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El reportero global (Joseba Legarreta Menchaca)

Que el mundo es un crisol informativo es una obviedad: las nuevas tecnologías de la información han permitido que consultar y generar noticias sea tan fácil como portar un móvil y hoy en día todos somos reporteros potenciales. Hasta los medios más tradicionales y centenarios salpican sus portadas digitales con vídeos caseros de escasa calidad, pero gran potencial: el que produce estar en el lugar y en el momento adecuados. Decía un gran fotógrafo del siglo pasado que lo que tenían en común las grandes instantáneas era que el fotógrafo estaba allí. Así sucede hoy en día, pase lo que pase, da igual la hora o el lugar del planeta, habrá alguien con un móvil dotado de cámara para inmortalizar el instante.

Hace unas semanas, vimos como aparecía el cuerpo de un trabajador en las entrañas de una pitón en filipinas, vemos bombardeos, peleas callejeras, incluso sexo urbano a plena luz del día; el temido Gran Hermano está ahí para vigilarnos y somos nosotros mismos los carceleros, los que con nuestra ansia de presenciar lo excepcional, ejercemos de espías de nuestro entorno. Sí, es cierto que tiene muchas cosas muy positivas, como el poder esclarecer delitos, denunciar abusos y presenciar momentos mágicos de la naturaleza, como esos vídeos de gatitos que tanto gustan en las redes sociales, pero no me dirán que no es un poco inquietante que cualquiera pueda hacer un registro digital de los pasajes de nuestra vida.

El potencial es enorme. Imagínense: en 2016 se vendieron 1.495 millones de móviles en todo el mundo. Así, de pronto, 1.495 millones de reporteros esparcidos por los cinco continentes con el doble de ojos y el doble de oídos, seres humanos con su propia educación y conciencia, con sus propias historias y con su propia manera de ver el mundo, interactuando en sus vecindarios con potencial periodístico. El paraíso de la noticia, vamos, un gran ojo repartido en muchos, la democratización de la crónica de la humanidad.
Qué diferente hubiera sido la historia si las crónicas de tiempos antiguos no hubieran estado en manos de unas pocas personas, quienes con su mano y memoria relataban pasajes de conquistas y destierros, batallas contadas en blanco y negro sobre un lienzo, crónicas sesgadas de versiones de vencedores. Qué diferente es la historia cuando todas las voces, todas las imágenes, optan en igualdad a la nube, a ese espacio virtual que vamos rellenando de nuestra cotidianeidad, en la que hay lugar para lo terrible y para lo tierno, para masacres y para sonrisas, para la muerte y el nacimiento.

La historia ya no es sólo lo que nos cuentan. Hace tiempo que decrece la tiranía de los grandes medios de comunicación, comprados por gobiernos y multinacionales que buscan generar opinión, confundir, manipular, mostrar o esconder una visión catastrófica del mundo, esa en la que mantener a los corderos temerosos, encerrados en su redil, es su principal leit motiv.

En esta era de posverdad, la vida ha dejado de ser como nos la cuentan; ahora todos llevamos en el bolsillo una ventana al mundo y engañarnos es cada vez más difícil, siempre y cuando no seamos cómplices del abuso. No quiero decir con esto que las redes sociales sean una panacea, pero lo que está claro es que ahora podemos leer diarios “hechos por nuestros amigos”, podemos dirigir la antena de nuestra percepción a millones de lugares diferentes, grandes y pequeños, urbanos y selváticos, desérticos y polares. Todos tenemos voz en el ciberespacio.

Como siempre en la historia, los avances han de estar guiados por nuestra conciencia para no ser portadores de una tecnología sin alma. La palabra desconectar se hace cada vez más difícil de materializar y nuestro liberador a veces se convierte en nuestro tirano. Cada vez es más difícil ver a niños jugando, juntos, a la pelota o a cualquier juego de grupo, los niños pasean como zombis mirando a las pantallas de sus móviles, dueños de su individualidad, pero lejanos de esa sonrisa comunitaria que tantas alegrías nos dio en nuestra infancia analógica, donde lo más parecido a la tecnología eran las casetas que construíamos en los árboles en un esfuerzo común. Pero esta alienación no es exclusiva de los jóvenes, el mundo adulto también anda enfrascado en sus pantallas individuales compartiendo el vacío, la nada, viviendo para compartir lo que se están olvidando de vivir.

Si lo pensamos bien, los mejores momentos de nuestra vida nunca estarán reflejados en las redes sociales. No habrá instantánea de nuestra mayor felicidad. Las sonrisas mas íntimas son sencillas y silenciosas pues acuden a nuestro rostro sin avisar; son momentos que atravesaron nuestro corazón como una estrella fugaz y dejaron las chispas de su estela en nuestra alma, en ese lugar donde no hay wifi ni cobertura, que sólo es la antesala de los sueños.

(Deia)