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Fidel en La historia me absolverá (Marta Rojas Rodríguez)

«¡Gracias por la seria y amable atención que me están prestando! ¡Ojalá tuviera delante de mí todo el Ejército!». Es el doctor Fidel Castro Ruz, el «principal encartado» de la Causa 37 por el asalto al Moncada, quien lo expresa du­rante su alegato de autodefensa, el 16 de octubre de 1953. Está frente al Tribunal de Urgencia que lo juzga en la pequeña sala de estudios de las alumnas de enfermería del entonces hospital provincial Saturnino Lora, de Santiago. Al igual que el 21 de septiembre en que se inició el juicio del Moncada, en la inmensa Sala del Pleno del Palacio de Justicia, la mayor audiencia que lo rodea la integran soldados con bayonetas caladas.

En aquella ocasión esa guardia excesiva lo escuchó durante dos sesiones sucesivas, pues a partir de la tercera fue excluido de ese paraninfo y el proceso siguió para los demás acusados. La selección de soldados para custodiar la salita de las enfermeras debió ser muy «selecta», porque en las sesiones anteriores, durante dos horas de respuestas al interrogatorio de los magistrados al doctor Fidel Castro, y luego en el ejercicio como abogado —togado—, interrogando él a sus propios compañeros sobre crímenes cometidos por el mando y la soldadesca el 26 de julio y en días sucesivos; se había convertido en un tormento para el régimen de Batista, no solo para el mando del Moncada. Los papeles se in­virtieron: de acusado devino acusador.

De ahí que tenía que ser retirado de aquella sala donde, además de los soldados, había público civil y 25 periodistas, sin contar con los dirigentes de partidos políticos de la oposición involucrados en la Causa 37, aunque nada tu­vieron que ver con el asalto al Moncada, y ob­viamente negaron los hechos.
En la pequeña salita de las enfermeras, Fidel detalla los hechos de cómo fue retirado del mencionado juicio en la Audiencia. La orden fue que los médicos del penal firmaran un documento que acreditara que él estaba enfermo y no podía asistir a las sesiones. Y él revela aquí, durante el alegato, que los médicos le explicaron que el co­ronel Chaviano les dijo que él «le estaba ha­ciendo en el juicio un daño terrible al Gobierno».

De ahí que, sin duda, Fidel había alcanzado la primera victoria, tras el 26 de julio de aquel año.

El hecho de que los soldados prestaran tan­ta atención a sus palabras el 16 de octubre tenía un significado grande.

Se desmoronaban las mentiras «como un castillo de naipes», dijo él mismo en la salita de las enfermeras: destruyó definitivamente las ale­vosas calumnias contra sus compañeros, de­nunció los crímenes espantosos cometidos por la soldadesca obediente, denunciaba a la nación y al mundo, con pruebas irrebatibles, la verdad, y daba a conocer, pormenorizadamente, el programa de la Revolución, luego de de­nunciar la situación política, económica y so­cial de la nación. Ello podría revertirse con una revolución que, de hecho, había comenzado el 26 de julio.

En uno y otro espacio —el Palacio de Jus­ticia y la salita de estudios de las enfermeras del hospital— proclamó a José Martí, a su pensamiento y acción, como el autor intelectual del Moncada. Y dijo, enfático:

«Vivimos orgullosos de la historia de nuestra patria; la aprendimos en la escuela, y hemos crecido oyendo hablar de la libertad, de la justicia, y de derechos. Se nos enseñó a venerar desde temprano el ejemplo glorioso de nuestros héroes y de nuestros mártires. Céspedes, Agramonte, Maceo, Gómez y Martí fueron los primeros nombres que se grabaron en nuestro cerebro; se nos enseñó que el Titán (An­to­nio Maceo) había dicho que la libertad no se mendiga. Sino que se conquista con el filo del machete». Y mucho más que desde aquel m­omento no cupo duda, ni para los más jóvenes, como quien escribe, que aquel hecho era, ni más ni menos, que la continuidad histórica de nuestras guerras de independencia.

El alegato del 16 de octubre de 1953 es también, y hay que subrayarlo, el más minucioso y ambicioso programa social y económico de una revolución triunfante.

El Tribunal no lo interrumpió. El Fiscal ha­bía sido brevísimo al iniciarse esa sesión del juicio, pues pensaba que así el «principal encartado», al asumir su propia defensa, no tendría oportunidad de rebatirle sus acusaciones. Erró. Había expuesto que se le pedía al acusado 30 años de cárcel por haber atentado contra los Po­deres Constitucionales del Estado. Craso error: el propio golpe militar del 10 de marzo, perpetrado por Batista, había abolido la Constitución y solo regían unos estatutos de­cretados por el go­bierno de facto. Final­mente fue condenado a 15 años de prisión.

Tan importante fue el alegato de Fidel en lo político, como en cuanto a los argumentos jurídicos que expuso.

Luego, en Isla de Pinos, Fidel reconstruyó, como se sabe, aquella pieza excepcional, im­presa y distribuida clandestinamente en 1954. Misión que le encomendó a Haydée Santa­maría y Melba Hernández.

Sería asombroso para aquellos que, extrañamente, le prestaron tanta atención en la salita del juicio oír en la voz del acusado tantos sueños del pueblo como, por ejemplo, la erradicación del latifundio y la Ley de Reforma Agraria, la prioridad de la enseñanza, de la atención a la salud del pueblo, la nacionalización de los emporios ex­tranjeros como la United Fruit Company y la West Indian que unían la costa norte con la costa sur de Oriente, la entonces provincia más ancha de Cuba. El defensor de la Patria no omitió ni una posibilidad de cambio económico y social. Ni la importancia de la llamada industria del ocio quedó fuera. Dijo Fidel en su autodefensa que «el turismo podría ser una enorme fuente de riqueza». Claro, no pensaba en el turismo de casinos y gansters que existió hasta el triunfo de la Revolución, apenas seis años después.

(Marta Rojas Rodríguez, Granma)