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Miedo a la deflación (EKAI Group)

Los autores acusan a los poderes financieros de estar interesados en dar pábulo, sin argumentos reales, a los riesgos que entraña la deflación para justificar así la aplicación de políticas monetarias expansivas

El miedo a la deflación parece instalado en la generalidad de los economistas oficiales por razones que, como vamos a ver, tienen poco que ver con la lógica de la ciencia económica.

La deflación es, por un lado, una gran desconocida. Los supuestos históricos en los que este fenómeno se ha producido son escasos -los más conocidos son la Gran Depresión y la evolución de Japón a partir de los años 90 y ello hace mucho-. Así como la inflación ha sido profusamente estudiada, sucede lo contrario con este fenómeno que, durante los últimos meses, parece tener un interés creciente. En realidad, no hay argumentos que permitan considerar que la deflación tiene por qué ser más negativa que la inflación.

Con frecuencia se destacan los peligros de la deflación, de forma no demasiado seria, estableciendo una comparación entre la situación actual o una situación de inflación moderada con una coyuntura de deflación desbocada, lo que -lógicamente- facilita destacar los enormes peligros potenciales de esta última. Sin embargo, aunque, como hemos indicado, se trata de procesos poco experimentados, todo parece indicar que una deflación moderada tiene ventajas e inconvenientes comparables, a la inversa, con los de una inflación moderada.

Si la inflación incentiva artificialmente el consumo sobre el ahorro, todo lo contrario sucede con la deflación. Si la deflación aumenta artificialmente los salarios, todo lo contrario sucede con la inflación. Tanto la inflación como la deflación son negativas para la inversión empresarial. Si es difícil salir de una situación de deflación estancada, algo muy parecido puede decirse de las situaciones de inflación continuada.

Los peligros propios de la deflación tienen más que ver,probablemente, con la gestión política y de grupos de interés de estas situaciones. Fundamentalmente, por su directa relación con la política monetaria y, en particular, con las políticas monetarias expansivas.

Recordemos que un proceso de deflación puede generarse tanto por un desequilibrio entre la oferta y demanda de bienes y servicios a favor de la primera como por una restricción de la oferta monetaria.

No nos olvidemos que el miedo a la deflación está siendo ya desde hace tiempo uno de los argumentos más repetidamente utilizados como justificación de las políticas monetarias expansivas. La expansión monetaria es una auténtica mina de oro para el poder financiero central y pocas dudas caben de que, ante cualquier atisbo de deflación, economistas oficiales y medios de comunicación se dedicarían activamente a promover la alarma sobre los peligros de esta situación, con el fin de justificar nuevos procesos de expansión monetaria.

En nuestra opinión, el mayor riesgo de un posible proceso de deflación incipiente es precisamente esta alarma artificialmente provocada. De ahí la importancia de que, dentro de lo posible, clarifiquemos cuanto antes, en primer lugar, la necesidad de relativizar los riesgos de la deflación.

En segundo lugar, por muy escéptico que seamos del éxito de nuestras propuestas, es necesario insistir en que las ventajas e inconvenientes de la expansión monetaria como estrategia de lucha contra la deflación no pueden analizarse estrictamente desde la perspectiva de la política monetaria. Los economistas oficiales, neoclásicos o neokeynesianos, tienden a analizar estos procesos haciendo abstracción de lo más importante. Esto es, de cuáles son los destinos de la expansión monetaria y los procesos a través de los cuales la misma se materializa.

Analizar la expansión monetaria desde el punto de vista meramente cuantitativo es, digámoslo una vez más, absurdo, por mucho que sea lo habitual en la ciencia económica actual. Lo esencial es si esta expansión se destina o no a dinamizar y elevar la capacidad productiva global. Si esta expansión se destina meramente a alimentar las cuentas de resultados de los bancos, sólo parcialmente redundará en una reactivación del consumo y de la inversión y se destinará en cada caso a la inversión en los activos que en cada momento la banca considere de mayor rentabilidad, estén o no en el mismo país, sean o no especulativos. El resultado de todo ello es, como EKAI Center viene argumentando de forma repetida, un lógico fracaso de estas políticas a la hora de dinamizar la actividad económica y, por otro lado, una gigantesca e injusta transferencia de recursos desde la sociedad en su conjunto hacia la élite que controla el sector bancario.

De cualquier forma, teniendo en cuenta el actual equilibrio de fuerzas en los ámbitos políticos y económicos en el conjunto de Occidente, hay que dar por supuesto que el riesgo de deflación va a continuar siendo utilizado de forma masiva con el fin de alentar el pánico ante este fenómeno poco conocido y, a partir de este pánico, defender la imperiosa necesidad de una nueva fase de expansión monetaria.

Por supuesto, siempre canalizada a través de préstamos privilegiados al sector bancario y no, como EKAI Center venía proponiendo, a través de los bancos de promoción económica como, por ejemplo, el Banco Europeo de Inversiones (BEI).

(Gara)