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La muerte de Rita Barberá reabre el debate de responsabilidad política

Hasta dónde debe llevar la responsabilidad política, y cuándo se debe asumir. Con la simple sospecha, con el inicio de la investigación, con la imputación, con la apertura del juicio oral, con la sentencia. La acumulación de los casos de corrupción, que afectan al PP pero también al PSOE, obligó a ambos partidos a secundar las posiciones defendidas por Ciudadanos y Podemos, que querían que la asunción de responsabilidades se produjera en el momento de la imputación y no, como ocurría hasta ahora, tras la apertura de juicio oral. La carrera, en la que nadie quería ser menos, por quién enarbolaba la bandera de la regeneración llevó a los partidos a adelantar esas medidas al momento de la imputación.

La muerte ayer de la exalcaldesa de Valencia, Rita Barberá, cuya culpabilidad o inocencia penal nunca se sabrá, ya que las actuaciones dirigidas contra ella serán archivadas por el Supremo, ha reabierto, sobre todo en el PP, el debate, o la reflexión, sobre cuándo se debe asumir esa responsabilidad política. Crece el sentimiento de injusticia que ahora creen que cometieron con Rita Barberá, que murió proscrita de las filas del PP, sin el carnet que tenía desde 1977, el número 4 de la Comunidad Valenciana, y sin el abrigo de sus compañeros de partido, que la evitaban.

Al menos en público, porque en privado, el propio Rajoy reconoció ayer, visiblemente apesadumbrado, con la voz quebrada y los ojos húmedos, que había tenido ocasión de hablar con la que fue su referente como alcaldesa, con motivo de su declaración ante el Supremo, este mismo lunes.
Pero en los pasillos del Congreso, donde ayer conocieron la noticia la mayoría de los dirigentes del PP, se abría la reflexión sobre esa actuación que había tenido el propio partido con Rita Barberá en septiembre, y que ayer muchos confesaban que si no hubiera estado pendiente la investidura de Mariano Rajoy tras las segundas elecciones, quizá se habría actuado de otra forma.

En aquellos momentos, la investigación iniciada por el Tribunal Supremo por el supuesto blanqueo en su última campaña electoral obligó al PP a exigirle que en plazo de 24 horas dejara el escaño de senadora o se le expedientaría. Al final Barberá prefirió mantener su puesto en la Cámara Alta y renunciar a la militancia en el partido en el que llevaba casi 40 años. De ahí pasó, al grupo mixto, y en la sesiones, los parlamentarios del PP, como también ocurrió en la sesión solemne de apertura de las Cortes, el jueves pasado, la esquivaban, aunque ella seguía refugiándose en sus compañeros, sobre todo valencianos, que seguían mirando por ella. Pero Mariano Rajoy, entonces, en septiembre, ni siquiera quiso hablar con ella para pedirle que dejara el escaño, y dejó al vicesecretario de organización, Fernando Martínez Maíllo, y a la secretaria general, María Dolores de Cospedal, que tomaran la decisión más dura para la senadora “por la presión política y de los medios de comunicación”, porque ese era ayer el debate en las filas del Partido Popular.

Lo expresaron en público y en privado. Lo hizo desde la que fue elegida alcaldesa de Málaga a la vez que Barberá de Valencia, Celia Villalobos, hasta el portavoz del PP en el Congreso, Rafael Hernando; el coordinador del PP de Catalunya, Xavier García Albiol; el ministro de Justicia, Rafael Catalá: “Cada uno tendrá sobre su conciencia lo que ha dicho de Rita”, o Carlos Floriano.

“Tenemos que reflexionar los partidos políticos y los medios de comunicación sobre cuáles son los límites de determinadas cosas”, decía Celia Villalobos, que colocó en una situación tan injusta como la de Barberá la de Manuel Chaves.

Otros, en el PP, miraron hacia dentro: “Alguno puede que hoy no tenga la conciencia tranquila”, dijo Alberto Fabra, y sobre todo José María Aznar, que en un comunicado lamentó que “Rita Barberá haya muerto habiendo sido excluida del partido al que dedicó su vida”, y que haya muerto antes de ver archivada la causa abierta contra ella, y, con ello, restablecido el buen nombre que para mí siempre tuvo”.

Pero algunos miraron sólo para fuera, porque sólo fuera ven culpables de la situación de Barberá e incluso de su muerte. Cospedal, que ya en febrero denunciaba el acoso al que se sometía a la exalcaldesa y pronunciaba unas frases premonitorias: “Hay gente que parece que hasta que no vea que determinadas personas se mueren de infarto no van a parar. Hay acosos brutales”, reiteraba ayer la denuncia del linchamiento al que se la había sometido, como decía también el ministro Portavoz, Íñigo Méndez de Vigo: “Algunos no se portaron bien con Rita Barberá últimamente”. Alicia Sánchez-Camacho hablaba de “ensañamiento” y “cacería”. Pero lo cierto es que Barberá se sintió abandonada por los suyos. Cada vez que se les preguntaba por ella recordaban, para no tener que explicarse, que ya no era del PP.

Quizá por eso, la familia de la exalcaldesa ha decidido enterrarla en la intimidad, y ha rogado que no asistan ni instituciones públicas ni partidos políticos, sin hacer ninguna excepción, tampoco la del PP. No obstante, el presidente tiene previsto acudir mañana a Valencia.

La decisión de Unidos Podemos, secundada por En Comú Podem y por En Marea, no así por Compromís, de no estar en el hemiciclo del Congreso para no tener que guardar el minuto de silencio que acordaron los demás grupos, produjo un nuevo debate, en el que todos los demás afearon a Podemos su decisión. Una posición que contrastó con la de su grupo en el Senado, que sí respetó el minuto de silencio, y de la actuación de Compromís, cuyo alcalde en Valencia decretó tres días de luto, celebró un pleno extraordinario y reconoció lo logrado por Rita Barberá como alcaldesa.

(Carmen del Riego, La Vanguardia)