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Relatos y comparaciones (Eduardo Aliverti)

Las estadísticas sobre pobreza e indigencia fueron el centro de la atención mediática, y está bien que así sea mientras se trate de analizar los números en un contexto que deje la menor cantidad posible de cabos sueltos.

Cabe reconocer que la decisión de volver a publicar datos sobre semejante tema, después de tres años, es bienvenida. Dejar de hacerlo fue un error serio del kirchnerismo, como acaban de admitirlo algunos de sus referentes y como en su momento se lo señaló desde el propio tronco periodístico que siempre manifestó sus simpatías por el gobierno anterior. Lo que se cuestiona hoy es el cambio metodológico para medir a pobres e indigentes, porque alteraron el mínimo desde el cual se considera que alguien reviste en una de las dos condiciones. Sin entrar a mayores detalles que es mejor dejar en manos de los especialistas, con los parámetros previos la cifra rondaría el 23 por ciento. Pero el Indec los modificó de manera tal que el punto de partida se toma en 32,2 y Macri, mediante ese ardid, hizo la presentación pública cargando las tintas, para variar, en la herencia recibida. Igualmente, antes y ahora estamos hablando de millones de personas por debajo de la línea de pobreza y, entre ellas, de otra cifra alarmante de indigentes. Tampoco cambia el escenario conocido de la distribución de porcentajes. El Noreste tiene los peores indicadores; la Patagonia muestra los “mejores”; el Gran Buenos Aires es la zona de mayor incidencia para explicar la cantidad de gente en un estado u otro y la región Pampeana, a pesar de su rango como paraíso sojero y agropecuario en general, ocupa el segundo puesto con casi dos millones de pobres y cerca de 500 mil indigentes. La distancia de ayer a hoy está dada por una brusca modificación de presentes y expectativas. Es cierto que el kirchnerismo no terminó de ofrecer solución para las causas estructurales de estos aspectos dramáticos. Sin embargo, con la misma sinceridad, es irrefutable que sus programas de atención social y acciones como las del plan Procrear, sin ir más lejos y entre tantas otras, sirvieron para que dejara de agravarse el cuadro de situación. En 2003, según coinciden analistas y economistas de todo color ideológico, Kirchner asumió con un 57 por ciento de pobres e indigentes tras el estallido de las políticas que el macrismo vuelve a aplicar. Y en el segundo trimestre de este año contra el mismo período de 2015, la pobreza subió 3 puntos porcentuales. Eso lo hizo Macri, no la herencia recibida.

