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La otra mirada (Albert Rivera)

Desde hace mucho tiempo, demasiado, nuestra sociedad vive consternada ante lo que Organismos Internacionales, ONGs, y colectivos sociales de todo el mundo han denominado como la “mayor tragedia humanitaria desde la Segunda Guerra Mundial”: el drama de miles y miles de personas, que huyendo de la guerra, violaciones y genocidios, han llamado a las puertas de Europa en busca de paz, prosperidad y un futuro digno para ellos y sus hijos.

Quieren “refugiarse” entre nosotros, europeos, en una Europa que pretende erigirse como valedora de la libertad, de la tolerancia, progreso y seguridad. Quieren huir de la desolación, humillación y persecución, de los abusos indiscriminados que de forma recurrente y sistemática, los Estados fallidos de donde provienen, ejercen cruelmente contra ellos.

Y vienen, entre otras cosas, amparándose en las reglas de juego que nosotros mismos y toda la Comunidad Internacional hemos querido establecer como garante de la dignidad del ser humano dentro de nuestras sociedades: la Declaración Universal de los Derechos Humanos que la Asamblea General de Naciones Unidas aprobó el 10 de Diciembre de 1948, tras ser precisamente Europa, escenario de las mismas atrocidades de las que ahora ellos, desesperadamente, quieren escapar; y la Convención de Ginebra sobre el Estatuto de los Refugiados y su Protocolo adicional.
Y de esta desesperación he podido ser testigo, en estos días, tras realizar una vista al puerto de Pireo y a otros campos de refugiados en Atenas. Quería conocer y evaluar por mí mismo y por mi condición de responsable político, la dramática realidad que día a día nos muestran los medios de comunicación. Quería fundamentar mi criterio, en relación con esta tragedia, no por informes, acuerdos o convenios, sino por la vivencia experimental que siempre nos proporciona nuestros sentidos. Creo firmemente en la potencialidad de nuestros ojos para saber “ver” y en nuestros oídos para aprender a “escuchar” y a partir de ahí, construir pensamiento y opinión.

Gracias a la disposición de ACNUR, con quien coordinamos la visita y a la ayuda sobre el terreno de las ONGs españolas que trabajan allí, como la Asociación Remar, Mensajeros de la Paz y Cáritas, pude alcanzar los fines que buscaba, ya que nos proporcionaron información detallada sobre el contexto político y social que condiciona la situación de los más de 50.000 refugiados que hoy en día están repartidos por la península helénica; de la coordinación y funcionamiento de los campos más o menos oficiales; sobre la convivencia entre los distintos grupos, etnias o nacionalidades y en definitiva, sobre la situación humana a la que día a día cada uno de ellos, hombres, mujeres y niños, tienen que enfrentarse.

Así he podido comprobar el valiente y comprometido trabajo que muchos voluntarios españoles realizan sin descanso y en algún caso, con cierto riesgo. Sin duda alguna, son los verdaderos embajadores de la solidaridad que nos caracteriza como sociedad.

El esfuerzo que realizan no sólo se refleja en el mantenimiento de una operativa, de una estructura que permita una correcta organización en los turnos de comidas, en las improvisadas escuelas o en alojamientos; sino que es especialmente sentida en la expresión, en las sonrisas cómplices y de confianza que todos los refugiados descansan sobre los hombros de estas extraordinarias personas.

A ellos, a los que pude conocer y a los que sé que están ahí entregando lo mejor de ellos mismos, mi más sincero reconocimiento.

Tras las intensas horas que pasé junto a los refugiados, percibiendo el drama que les rodea, observando el deambular sin tiempo ni horizonte entre los límites de sus recintos y escuchando sus trágicas historias y sus temores hacia un futuro muy incierto, pude, finalmente, cambiar mi mirada para encontrarme con héroes, con personas que merecen nuestra mayor consideración, respeto y dignidad. Allí estaban, en tierra desconocida, contra viento y marea, salvando sus vidas y luchando para que sus hijos tengan la alegría de una infancia segura y un destino próspero y en paz.

Desde España, desde Europa, los líderes políticos tenemos la obligación de hacer cuanto esté en nuestras manos para aliviar esta situación. Debemos demostrar que Europa es mucho más que un concepto o un ideal. Es un hecho manifiesto que hoy, la Unión Europea se enfrente a una de sus mayores crisis y que, ante este contexto, urge dotarse de una política común de migración y asilo, capaz de asegurar la seguridad de nuestras fronteras, a la vez que gestionar y diferenciar el asilo de la inmigración económica. Sería un gravísimo error convertir en papel mojado los valores de solidaridad y libertad que han inspirado sus tratados y su razón de ser.

(El País)