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“Ya jode tanto pan y queso”. Las intelectuales y la maternidad (Noelia Adánez)

Miembro del Colectivo Contratiempo y Teatro del Barrio

Con su artículo 'Una madre poco ejemplar', Elvira Lindo -según su propia afirmación- no pretende presentar su maternidad o la de las mujeres de su generación como ejemplo. Más bien aspira a señalar que caen en un error las mujeres que hacen de la maternidad (no sabemos si por un tiempo o indefinidamente) la principal actividad en sus vidas. Lo que -según comenta Elvira Lindo- es la “teoría en boga”.

Tal y como lo expresa puede parecer que las mujeres nos hemos entregado, ciegamente y en masa, a esta “teoría en boga”, que nos hace renunciar a cualquier otra forma de vida al margen de nuestra condición de madres. Lo que, de paso, nos confina al ámbito de lo doméstico. No creo que Elvira Lindo piense tal cosa, pero sí puede llegar a desprenderse de la lectura de su artículo. Lo mismo que la idea de que mientras el trabajo productivo -fuera del hogar- nos libera, el reproductivo -dentro del hogar- nos esclaviza. Al abrazar esta falaz teoría y consiguiente estilo de vida -parece decirnos la autora- renunciamos a vivir nuestra maternidad como lo que es: un acontecimiento natural; para convertirla en lo que no es: un acontecimiento histórico.

No es mi intención simplificar el contenido del artículo. Más allá de lo dicho, y del comentario de un libro que la autora toma como referencia para defender su visión de la maternidad (libro que confieso no haber leído y de cuyo interés no dudo en absoluto), no creo que contenga mucha más información. Ya sabemos que una columna o artículo desarrolla un argumento en un espacio muy limitado, y nadie espera un análisis extenso o pormenorizado, ni siquiera riguroso y mucho menos erudito. Pero sí quizá un comentario, un punto de vista, un desarrollo discursivo mínimo que nos haga pensar por un momento sobre algo que no habíamos pensado nunca antes.
Es un ejercicio de responsabilidad necesario, cuando se habla de experiencias propias y ajenas, no reducir las segundas a una simplificación forzada que libera a quien la acomete de la tarea de justificar lo que hace pasar por evidencia. Da la sensación de que a veces no es preciso profundizar en los argumentos, de tan obvios que son. Y así expuestos, con simpleza y “claridad”, se dirigen a las lectoras con el ánimo de confrontarlas con lo que es de sentido común, cuando a menudo se trata de una afirmación no solo desatinada, sino carente por completo de fundamento. Del artículo que comento quizá la afirmación más chocante, por los motivos que acabo de exponer, es la de que la maternidad es un hecho natural. Afirmación que a buen seguro Elvira Lindo no cree a pies juntillas, pero sobre cuya utilización en el texto conviene en todo caso reflexionar.

Tener un hijo no es un acontecimiento histórico. Claro que no. Pero la maternidad, es decir, el conjunto de actitudes disponibles con las que en una determinada sociedad los seres humanos encaramos el nacimiento de nuestros hijos e hijas sí es un fenómeno histórico o, dicho de otro modo, social y cultural. Sucedería lo mismo, por ejemplo, con la muerte. El libro que Elvira Lindo reseña viene de algún modo a confirmar esto mismo: la historicidad de la maternidad así como del resto de experiencias de vida.

Ni siquiera, por otra parte y hablando de tener hijos, el hecho de traerlos al mundo puede ya considerarse natural más allá de su insoslayable componente biológico. Está tan profundamente medicalizado que, cuando nos dicen aquello de “No te preocupes, esto es todo natural” o “Toda la vida han parido las mujeres”, es sinceramente para contestar con un exabrupto. En la actualidad, el parto está protocolizado y muy intervenido. Mientras das a luz, a la cabeza te pueden venir toda clase de ideas; ninguna de ellas, creo, evoca nada “natural”.