La semana que pasó fue nuevamente pródiga –quizás como ninguna de los últimos tiempos– en proporcionar testimonios numéricos de un estadío económico temible, para ser piadosos. En orden aleatorio y tomando fuentes oficiales y privadas, el empleo industrial cayó entre abril y junio casi un 2 por ciento con respecto a igual curso del año pasado. Junto con el sector fabril, el de la construcción exhibe los retrocesos más relevantes. El marco es que la desocupación trepó a cerca del 10 por ciento contra poco más del 6 en 2015, sin contar a la franja informal de la economía. El salario de los trabajadores registrados, solamente en la industria, ya perdió alrededor de 15 puntos, con reducción de las horas trabajadas y de los obreros ocupados. En maquinaria y equipos la merma de personal supera el 7 por ciento, continuada por la producción de madera; la fabricación de autos, remolques y semirremolques; los equipos y aparatos de radio, televisión y comunicaciones; edición e impresión, y metales comunes. La venta de productos de consumo masivo –alimentos, bebidas, higiene y tocador– también se hundió en más del 7 por ciento. La balanza comercial de agosto revela que las importaciones inciden crecientemente en los bienes de consumo: son compras de productos terminados que explican la reprimarización de la economía. Prácticamente todo retrocede, salvo los agroquímicos. El resultado, bien que no final, es que la actividad económica, sólo en julio, se contrajo nada menos que en 6 por ciento. ¿Qué resultado distinto podría pretenderse con el combo de un Estado que desapareció como regulador de los desequilibrios, una inversión privada que además de no llegar se retrae, una apertura comercial indiscriminada, la obra pública reducida a su mínima expresión y el consecuente desplome de los niveles de consumo? Evidencia sobresaliente entre esa madeja destructiva, por su valor simbólico, es que cerró una planta completa de la empresa más grande del país en producción de hilados. TN Platex, en la localidad chaqueña de Puerto Tirol, despidió a sus 166 trabajadores porque alega no poder enfrentar la reducción de ventas frente a la avalancha importadora. Ya había suspendido, en mayo, a los 450 empleados de sus locaciones en La Rioja. Alpargatas, desde este lunes, vacaciona a todo el personal de su fábrica en Florencio Varela. Y redondeando, de acuerdo con la información gremial disponible, se calcula que en el último semestre hubo en el sector textil más de mil despidos y unas 2500 suspensiones.
Debiera parecer insólito que, ante un panorama de este tamaño, la CGT haya pactado una tregua con el Gobierno, al mero canje de un bono de fin de año para trabajadores, jubilados y beneficiarios de planes sociales, más una exención de Ganancias en el medio aguinaldo. No sólo eso: el triunvirato cegetista se habría comprometido a aprobar el programa Primer Empleo de la administración macrista, que justamente es lo que gremios y el mismísimo PJ asimilan a la infausta flexibilización laboral instrumentada por el menemato. El Ejecutivo daría una respuesta definitiva dentro de unos diez días, pero es esperable un final feliz según las sonrisas que se vieron en el encuentro de su cúpula con la muchachada sindical y lo adelantado por el ministro Prat Gay. Más aún, Macri se encargaría personalmente de hacer los anuncios e, incluso, hasta se especula con una puesta en escena similar a la de hace pocos meses, cuando la crema del establishment asistió a Casa Rosada para firmar a la bartola que no habría despidos. Podrían haberse apurado y empalmaban con las congratulaciones de Alejandro Werner, enviado del Fondo Monetario, quien felicitó al gobierno argentino por los “avances muy importantes” que la misión comprobó. Empero, el visitante alertó que Argentina tiene una estructura de gasto muy fuerte en salarios. Y no se privó de recordar que las inversiones siempre tardan. Hay que disminuir los egresos fiscales, entonces, lo cual ya se sabe de sobra qué significa en el lenguaje del FMI y del macrismo, en tanto misma cosa.

Por último, una noticia de comienzos de semana que casi inmediatamente quedó relegada en función de las restantes. La Sala I de la Cámara Federal, en un fallo demoledor, rechazó las pretensiones de reabrir el panfleto de Alberto Nisman, quien pretendía endilgar pactos con el terrorismo en cabeza de Cristina Fernández y Héctor Timerman. Tanto como en el dictamen inicial del juez Daniel Rafecas, los camaristas Jorge Ballestero y Eduardo Freiler, al citar el memorándum de entendimiento con Irán, hablan directamente de “una absurda adecuación de conductas a calificaciones como traición a la Patria, que la doctrina unánime presupone en una situación de guerra internacional”. Los jueces advierten también que mejor sería concentrarse en buscar castigo para los responsables del máximo atentado terrorista de la historia argentina. Pero van más allá y citan que existe una “maniobra”, para lograr que la absurda denuncia de Nisman pudiera tener destino favorable en el juzgado de Claudio Bonadio. Maniobra que, agregan los jueces, “no puede ser tolerada”. Debe recordarse al fallo original de Rafecas como el causante de ese mamarracho arbitrario que, en forma de solicitada, publicaron directivos de la comunidad judía, periodistas del macrismo y grandes empresarios, solicitando su destitución. Con la sentencia de Cámara se derrumba –es probable que de modo terminal– la estrategia urdida por las derechas más reaccionarias de Estados Unidos e Israel, avaladas entre nosotros por la banda de Jaime Stiuso y el conglomerado de dirigentes de la colectividad, operadores mediáticos, una parte del propio aparato judicial, y elenco, para tan sólo conseguir otro escarmiento contra la gestión anterior. Por eso el fallo ejemplar de los camaristas excede la faz estrictamente jurídica, al internarse –aunque esa no haya sido la intención de los magistrados– en el mecanismo de narrativa destructora que los tejedores del Gobierno depositan sobre cuanto haya ocurrido hasta el 10 de diciembre último.

De allí la conexión nada traída de los pelos entre este veredicto, capaz de desmontar otra vez una operatoria de la que Nisman era apenas un vehículo mediocre, y el manipuleo de cifras orientadas a descargar en el pasado reciente los dramas de la actualidad económica. Es que, al fin y al cabo, es una cuestión de relatos. Cada quien elige a cuál creerle, y la medida para resolverlo es comparar una etapa con otra. No es muy difícil.

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