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Iñaki González, joven que perdió la visión de un ojo el 22M: "La pelota impactó directamente; por suerte estaba lejos porque, si no, el ojo hubiese explotado"

Criminalización de la protesta social

El joven Iñaki González, estudiante de Relaciones Internacionales en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid y activista de la CJC, ha perdido el 90% de la visión de su ojo derecho tras recibir el impacto de una pelota de goma el pasado 22 de marzo. Anuncia una querella

«No voy a pensar qué hubiese ocurrido si no me llego a dar la vuelta o si no me paro a saludar. Si no me da a mí le hubiera dado a otro». Iñaki González, estudiante madrileño de 19 años, prefiere no pararse demasiado en los detalles de aquel instante del pasado sábado, 22 de marzo, en el que una pelota de goma le impactó directamente en la cara, provocándole una pérdida de visión del 90% en el ojo derecho. Al principio, entre la sangre y la hinchazón, los médicos no pudieron establecer un diagnóstico. Pero el viernes llegó la confirmación: el proyectil le destrozó el ojo y no hay operación posible, aunque «podría ir a peor». Así que tiene que cuidarse. Según relata el propio González, serían las 21.00 cuando una concatenación de fatalidades hizo que se diese la vuelta en el momento en el que un antidisturbios había apretado el gatillo. «Lo único que recuerdo es llevarme las manos a la cabeza, casi sin sentido y que me llevaron hacia la ambulancia, con la cara llena de sangre, destrozado», explica. No obstante, tiene claro que el verdadero problema no es la casualidad, sino el empleo de un material condenado por Europa y que ha llegado a provocar muertes como la de Iñigo Cabacas. Por eso, su familia está dispuesta a acudir a los tribunales. Como señala Óscar Galán, su padre, «el objetivo es que se prohíban. ¿Le pueden devolver el ojo? Pues, al menos, que ningún otro padre tenga que pasar por esto».

González, estudiante de Relaciones Internacionales en la Universidad Rey Juan Carlos, se sumó a la marcha del pasado sábado a las 17.00 y, junto a cientos de miles de personas, realizó todo el recorrido hasta Colón. Allí se encontraba cuando comenzaron las primeras escaramuzas. «Empezaron a cargar y no me lo podía creer. Todavía no habían terminado los discursos», explica. Ante el evidente riesgo creado por los antidisturbios que irrumpieron en la plaza, dio marcha atrás a través de Recoletos. Todavía no se habían registrado los choques más duros cuando, tras saludar a unos compañeros de la facultad, se dio la vuelta para ver qué ocurría a sus espaldas, escuchó la detonación y recibió un pelotazo en el ojo. No fue un rebote, la trayectoria era en línea recta. En el Puesto Médico Avanzado ubicado en Atocha recibió las primeras curas. No estaba solo. Junto a él también se encontraba Gabriel Ruiz, de 23 años, que perdió un testículo por otro impacto. También «jóvenes y personas mayores» con diversos golpes. Ante la gravedad de su estado, los sanitarios lo trasladaron al hospital Universitario Jiménez Díaz. Allí, a la preocupación y el malestar se le sumaron las provocaciones policiales. Primero, por el riesgo de que los agentes aprovechasen para multar o detener a los heridos. Después, teniendo que soportar las humillaciones de varios uniformados que sacaban pecho ante los heridos causados por sus compañeros. «Mira cómo le hemos dejado el ojo», decía uno entre risas. Hasta que Óscar, el padre del chaval, no aguantó más y le afeó la conducta. No solo no recularon, sino que llegaron a acusarle de «amenazar con la mirada». «Lejos de callarse, buscaba cualquier reacción violenta por mi parte», indica, molesto, mientras asegura que confía en poder sentar en el banquillo al inhumano.

Tras las primeras pruebas y unas interminables horas en las que ni siquiera podía tomar un calmante, los doctores confirmaron a padre e hijo que las perspectivas no eran buenas: pómulo roto, mandíbula desviada, pérdida de sensibilidad... y el ojo destrozado. «Me impactó directamente», señala el chaval. Todavía podía haber sido peor. «Por suerte yo estaba muy lejos. Si no, hubiera explotado directamente», añade. Desde entonces, cuidados intensivos y la perspectiva de una operación con la que enderezar lo que quebró el proyectil, así como el riesgo de un desprendimiento de retina o de perder la movilidad del ojo que apenas puede ver. Por dentro, rabia ante la impunidad. «Te pueden joder la vida en cualquier sentido. Tiran a dar y esto es lo que consiguen».

No vio quién disparó y sabe que le protege todo un entramado institucional. Sin embargo, está dispuesto a acudir a los tribunales y que no puedan utilizarse más pelotas de goma. Mientras tanto, asume que, con 19 años, le han arrebatado la visión de un ojo. Lo que no le han quitado han sido las ganas de movilizarse. «Por supuesto que voy a seguir manifestándome y luchando», asegura.

(Alberto Pradilla, Gara)