Con el bipartidismo en decadencia por hartazgo de corrupción, con la política convencional en declive por su incapacidad de encontrar respuestas a una crisis de modelo, el tercerismo se halla ante una oportunidad única. Millones de ciudadanos desencantados anhelan una vía de participación distinta a la alternancia tradicional que no comprometa la estabilidad del Estado. Aunque los dos grandes partidos españoles han acaparado hasta ahora el espacio de centro, esa bolsa basculante de votos de clase media urbana que viene resolviendo la dialéctica del poder, parece llegado un momento en que la decepción popular se ha estancado en una presa de desafecto que necesita encontrar una válvula de desembalse. A lo largo de tres décadas de democracia las intentonas centristas han quedado absorbidas, con la fugaz excepción del CDS de Suárez en los 80, por la tendencia pragmática de nuestros all catch parties, las fuerzas atrapalotodo que han acabado imponiendo su hegemonía pendular; pero tal vez ese tiempo bipolar esté caducando.
Si UPyD y Ciudadanos uniesen sus fuerzas podrían llegar a decidir el Gobierno de España. Ambos acogen, con matices poco perceptibles, la simpatía de un electorado al que el dogmatismo partidista ha llevado a los límites de la fatiga. Un segmento moderado que reclama un proyecto reformista con una idea sólida de nación, un programa regeneracionista sin hipotecas de episodios corruptos ni sectarismos ideológicos. Esa demanda existe y de algún modo se ha creado sola, por hastío, por aburrimiento, por desengaño; está al alcance de quien sepa abanderar con cierta cohesión y sin oportunismos una oferta responsable.
Entre Rosa Díez y Albert Rivera, que esta semana ha empezado a sondear una ampliación de su mercado, hay, sin embargo, visibles recelos de liderazgo. La primera ha constituido una marca que atisba resultados de facturación electoral rentable. El segundo encabeza un interesante movimiento que hasta ahora ha logrado constituirse en el último dique contra el delirio de la secesión catalana. Los dos tienen problemas de personalismo y de percepción de identidad más allá de sus rasgos antinacionalistas y aún han de superar –si lo desean, que tampoco está claro– la tentación del populismo demagógico. Juntos pueden construir, con sus limitaciones, el cauce de esa tercera España que no se resigna al abandono abstencionista; por separado tendrán que conformarse con una cierta relevancia emergente que tal vez resulte poco decisoria.
El asunto es importante porque esa fuerza de interposición podría evitar la tentación frentepopulista que se perfila como alternativa de un PP a la baja. La crisis de régimen va a aventar las mayorías y amenaza con una inestable atomización parlamentaria. Sería muy triste que se atascara la puerta oscilante del poder sin que tampoco lograse funcionar el mecanismo de la bisagra.
ABC
