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Emprender de nuevo el viaje, invocar otra vez el socialismo (José Babiano)

Director Archivo Historial del Trabajo de la Fundación 1 de mayo

El neoliberalismo no es sólo una política económica determinada, ni siquiera una filosofía política exclusivamente. Constituye asimismo y de forma evidente una cultura. De manera que la victoria indiscutible del neoliberalismo representa también una victoria cultural. Esencialmente, esa victoria reside en que la gran mayoría de la sociedad, incluida la izquierda, haya naturalizado su discurso. En eso consiste la hegemonía cultural. De este modo, el lenguaje de clase ha desaparecido de la izquierda política, que ha hecho suya la retórica de la ciudadanía. Es verdad que, como señalara T. H. Marshall, la ciudadanía es un constructo que hace compatibles el mercado y la democracia. Pero la ciudadanía es una noción liberal que hace referencia al vínculo de los individuos con una comunidad cívica, así como a los derechos y obligaciones derivados de ese vínculo. Este aspecto individual de la ciudadanía resulta central. Además la ciudadanía tiene un carácter exclusionario, que ha afectado a lo largo de su historia a las mujeres, a los no blancos y hoy a los extranjeros.

El neoliberalismo ha resignificado una serie de términos. Así, por ejemplo, la solidaridad cada vez se asimila más a la beneficencia y se aleja de la esfera de los derechos. En otros casos los ha anatemizado. De manera que la igualdad es continuamente vapuleada en el discurso. También ha logrado erradicar términos. Y si hay un término que ha desaparecido por completo del vocabulario social y del imaginario de la izquierda, ese es el socialismo. Ha entrado en un desuso tal que ya no se menciona ni en los mítines de los domingos. Obvio, por innecesaria, cualquier referencia a las redes sociales.
Claro está que un elemento que contribuyó a la hegemonía cultural del neoliberalismo fue, sin duda, el colapso de la Unión Soviética. Ahora bien, la Unión Soviética fue un régimen que en nombre del socialismo violó sistemáticamente los derechos humanos, toda vez que el proyecto emancipatorio socialista quedó barrido por la contrarrevolución thermidoriana del stalinismo. Fue así como el llamado socialismo real generó enormes daños a la causa del propio socialismo.

En todo caso, la gestión neoliberal del capitalismo encarna hoy un mundo distópico; un mundo en el que la vida de la inmensa mayoría de los seres humanos se ha convertido en un infierno y en el que el propio planeta está en grave peligro. No es posible hallar soluciones de futuro para la humanidad en su conjunto dentro de la distopía neoliberal. De manera que el viejo dilema “socialismo o barbarie” vuelve al primer plano. Pero, como punto de partida –y esto no es sino una obviedad-, es preciso reformular el socialismo, imaginar, de nuevo, un horizonte emancipatorio. Como en el viaje a Itaca, ese nuevo horizonte servirá a la izquierda para orientarse, para emprender de nuevo el trayecto; o mejor dicho, un nuevo trayecto. No sabremos cual será el final de ese trayecto, pero ante todo se requiere la voluntad de emprenderlo.

Sin embargo, junto con el socialismo, la izquierda abandonó a la clase trabajadora. Unos porque nos dijeron que “todos somos de clase media”. Otros porque la perciben, tal como es, fragmentaria y desideologizada. Así, claro está, resulta muy difícil recomponer su identidad. Por eso prefieren esperar a ese movimiento social que cuando llegue, esta vez si, les hará las tareas. Escudados todos tras el mantra de la “perdida de centralidad del trabajo”, han optado por tomarnos por consumidores. Este giro, sin embargo, forma parte de su propia crisis.

Apelar al socialismo tal vez forme parte del modo en que pueda superarse esa crisis; de empezar a romper la jaula neoliberal, al menos discursivamente. Pero esa apelación exige volver sobre la clase trabajadora que, por supuesto, ya no es la clase obrera fordista y que tiene enormes dificultades para erigirse en sujeto político.

Como en el viaje Ítaca, ignoramos cómo será el final. Pero hemos de comprender que no llegaremos al destino si durante el viaje no construimos una democracia radical, una democracia que nos permita decidir sobre nuestros destinos y el conjunto de nuestros asuntos. Una democracia que se atisba recurrentemente en cada oleada de protesta que cuestiona el modo en que se nos gobierna y que asomó por primera vez en París hace 145 años. Tampoco llegaremos a término, si los medios necesarios para que vivamos con dignidad continúan siendo objeto de acumulación de los menos.

(Espacio Público)