Todo el conjunto de atavismos que acompañan en el imaginario colectivo este fenómeno tiene una procedencia cultural, y en esa clave lo reproducimos en nuestras conciencias. Quizá la seña de identidad más palpable de estos atavismos sea la que nos obliga, machaconamente, a tomar el parto como un hecho natural del que participamos tan pasivamente como nos depare el destino. A pesar de que sabemos que el destino se aproxima y se aleja a capricho de la biopolítica… Una cosa: hablamos de salud reproductiva, pero si lo estuviéramos haciendo de salud sexual, no nos quepa duda, seríamos mucho más audaces. Es mucho mayor el camino andado por las mujeres respecto de la segunda cuestión que de la primera. ¿Un efecto no querido del movimiento de liberación sexual?

Las distintas opciones que se despliegan frente a una mujer de generaciones posteriores a la de Elvira Lindo en cuanto al modo de vivir y afrontar la maternidad pueden no ser la mismas que ella tuvo o tiene ante sí. La autora señala que en los ochenta se criaba en un ambiente más relajado. Parece que en los noventa y en las primeras décadas del siglo XXI las mujeres estamos más tensas. Seguramente es cierto. Lo estamos. Pero no porque hayamos decidido asumir una “teoría en boga”, sino porque nos corresponde vivir nuestras respectivas maternidades en un momento en el que:

.-Se desmorona el mundo del trabajo sin que las mujeres hayamos terminado de conquistar plenamente este espacio en igualdad de condiciones con los hombres (diferencia en los índices de ocupación, brecha salarial, techo de cristal, feminización de la precariedad laboral, etc).

.-Razón por la cual tenemos hijos más tarde: según el INE hacia los 28,5 años en 1976 y hacia los 32,3 en 2013.

.-Se ha producido una cierta descolonización del feminismo occidental y una diversificación de tendencias dentro del mismo, de manera que la cuestión de los cuidados y el asunto de la reproducción han cobrado una nueva centralidad (ya sabemos que hay una tercera ola feminista en marcha).

De hecho, los puntos 1 y 3 tienen como efecto más o menos intencionado la incorporación a la agenda política del tema de los cuidados. No solo para exigir una mayor visibilidad de los mismos y una facilitación de la conciliación, sino también para abrir el melón del debate en torno a la retribución del trabajo reproductivo. Ninguna de estas cuestiones carece de interés. Antes al contrario. Ambas tienen un potencial de transformación especialmente deseable en un país como el nuestro, en el que -me temo- el feminismo de Estado ha impedido el desarrollo de iniciativas feministas verdaderamente radicales o, tan siquiera, la transversalización de una mirada de género en las políticas públicas. Sí. Nuestras políticas públicas son, desde una perspectiva de género, tan pacatas como intermitentes, con mayor intensidad desde la puesta en marcha de los recortes sociales que venimos padeciendo.

Las mujeres estamos agobiadas. Especialmente cuando somos madres. Pero no me parece de recibo achacarlo sin más al efecto atontador que sobre nosotras tienen esas teorías en boga (a esta altura suena a mesmerismo) que Elvira Lindo menciona de manera tan imprecisa.

Estamos agobiadas porque cuando nos dedicamos a nuestros hijos e hijas lo hacemos, por lo visto, mal; y cuando nos afanamos en nuestros trabajos y dejamos de lado un rato nuestras maternidades lo hacemos mal también. Y cuando nos sentimos mal por pensar que lo hacemos mal por un motivo u otro, siempre viene alguien muy experimentado a decirte que haces mal en preocuparte por lo mal que lo haces porque, al fin y al cabo, todo esto es natural, y siempre lo ha sido “desde los tiempos del velociraptor”.

Si nuestras experiencias como madres tienen en este momento un denominador común es, ciertamente, el agobio. Pero lejos de atribuir a las mujeres la responsabilidad de esta situación, y lejos de suponer que es por causa de no sé qué teorías en boga el conducirnos de esta manera, se impone la necesidad de pensar seriamente, socialmente, políticamente, la maternidad (incluso a riesgo de equivocarnos en las apreciaciones que hacemos como, vaya por delante, es mi caso). Cualquier otra cosa solo puede hacernos decir, en voz alta y con cierta desesperación a veces, que ya jode tanto pan y queso.

NOTA: “Ya jode tanto pan y queso” es una expresión manchega que significa lo que insinúa: que algo molesta por cansino.

(Espacio Público)