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Siquiera, por favor (Ángel Gabilondo)

Hay favores que no se pueden pedir, que no se deben pedir. Lo que tienen de favor es que requieren trato de favor. Pero decir “por favor” no significa necesariamente que se reclame una singular e inadecuada deferencia. No pocas veces no es la que se solicita, sino la que se otorga. También tiene algo de plegaria, que se dirige a aquel a quien se demanda su consideración.

Recabar el favor de alguien significa, en definitiva, apelar a su consideración. A veces no es sino solicitar que no ignore nuestra existencia. Y que, en la medida de lo posible, si no la propicia, al menos, que no la obstaculice o dificulte. Precisamente, se trata de evitar al respecto un debate de competencias, prioridades, derechos o deberes. No para ignorarlos, sino para apelar a otra instancia, para solicitar. Simplemente se alude a aquello que ni siquiera llega a invocar su generosidad. Basta con que no desconsidere nuestra presencia. En muchas ocasiones, no se pide mucho más.

Obrar por favor no es necesariamente un acto de permisividad ni de condescendencia, sino de reconocimiento. Y, en gran medida, de las necesidades y deseos ajenos que, precisamente con un gesto, que es más que un simple detalle, y que abre al espacio de la posibilidad. Y de la experiencia de los imprescindibles límites.

Pensar que el sentido último del favor es granjear el ajeno, en una suerte de mutuo interés, ignora hasta qué punto el retorno de lo hecho ya se cumple con la satisfacción de haber procedido correctamente. Más aún, podría ocurrir que se demande por favor, como favor, lo que en última instancia no es sino ofrecer lo que quizás en rigor es tan nuestro como de aquel a quien se lo solicitamos. No tiene poseedor. Ni ha de ser necesariamente una concesión. Esta gratuidad, la del don, es la suerte del favor.

Una sociedad que hace del favor pura transacción, que ha perdido la valoración del favor como razón autosuficiente, esto es, que se pliega y se basta por sí misma sin necesidad de compensaciones, olvida el sentido de ese por,que forma parte del por favor como razón de ser de la actuación y no simplemente como medio para la satisfacción de quien lo otorga, sin necesariamente ser su poseedor. Nos encontramos con la paradoja de exigir o de ser exigidos por favor, como una forma de imponer, con el señuelo de una formalidad suplicante, aquello que no se solicita, se ordena.

Perdida esta dimensión que mantiene la sencillez de una plegaria y de una súplica incipientes, de una demanda que es la constatación de la necesidad del otro, el favor viene a ser más un compromiso basado en el recíproco interés, con las debidas compensaciones, que un acto limpio y directo. Podría decirse que es solo un ingrediente o una fórmula de cortesía, pero no lo es ni más ni menos que la gratitud o el saludo, de muchísimo más contenido que su simple enunciación.

Cuando creemos merecerlo todo o no necesitar nada, dos modalidades de la misma autosuficiencia, el demandar algo por favor parecería una suerte de debilidad o incluso de pérdida del debido poder propio. De hecho, en tal caso, nada habría de solicitarse, bastaría reclamar el esfuerzo, la dedicación y la entrega, sin duda necesarios. Pero, llegados a este extremo, podríamos solicitar, también por favor, un modo de proceder más capaz de tener en cuenta lo que supone para los demás el entregarnos aquello que nosotros no somos capaces de ofrecer. La correspondencia no es el mero intercambio, la transacción aprovechada de lo uno para con lo otro, ni la complicidad de intereses calculados, sino la mutua pertenencia a un común espacio y desafío. No siempre es imprescindible vérselas en las mismas para comprender las demandas ajenas.

En efecto, invocar un por favor es situarse en el ámbito del comprender y ser comprendido. Al menos, en el de aceptar y ser aceptado. No en el de la exigencia y la imperiosa advocación. Ya no es simplemente cuestión de merecerlo más o menos, sino de precisarlo y de esperar encontrar en los demás las condiciones que propician la posibilidad de buscarlo, de perseguirlo, de lograrlo. Y en ocasiones es tal la urgencia y la necesidad que no precisa demasiadas explicaciones. Ni siquiera es deseable no verse jamás en la situación de invocar este por favor, para dejarlo reducido a una simple fórmula de cortesía. Es más, mucho más.

Entonces, no es necesario recurrir a un vívido discurso, sino que se requiere otra elocuencia, la de la sencilla invocación que reclama nuestra atención y nuestro favor. Para darlos o para recibirlos. Y no se trata de responder desde ninguna superioridad, sino desde la constatación de que, con más frecuencia de lo que somos capaces de reconocer, todos requerimos que algo sea, sin más dilaciones, por favor. Ese es tantas veces el camino. Para quienes siempre consideran merecerlo, esperan recibirlo y reclaman que sea así, el tono hace su trabajo imperioso. Y exigen con un aire de superioridad condescendiente.

Sin embargo, en otras situaciones, nos limitamos a recabar caso, atención, afectos, los de siquiera la verificación de nuestra existencia. Es un simple gesto, una señal, un pañuelo agitado que parece hacerse ver ante el paso decidido e implacable de quienes se limitan a creer merecerlo todo. Decir por favor es un modo de respetar el espacio, de compartirlo, de habitar el tiempo y de valorarlo, y de apelar a lo que en los demás hay de apertura ante la existencia en un entorno común. Reducirlo a mera cortesía, o a simple reclamación, más o menos explícita, es ignorar la fuerza de aquello que, en supuestos mínimos detalles, es comunicación y relación, reconocimiento de uno mismo y de los demás. Incluso, tal vez, una última apelación a aquello más genuinamente humano que quizás aún anida en lo más desalmado. Cuando todas las razones invocadas parecen insuficientes, cuando los motivos ya ni mueven ni movilizan, podría caber, en el modo prácticamente de una plegaria, convocar el por favor.

(El salto del ángel)