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¿Hay algún intelectual en la sala? (Jesús Pichel)

Profesor de Filosofía

En los grandes diarios siguen apareciendo grandes firmas de intelectuales que escrutan, analizan y valoran la realidad perspicazmente. Prestigiosos escritores, profesores, sociólogos, filósofos o economistas siguen formando la nómina de intelectuales, pero lo cierto es que la influencia sobre la opinión de los ciudadanos, que siempre fue tarea del intelectual en los medios, desde hace tiempo no la ejercen los intelectuales, sino quienes más presencia tienen en los medios más masivos de información y, por ello mismo, las cabezas y las cabeceras que les dan esa presencia. Es posible que aún haya intelectuales, pero es seguro que ya no tienen la influencia real que tuvieron sus antecesores.

Por una parte, porque en nuestra sociedad líquida de la información, de identidades efímeras y virtuales, nadie se ve a sí mismo ni nadie es visto por los demás como intelectual. No es casual que a quienes opinan, comentan y discuten en radios y televisiones se los reconozca como tertulianos, politólogos o analistas políticos, pero jamás como intelectuales porque previsiblemente ellos mismos rechazarían esa etiqueta. Nadie se levantaría de su asiento para taponar alguna hemorragia política de urgencia, si alguien gritase desde la orquesta '¿hay algún intelectual en la sala?' Pero saldrían a cientos si pidiese expertos, especialistas o profesionales de algún género.
Por otra, porque al mismo ritmo que va muriendo la prensa en papel (donde tenían asiento los intelectuales), se han multiplicado los medios digitales de generación y transmisión de información (radios, televisiones, prensa digital, redes sociales, blogs, microvídeos, etc.) y la interactividad entre productores y consumidores de noticias e informaciones. E igualmente se han multiplicado los opinadores que hacen públicas sus opiniones aprovechando tanto la profusión como la interactividad.

Pero tampoco ellos (un ellos que es un nosotros) tienen influencia real en la opinión de otros porque, igual que los poetas escriben para todos, pero solo se leen entre ellos, así les pasa a los que ocupan las columnas de opinión: leídas por unos pocos, comentadas por alguno, reenviadas y retuiteadas por amigos o seguidores, las informaciones vuelan vertiginosamente y con la misma velocidad se extinguen sin dejar huella.

En la continua avalancha de informaciones solo dejan rastro en la opinión pública las ideas que machaconamente repiten tertulianos con el don de la ubicuidad y del espectáculo, dirigidas a un oyente/espectador/lector que las saborea porque ratifican, para bien o para mal, lo que él mismo opina en público o en privado, en un claro ejercicio de retroalimentación: cada usuario acude al medio con el que se identifica a la vez que los medios programan precisamente para ese consumidor, hasta construir un 'lugar común' (en los dos sentidos) donde instalarse. En el relato que sostiene el imaginario de nuestro tiempo, hace tiempo que no hay sitio para el relato de los intelectuales.

(Espacio Público)