que son alrededor de 30 mil), sin que cuente en la historia que somos tan vergonzosos y tan cobardes que les seguimos teniendo escondidos, sin que salga en los papeles?
Isabel asiente. “Y que las personas responsables de eso hayan sido ministros hasta en la democracia, como el caso de Fraga y otros muchos que han participado activamente en la dictadura, que son responsables. Sin hablar de altos cargos en la policía, en empresas. Gente muy reconocida socialmente que parece que su pasado ha sido estupendo.”
- “El régimen franquista se murió matando”.
María Carmen del Valle García le envió la llave de su casa escondida en el taco de unos zapatos a una presa política de 21 años que estaba detenida en la cárcel de Yeserías. La joven detenida saltó al camión que entraba todos los días a llevar el pan a la prisión, se escondió dentro de una cesta y cuando llegó a una zona con mucha vida urbana comenzó a correr. Una vez teñido su pelo, escapó a Francia. “Luis (de las Barreras Galán, esposo de Carmen) era el responsable de la célula donde estaba yo. Ya nos habíamos visto, pero empezamos a hablar cuando preparábamos la fuga de nuestra compañera”, relata Carmen.
En mayo de ese año (1975) Carmen fue detenida. “Estaba haciendo una reunión política en un parque de Madrid con una compañera y se nos echó la policía encima. Como no existía el derecho a la reunión, más de tres personas no podían estar reunidas nunca en público. Nos llevaron a la Dirección General de Seguridad. Fueron tres días de pie sin dormir y palizas, palizas, palizas. Y mientras, la policía nos interrogaba, señalaba fotos de compañeros para que los delatáramos. Pude ver que llevaban tiempo siguiéndome, pero no habían detectado mi participación en la fuga de esta chica y tuve la suerte de que las notas de la reunión no las entendían.”
– ¿La juzgaron?
– Sí, me condenaron a tres años por asociación ilegal y salí con un indulto. Pero haber estado presa me significó la expulsión inmediata del trabajo que había mantenido los 8 años que llevaba militando. Desde ahí sí que tuve que irme a vivir fuera, porque, aun con Franco muerto, estuvieron casi dos años haciéndonos seguimientos. De hecho, a la compañera con que había estado presa la volvieron a detener y ahí sí que la torturaron... Le fue muy mal.
La fuga tampoco le salió sencilla a Luis. “Me torturaron al punto de que estuve meses sin poder subirme a una cama porque tenía todo hecho polvo. Me pusieron 500 mil pecetas de multa que eran tres meses de cárcel y al morirse Franco me hicieron un juicio de trámite a toda velocidad y me liberaron.”
– ¿Cómo empezó a militar?
– Soy de una familia republicana, todos voluntarios del ejército de la República con distintos grados de represión y de un barrio de Madrid que se consideraba muy rojo, con mucha resistencia. En la época en que nosotros empezamos a militar, en los ’60, estaba todo mucho más dulcificado, pero el hambre y el miedo sufrido por nuestras familias generaban mucho aislamiento. Personas que nos querían no nos ayudaban o no se atrevían a meterse en la lucha, aunque tuvieran una ideología muchísimo más radical que la nuestra. Había dirigentes sindicales que llevaban 20 años de cárcel y sus familias quedaban en la ruina. Tenemos amigos a los que se les ha muerto la madre de hambre en la calle por ser de los rojos. Hubo cientos de miles de personas en campos de concentración, como un tío de Carmen, o que se fueron al exilio, como el 90 por ciento de los maestros, o que los mataron, o que los depuraron, lo que significa que no podían trabajar más.
– ¿Cómo fueron los últimos años?
– En 1973, la represión recrudeció: detuvieron a muchas personas de nuestro entorno, muchos de ellos estaban en la cárcel y habían sido torturados. A un compañero lo hicieron beberse un cóctel molotov y murió. Se producían muertes continuamente, algo que se había parado. Como dicen, el régimen se murió matando...
- “Mientras estabas allí te sacudían todo el rato”.
Manolo Molina Holguera conoció a Isabel Pérez Alegre, cuando comenzaron a militar en la Universidad de Madrid. A fines de la década del ’60, él estudiaba Físicas y ella Biológicas. “Había muchas razones para combatir –cuenta Manolo–. La dictadura estaba en plena decadencia y, por eso mismo, en plena ofensiva. Franco estuvo reprimiendo a la gente hasta el último momento. Reprimía al movimiento obrero, a los mineros, gente de las fábricas más importantes de España y, claro, en la universidad.” Desde entonces, las historias de ambos querellantes fueron en paralelo.
Cuando a Manolo lo detuvieron, en 1974, ya llevaba tiempo fichado por su militancia en la comisión obrera del Partido Comunista Marxista Leninista (PCML). “Tenía unos 27 años y la casa llena de libros de Marx, Lenin y Trotsky. Teníamos allí también una multicopista de mano que era lo más artesano del mundo. La noche en que llegó la policía habíamos impreso un panfleto en que se pedía el boicot a los transportes de Madrid y yo llevaba encima dos hojitas pequeñas llenas de instrucciones. Me las comí antes de que se hicieran de la información.”
– ¿Lo juzgaron?
– Sí, en el Tribunal de Orden Público (TOP), por donde pasaron cerca de 15 mil presos políticos, de los que se condenó a 10 mil. Me dieron 5 años en la cárcel; pero con la muerte de Franco, en diciembre de 1975, hubo un indulto. El mecanismo era: te liberaban, pero tú no tenías cumplida la pena. Antes de la sentencia, pasé por la Dirección General de Seguridad, donde me pegaron, como pegaban a todo el mundo, aunque no me torturaron.
“Siempre hubo complicaciones, pero en 1970 logramos casarnos –interviene Isabel–. Sin embargo, desde que lo detuvieron, en 1974, todo empeoró. Esa noche escapé corriendo y tuve que pasar a una clandestinidad absoluta. Es decir, ya trabajaba sin papeles, me mudaba de casa con frecuencia y no firmaba con mi nombre ningún contrato. Pero en el ’74, además, abandoné mi identidad de Isabel, perdí el contacto con mi familia y con casi todos mis amigos.”
– ¿Bajo qué identidad?
– El último carnet que me consiguieron era de una tal Saturnina, una mujer del pueblo de Valladolid. Era terrible: por cada ascensor, cada puerta que se abría, podían llegar mis perseguidores. El que no lo ha vivido, no sabe lo que significa estar de sitio en sitio, pendiente al menor ruido. Como Saturnina fregaba casas, y de ahí sacaba algo para pagarme una habitación compartida y poco más. Cualquier cosa me afectaba, todo estaba muy jorobado desde el asesinato en 1973 del policía Carrero Blanco, que se suponía era quien iba a suceder a Franco en el poder.
“A mí me detuvieron en octubre del ’75, poco después de que ese genocida dictara la última sentencia a muerte en que mató a tres camaradas. Un tribunal de la Dirección General de Seguridad (DGS) me acusó directamente de terrorismo, por la afiliación a asociación armada, por paso clandestino de frontera y por dirigente. Me mandaron a la cárcel de Yeserías. La cárcel fue como un descanso luego de lo que pasé en la DGS. Me tuvieron allí no tres días como a todo el mundo... me torturaron en serio y me bajaron a la celda sólo al final. Lo que quiero decir es que mientras estabas allí arriba no dormías, te estaban sacudiendo todo el rato. Días, y días, y días...”Página 12