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La innovación y el afán de novedades (Ángel Gabilondo)

Se han presentado nuevos productos. Sin duda resulta fascinante. Y probablemente fructífero. En todo caso, cabe preguntarse si por ello pueden considerarse necesariamente innovación. No se descarta. Sorprende que algo se encuentre innovador por ser novedoso, o interesante por ser reciente, o diferente por ser actual. En una sociedad que entroniza como valor el que algo sea de última hora, lo determinante parece ser el gesto de aparecer, incluso el placer de deslumbrar con lo que los demás desconocen. Ciertamente, puede llegar a ser relevante, aunque no con seguridad. La mayor demostración de deficiencia no radicaría en la incompetencia, para admirarlo bastaría con que se tratara de algo reciente. El desprestigio de lo ya sucedido consistiría en su pertenencia a algo en cierto modo pasado. Cada día transcurrido no sería un día más, sino un día de más respecto de la entronizada novedad.

Ahora bien, la innovación no es simplemente la irrupción de lo nuevo. No ha de reducirse a procurar algo, sino que ha de lograr que sea de otra manera. No basta con ofrecer otra respuesta, se trata de darla de tal modo que ponga incluso en cuestión el modo de preguntar, salvo que consideremos que todo lo nuevo es innovador, y que basta que lo sea para considerarlo excelente. Sin embargo, hay una forma de pasado, aquella que no se limita a pasar, que permite que algo resulte tan vigente que en cada caso procure efectos inauditos, sin ser sin más antiguo.

Los tiempos en los que, con buenas razones, se preconiza la importancia de la innovación son los que más necesitan plantearse cuál es su sentido y alcance. No solo consiste en el afán de novedades, en la percepción de que es cosa de procurar modificaciones, como si bastara con que algo fuera distinto para considerar que es efectivamente diferente. Incluso un simple cambio de residencia o de vida, efectuado para volver a las mismas, se entiende como si fuera una transformación. Hasta un simple mareo o trastorno de la situación podría considerarse una reforma, como si ello, por sí solo, garantizara su bondad. Con que no fuera igual, sería suficiente. Todo consistiría en desplazar, reubicar, trasladar, mudar, iniciar, inaugurar, remodelar: “estamos innovando”.
Sin duda, en una sociedad que proclama la importancia de la ciencia y de la investigación, si bien parece costarnos estar a la altura de nuestras declaraciones, la innovación es a la par un modo de ofrecer respuestas diferentes a situaciones emergentes, incluso antes de que pudieran plantearse. Y también de ofrecer otras preguntas, otra forma de preguntar y de cuestionar. Estas respuestas son asimismo un preludio, hasta una anticipación. La capacidad de abrir posibilidades inauditas y de crear realidades diversas viene a ser a su vez la fascinante irrupción de formas de vida diferentes. Implica asimismo ofrecer soluciones distintas, que habrían de ser mejores, siquiera por su eficiencia, aunque no solo.

Sin embargo, la innovación también convive con un determinado modo de considerar los valores, el que tiene en cuenta la escala de valores. No basta estimar que es suficiente con que sea útil, práctico y aplicable, sin plantearse en qué dirección, con qué objetivos y fines, ni con qué medios o consecuencias. Pensar que con que suponga un atajo o nos evite un problema queda acreditada como magnífica innovación supone ignorar que esta no es un valor exento, aislado, que en sí mismo y en todo caso ha de priorizarse.

Más aún, cabe preguntarse qué o quiénes han de verse postergados o relegados ante su implacable paso. Todo deviene antiguo. Todo es, en tanto que hablamos de ello, algo en cierto modo ya caduco. Basta esperar. Esta innovación mal entendida, depredadora, no lo es tal, sino simplemente la arrogancia de la sustitución, el triunfo del consumo y la combustión de todo, que viene a estar ya a nuestra disposición a fin de ser devorado. Para empezar, el tiempo. Que, conviene no olvidarlo, es también el de nuestra irrepetible vida.

Invocar la innovación como última razón de ser o justificación exigiría la paciencia de pasar por el tamiz de algunas reflexiones. Una sociedad sin innovación está acabada, finiquitada, y otro tanto cabe decir de una sociedad incapacitada para la permanencia. Quizá por ello es tan sintomático el modo de considerar a los niños o a los mayores, extraviados en la vorágine del absoluto valor de aquello que no deja de ser en constante proceso de llegar, que es la maravilla del adviento de lo joven, lo que parecería poder presumir de carecer de pasado. Con todo, la visión técnica, incluso tecnocrática, de que algo solo tiene sentido en virtud de su utilidad o eficacia, somete todos los valores al de la inmediata rentabilidad productiva. Si vale y si funciona, no hay más que hablar. Si ahorra, también esfuerzos y reflexiones, es inmediatamente interesante. Si no es preciso detenerse en sus huellas, si no hay vestigios, si no hay pasado, todo es puro, inocente, primigenio, luminoso. Su innovación consistiría en que está en disposición de podérsele atribuir algo, pero en la expectación de lo que está por ocurrir.

La innovación de lo que se espera es la suerte de lo que nos espera. Precisamente por ello hay innovación social, esto es, capacidad de ofrecer otros modos de configurar y de abordar las cuestiones que definen las actitudes y los comportamientos: una vida diferente. Innovación, y así ha de ser, como liberación de otras posibilidades, diremos que mejores, más ajustadas y justas.

Parece procedente invocar la innovación, personal y social, tecnológica y científica, tan necesarias para lograr más adecuadas posibilidades de vida y para dar respuesta eficiente, suficiente y equitativa a los problemas globales y concretos que nos acucian. Llama la atención, sin embargo, la reiterada apelación a lo que parecería reducirla a la proliferación de novedades, a la exaltación de lo nuevo, a la verdad de lo simplemente útil. Cuando los ilustrados trataron de definir la modernidad de su tiempo, cuando buscaron pensarlo para llegar a constituirlo y hacerlo real, consideraron que era un nuevo tiempo. Y no únicamente para que lo nuevo tomara posesión de la sociedad. No era solo un tiempo nuevo, un tiempo para lo nuevo, era un tiempo en el que ser capaces de ser de nuevo.

(El salto del ángel, El País)