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El/la intelectual mediático/a (Asunción Bernárdez Rodal)

Profesora Titular en la Facultad de Ciencias de la Información de la UCM

A los medios de comunicación les gusta el espectáculo, les agrada que cualquier tema se convierta en diversión pública, a base de producir comentarios maniqueos sobre la realidad. También lo hace con las llamadas hard news, las noticias sobre la economía, la política, los conflictos bélicos, el terrorismo y un largo etcétera de informaciones que en teoría hay que tratar en la vida pública de forma seria.La paradoja es que parece que así ocurre.

Si nos ponemos frente al televisor a ver un debate político, nos encontraremos que muchas de las personas que intervienen están allí porque son capaces de interpretar la realidad en forma de buenos y malos, listos y tontos, triunfadores y perdedores, cristianos y musulmanes, nosotros y ellos… Deben ser rápidas en la respuesta, ingeniosas en la broma, atrevidas en la hora de lanzar los puñales verbales contra los adversarios y conseguir hacer mucha sangre dialéctica. Algunas de ellas aspiran al título de “intelectual mediático”… si no fuera que la unión de esos términos nos produce un cortocircuito mental.

Por si no fuera poco, ahora está de moda hacer una confrontación también entre por ejemplo, los mayores y los jóvenes, los independientes periodistas y los que vienen de la universidad… Me van a perdonar, pero yo sólo entiendo dos clases de intelectuales: los que trabajan por un mundo más justo e igualitario, y los que lo hacen para defender los intereses de las élites. De los primeros dicen que no hay muchos, pero no es verdad. Tenemos un país lleno de gente que no hace más que escribir y clamar por la construcción de un mundo más acorde con la supervivencia humana, con la felicidad y la vida más armónica con la naturaleza. En muchos casos están organizados en asociaciones de todo tipo que trabajan en el tejido social casi ser vistos, en partidos políticos minoritarios a los que les cuesta salir en la prensa, y cuando lo hacen es sólo durante veinte segundos en los que no cabe ninguna explicación.
Pero esto no le gusta a los medios de comunicación que necesitan rostros parlantes llamativos que nos proporcionen un rato de pasiones efímeras frente a la pantalla. Y es que los medios nos venden que ellos son la realidad social, y sus intelectuales, los intelectuales de todos, pero eso no es verdad.

Y es que muchos intelectuales críticos (ellos y ellas) siguen sin tener en este país espacios desde los que hablar. No es un problema de los intelectuales, es un problema que tiene que ver con el dinero y el sistema empresarial de comunicación que no arriesga e invierte en que el mundo cambie.

Claro que tenemos gente que 'piensa bien' pero los espacios mediáticos siempre son pocos. Me dirán que hoy día eso no es un problema, que tenemos las redes sociales para hablar e intercambiar ideas de la forma más activa de la historia. Pero cuando hablamos de política, esa es una verdad a medias. La política necesita debate, poder disentir para poder después ponernos de acuerdo. Necesita de encuentros entre personas, y no entre programas y públicos; necesita llegar a acuerdos y no realizar performances mediáticas en las que se exhibe de forma sesgada y limitada a la gente y los colectivos que componen la realidad social.

Y es que este debate sobre la intelectualidad no me gusta. Me parece un falso problema, que además no beneficia en nada la vida cultural de nuestro país. Y no es que en España no haya habido ni haya intelectuales, el problema es que históricamente hemos vivido períodos en los que la cultura ha sido despreciada y vilipendiada. Lejos hemos estado de la valoración que otros países como Francia han hecho de sus intelectuales, de sus maestros y profesores, mientras aquí son el pin-pan-pun de algunos periodistas envidiosos que disputan su papel de formadores.

Y cuando hablo de cultura, no estoy hablando de “alta cultura”, sino del conocimiento social acumulado en nuestras sociedades que nos ayuda a vivir de manera más libre y justa, de un conocimiento que es de todos y no de unos pocos. No hablo de gente con vocación de fama y de llenarse los bolsillos a base de hacer programas televisivos en los que lo radical se entiende como la de los personajes a más 'raritos' de las élites para que destaquen sobre un pueblo adocenado e ignorante (eso dicen ellos, no yo, que quede claro). No echemos la culpa de lo que pasa a la gente que trabaja educando, pensando, hablando por el bien común.

Basta con visitar una buena librería para ver cuánta literatura crítica se ha desarrollado en los últimos años sobre temas de justicia social e igualdad en nuestro país. No es que no tengamos diagnósticos certeros, análisis profundos y ensayos críticos suficientes para cambiar el mundo. La pregunta es ¿por qué todo ese conocimiento no se transforma en un cambio de la realidad social? La respuesta es compleja, no cabe en estas páginas y no me atrevo a ser yo quien la formule… pero parte de la respuesta a esa pregunta está en el conservadurismo de los medios que dan más voz a las personas por sus capitales culturales (el ser académico, por ejemplo) que por lo que dicen.

(Espacio Público)