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El Real Madrid prolonga su reinado

Vitoria deja de ser un mal recuerdo para este Real Madrid insaciable que sumó allí su cuarta Copa del Rey consecutiva. Ni el cansancio acumulado en los dos partidos anteriores ni la resistencia del aspirante pudieron con el conjunto blanco, que refuerza su hegemonía en el baloncesto nacional y alarga una leyenda que parece no tener fin. La capital alavesa, sinónimo de tropiezo para los blancos hasta ayer, se convierte ahora en recuerdo agradable para el campeón, que superó a un Valencia brillante que dio la cara durante todo el partido. Luchó tanto el equipo naranja, que llegó al último segundo con opciones. Un último tiro que pudo decidir el título. Una acción en la que solo le faltó tener a Llull de su lado. Porque en esa última jugada, cuando los partidos se aprietan y la victoria pende de un hilo, hay muy pocos con la determinación y el talento del balear que ayer volvió a ser determinante con diez puntos consecutivos al final del partido que derribaron la ilusión del Valencia.

Quedaban apenas unos minutos para que el Real Madrid abandonara su hotel rumbo al Buesa Arena y Felipe Reyes aún estaba volviendo de Madrid. El capitán, que había viajado hasta la capital para asistir al nacimiento de su segundo hijo, regresó justo a tiempo para disputar la final y ser parte de un cinco cinco extraño en el que por primera vez en la Copa estaba Randolph. El pívot es uno de esos jugadores que, por calidad, podrían estar jugando en la NBA, pero que tras pasar sin éxito por varias franquicias prefirió orientar su carrera hacia Europa para sentirse importante de verdad. Ser cabeza de ratón. El Madrid llamó a su puerta este verano y no lo dudó. Cogió la maleta y puso rumbo a España para exhibir allí sus brazos infinitos. Después de sestear durante buena parte del año, el americano ha sacado a relucir todo su talento en esta Copa del Rey. Sus dos triples nada más comenzar el partido mandaron un aviso al banquillo de Pedro Martínez, consciente del peligro, pero incapaz de hacerle frente. Campaba a sus anchas el Real Madrid, con Randolph ejecutando la pizarra de Laso, bien dibujada en la cancha por un Sergio Llull aún agazapado. Juego alegre y de contragolpe, la seña de identidad de este equipo, que acabó por contagiar a su rival.

No conseguía despegarse el Real Madrid, cuya ventaja al descanso era exigua y que tuvo que recurrir a Ayón para tratar de no llegar otra vez al final con el marcador apretado. El mexicano, muy gris en la primera parte, se destapó con un tercer cuarto magnífico en el que anotó doce puntos para mantener a raya a un Valencia que seguía creyendo en la victoria a pesar de no ponerse nunca por delante (74-71, min. 29). Para entonces, el rebote ofensivo había comenzado a ser el principal problema del Madrid, incapaz de evitar esas segundas oportunidades que fueron alimentando la esperanza del Valencia.
Así, el partido llegó igualado a los últimos minutos (87-85, min. 37), y todas las miradas se volvieron hacia Llull. El balear, intrascendente durante buena parte del partido, asumió la responsabilidad con diez puntos consecutivos que acercaron la Copa a Madrid. Dos triples estratosféricos y una bandeja tras robo que le situaron en la senda del MVP y pusieron a su equipo a un paso de la victoria. Sólo Dubljevic creía ya en la remontada, pero su tesón le valió al Valencia para soñar hasta el último segundo. .

Con los blancos dos arriba tras un triple de San Emeterio, llegó la polémica que pudo costarle la Copa al Real Madrid. Un balón largo, con el tiempo casi cumplido, cayó en los brazos de Sastre. Los árbitros pitaron campo atrás antes de rectificar y darle posesión y banda al Valencia con un segundo por jugarse. Lo que era una agonía, se transformó en una última esperanza. Necesitaba un milagro el Valencia. Un jugador capaz de anotar en ese instante fugaz. Y como no tenía a Llull, la responsabilidad le cayó a Van Rossom, que en lugar de lanzar, trató de fintar y se le acabó el tiempo. No hubo milagro y la Copa, la cuarta consecutiva, viajó a Madrid.

(Emilio V. Escudero, ABC)