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El Orinoco pasa por Ermua (David Torres)

Una de las grandes virtudes de los políticos del PP es su capacidad para apagar fuegos con gasolina. En sus manos, los problemas tienden a convertirse en desastres y los desastres en catástrofes. No hay más que recordar la gestión de Ana Mato durante la crisis del ébola, cuando, después de culpar a una enfermera que por poco se queda en el sitio, casi consiguió provocar una pandemia en el continente europeo. Columnistas hubo que, en su afán por borrar cualquier rastro del virus, enterraron a la pobre mujer cuando todavía estaba viva. No iban a dejar que la verdad les estropease un obituario.

En una entrevista que le hicieron ayer en El Mundo, el flamante ministro del Interior, Juan Ignacio Zoido, declaró que el estado tiene armas suficientes para impedir la consulta. No habló de procedimientos legales, ni de herramientas democráticas, ni de mecanismos jurídicos, sino que prefirió el término bélico: armas. Se trataba, probablemente, de una metáfora, pero incluso cuando le da por la poesía y recurre a la metáfora, el PP se retrotrae hasta Atapuerca. Al menos fue prudente, porque en el discurso habitual contra la consulta independentista nunca faltan los tanques bajando por las Ramblas.

En el gobierno se ha comparado el referéndum catalanista con un golpe de estado, un tema en el que, hay que reconocerlo, son expertos al menos desde julio de 1936. Para los jerarcas del PP los golpes de estado se dividen básicamente en dos grandes grupos, los que se planean desde Cataluña y los que se planean en cualquier otra parte; una clasificación que también puede establecerse entre golpes totalitarios de izquierda y levantamientos populares como Dios manda. Hace unos días se difundió un video casero del opositor venezolano, Leopoldo López, en que conminaba a los militares descontentos a que se alzasen en armas contra el régimen. No habló de procedimientos democráticos ni de mecanismos jurídicas ni de protestas pacíficas, sino que apelaba directamente al modelo franquista. La diferencia, claro está, es que ni López es catalán ni Barcelona está en Venezuela.
De ahí que la consulta celebrada ayer domingo por las fuerzas de la oposición (y declarada ilegal por el gobierno venezolano) haya sido vista con buenos ojos desde el ejecutivo español. Para culminar este ejercicio de esquizofrenia geográfico e ideológico, el Cuñado Portavoz, Pablo Casado, terminó de aderezar la ensalada con un toque de especias etarras: “Los mismos que justifican a ETA son los que justifican a totalitarios en Cataluña y a dictadores en Venezuela”. Lo hizo, además, en la escuela de formación Miguel Ángel Blanco, delante del rostro del joven concejal asesinado por la ETA hace 20 años, aprovechando que el Orinoco pasa por Ermua. De todos es conocida la sensibilidad de Casado por las víctimas, desde aquel día que dijo, con su gracejo particular, que ya estaba bien con los carcas de la izquierda, que andan todo el día a vueltas con la memoria histórica, buscando las fosas de no sé quién.

(Público)