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La felicidad de los otros (Lucía Etxebarria)

Si estás leyendo esto, quiere decir que has vivido toda tu vida hasta hoy. Quiere decir por lo tanto que tú has sobrevivido a abandonos sentimentales, rupturas, épocas de parones profesionales más o menos largas, la muerte de un familiar o un amigo cercano, o de una mascota, algún profesor o profesora inepto que te hizo dudar de tus capacidades, algún amigo o amiga que te traicionó, y algún tipo de trauma mayor (una violación, un atraco, una agresión física o psicológica seria, un perro que te mordió cuando eras pequeño, un accidente, un acoso escolar o laboral...).

A todos y a todas nos ha pasado.
Pero has llegado hasta aquí.
Felicidades.

Si estás atravesando uno de los momentos que he citado en el primer párrafo, recuerda: nadie se libra. Lo que sucede es que precisamente cuando atravesamos uno de esos momentos en lugar de recordar lo universal actuamos al revés: nos fijamos en esa amiga, ese vecino, ese compañero de trabajo o esa celebridad mediática a la que todo parece irle divinamente. Tiene un matrimonio feliz, unos hijos estupendos, obedientes y estudiosos, una casa que parece recién salida del Maison Décor y un trabajo que le gusta y que le reporta un sueldo de varios ceros.
Pero quizá no sea oro todo lo que reluce.

Mi amiga Nadine (nombre falso) es una conocida modelo y actriz francesa. Está casada con un exdeportista de alto nivel. Para ambos se trata de segundas nupcias. Cada uno tiene hijos de su anterior enlace y ambos tienen dos niños en común. Nadine y Pierre (nombre falso) aparecen a menudo en la prensa del corazón. Nadine es la imagen de una marca de productos alimentarios. Protagoniza campañas publicitarias en las que recomienda yogures, pasta, bollería industrial, chocolate, pizza. El público la percibe como una madre competente, equilibrada, estable y, sobre todo, feliz, y la marca se aprovecha de esa imagen. Si mañana hubiera una encuesta en Francia en la que se preguntara: “¿Cree usted que Nadine X. es feliz?”, el 99% de los franceses respondería categóricamente: “Sí”.

Nadine es feliz, sí, pero no tanto. Los dos hijos de su marido no hacen más que decirle que su mamá cocina mejor, es más guapa, más simpática y, además, nunca ha enseñado las tetas (una revista publicó hace años unas fotos de Nadine sorprendida en topless). La hija habida de su primer matrimonio aprovecha cualquier ocasión para dejar claro y expreso que no entiende por qué su madre dejó a su padre por ese pijo engominado. Y los dos niños hijos de Nadine y Pierre tienen un muy bajo rendimiento escolar. El psicopedagogo asegura que sufren estrés.

Nadine no es infeliz. Valora lo que tiene. Ama a su marido, quiere a sus hijos, entiende la suerte de poder trabajar como modelo a los casi cuarenta y cinco años, pero a veces se encierra en el baño y se pone a llorar como una Magdalena.

Nadine, por cierto, no sabe guisar, ni siquiera preparar la pasta que anuncia y que supuestamente cocina en un spot. Cuando me acomete una crisis de llanto, me acuerdo a menudo de Nadine y procuro hacer como ella y valorar lo que tengo. Nadine no puede hablar a casi nadie de esta historia, porque su trabajo depende de su imagen. Y es que ya dijo otro francés que tenemos más interés en hacer creer a los demás que somos felices que en tratar de serlo.

Magazine, La Vanguardia