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¿Pasó la época de los intelectuales? (Carlos Javier Bugallo Salomón)

Según José Antonio Pérez Tapias, sí. Yo, en cambio, tengo mis dudas, y pasaré a explicar brevemente por qué. Lo haré en términos afectuosos, pues considero además a Tapias como una de las personas con la mente mejor amueblada del socialismo español, y también de las más dignas.

Si apelamos a ‘los clásicos’, como Antonio Gramsci, pareciera que Tapias lleva razón. Pues Gramsci asumió que «no existe el no intelectual», y que, por lo tanto, todos somos en alguna medida ‘intelectuales’. ¿Qué sentido tendría entonces hablar de un grupo de ‘intelectuales’?

Creo que la respuesta se puede encontrar a partir de dos consideraciones distintas.
En primer lugar aunque rechacemos considerar la ‘intelectualidad’ como una variable discreta, que sólo asume dos valores, el de ‘intelectual’ y ‘no intelectual’, nada impide que la veamos como una variable continua con un rango muy elástico de valores: desde ‘poco intelectual’ a ‘muy intelectual’. Y de la misma manera que hay personas que descuellan en el campo del deporte y se convierten en estrellas mediáticas, también puede darse el caso de personas que sobresalgan en el terreno de la creación artística y científica. Esto ocurre todos los días, y para ello se ha creado toda una serie de premios y galardones que la sociedad acepta y promueve con naturalidad. ¡La excelencia es siempre una bendición!

En segundo lugar, el propio Gramsci consideró la existencia del grupo intelectual desde un prisma muy particular: el sociológico. Efectivamente, Gramsci era consciente de que, desde tiempo inmemorial, la división del trabajo había creado dos tipos humanos diferentes: el «homo faber» y el «homo sapiens», cada uno especializado en tareas distintas: uno, la creación material, y el otro, la creación espiritual (cfr. “La formación de los intelectuales”, ed. Colección 70, 1974). Y a pesar de la democratización de la educación y la cultura, lo cierto es que no todo el mundo puede ir a la universidad, y aún subsisten ‘especialistas’ de la política, la economía y la religión, por citar unos pocos ejemplos. Por ello, considero un error hacer abstracción de esta situación, porque mientras exista tal división del trabajo, el ‘intelectual’ gozará de un poder suplementario que no depende de sus méritos intrínsecos, sino de la división del trabajo. De ahí que Noam Chomsky apelara a la ‘responsabilidad de los intelectuales’, como grupo que detenta unos privilegios especiales, para que pongan sus capacidades al servicio de la sociedad y no de intereses particulares.

(Espacio Público)