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Tras las huellas de las brigadas internacionales en la Complutense

Un centenar de personas se reúne encima de una colina cerca de la facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense de Madrid. Ya no es tan alta como en 1936, pero desde allí se puede divisar aún gran parte del campo de batalla en el que se convirtió el valle que se abre ante el grupo. A lo lejos, más allá del recinto universitario y los pinares que franquean el Manzanares, se ve el cerro Garabitas. “Allí instalaron los franquistas su base de artillería desde la que bombardearon Madrid”, señala un miembro de la Asociación de Amigos de las Brigadas Internacionales (AABI). Casi se puede oir el silbido de los obuses mientras el narrador apunta sobre el ancho paisaje los lugares donde se produjeron los principales choques entre las tropas republicanas y golpistas.

Los asistentes, entre los que hay gente joven pero también muy mayor, escuchan con atención las andanzas de batallones como Garibaldi, Thaelman o Comuna de París entre las facultades de la universidad. Entre los oyentes hay sobre todo españoles, pero también ingleses y alemanes. El narrador señala al Manzanares y recuerda la intensa lucha en Casa de Campo. Las tropas republicanas en la zona -columnas catalanoaragonesas, entre las que se encontraba la de Durruti- perdieron y volvieron a recuperar el río, hasta que los franquistas rompieron la línea gracias a los tanques Panzer y la intervención de aviones alemanes.

El terreno está algo cambiado. Algunas facultades son de construcción reciente. Los organizadores de la ruta mezclan las narraciones históricas con escritos de participantes. En la colina, una joven estudiante de Historia, miembro de la Unión de Historiadores Progresistas, lee el testimonio de uno de los brigadistas que se apostaron en aquel alto en noches heladas. El luchador antifranquista dejó escritos los achaques causados por la temperatura y la humedad, el miedo en los rostros de algunos compañeros ante la implacable artillería nazi-franquista.
En los pinos junto al Manzanares, explica el narrador, hay multitud de trincheras cavadas por los brigadistas internacionales “esperando a que algún arqueólogo se acuerde de ellas”. Uno de los asistentes, ya mayor, comenta a su acompañante: “Mi colega estuvo aquí estudiando cinco años y no se enteró nunca de estas cosas”. Se lamenta el olvido. A su lado, una pareja habla en inglés sobre la columna Durruti, mientras el grupo se acerca a un muro frente a la Facultad de Ciencias de la Información lleno de marcas de proyectiles. No se ve ninguna placa, nada que explique lo que significa aquello.

Los organizadores muestran fotografías, algunas de Robert Cappa, en las que se pueden reconocer algunos de los escenarios que pisan, como la facultad de Medicina, también defendida por brigadistas. A no muchos metros se encuentra el Hospital Clínico, que estaba tomado por franquistas. “Esto es algo absolutamente excepcional. Pocas veces en una guerra los frentes han estado tan cerca como en ésta”, explica el narrador. Otra joven estudiante lee el testimonio de John Sommerfield, un miliciano británico que lamentaba la destrucción por las bombas del material médico y científico de la facultad que defendían.

La ruta finaliza junto a un viaducto en el que tuvieron lugar duros combates. Junto a él, según cuentan los testimonios de los que participaron en el frente, están enterrados tres luchadores internacionalistas: un alemán, un eslovaco y un austriaco. De nuevo, no hay placas que expliquen lo sucedido. “Esta actividad pretende dar a conocer el significado que tiene el campus como lugar histórico en la lucha entre la libertad y el fascismo”, explica el miembro de la AABI. De estos hechos sólo queda el recuerdo que brinda un sencillo monumento, hoy tapado por una gran carpa colocada por el rectorado, algo que el narrador, armado con un altavoz, lamenta en voz alta. “Tenemos que cuidarlo de los ataques que ha sufrido en varias ocasiones”, anima. Luego baja el megáfono y se acerca una señora: “¿Por qué dijiste que colocaron esa carpa?”. El hombre se encoge de hombros y sentencia, resignado: “Por joder”.

(Eduardo Muriel, La Marea)