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La lectora (Miriam Cairo)

La encuentro en la calle. Le he metido en el cuerpo un gladiolo a cuya sombra me yergo, crezco y perduro en mi magia. Le digo que mañana será otro día, y durante ese pequeño monólogo, vacila y tiemblo. Estamos expulsadas al reino de la posibilidad. Ella y yo tenemos algo en común: somos literalmente pánicas del dios Pan y diminutamente talones de un espíritu peregrino.

Tres o cuatro veces me quiero dar cuenta de que surge humo del pecho de esta mujer que lee. Parece que han pasado fantasmas y peces desde mis preguntas que no tienen pasado fisiológico hasta su aliento entrecortado. Y el sueño es simple porque es primordial. Me he proyectado en ella con tal fuerza que un verde azulado sobre los otros pensamientos se apaga. Sigue sordamente el sentido de las palabras. Descubro muchas cosas acerca de mi comportamiento, en esta mujer que me lee. Quiere saber quién y qué soy, toda mi historia, pero estoy hecha de una duda súbita que se ha besado a sí misma, tanto, pero tanto que una tarde en que llovía misteriosamente sobre las cosas, el marqués se interesó en la soledad de mi cuerpo, y trajo un líquido encantador, algo análogo a un desastre, a una fantasía subconsciente, a jade, a curiosidad, a dragones. Desde entonces está conmigo, está en mí, yo en él.

Nos vuelven extraños las rojas, las amarillas, las purpúreas endorfinas ante las ciento cincuenta primeras lunas que nos obligan a extinguirnos completamente, como si nunca hubiéramos sido. Tanto amor en un corazón escrito con letras tan pequeñas. La lectora nos pide, gimiendo, que hallemos cosas diferentes a las que habíamos imaginado. Así también mis palabras la capturan y como suele sucederme, las letras producen un repentino galope en la lectora que retiene la respiración sobre el vientre de la lengua materna.
Comenzamos. ¿No era hace poco lo que es ahora? Vemos todo color de rosa. La lectora, color de rosa, la rosa púrpura del Cairo, color de rosa, el marqués, color de rosa, yo, color de rosa. La lectora continúa hablando ligeramente. Por todas partes astros y muñecas. ¿Cómo puede soportar este relato? La lectora se estremece y nosotros le soñamos nuestros movimientos orbitando alrededor de su cabeza.

Con sus altos tacones, la lectora trae a upa al marqués, como si se trajera a sí misma, con la misma voluntad de ser un dios bramando, (bramante) semi enmascarado, ebrio. Ella misma ha comenzado a pensar en una furcia maravillosa y es capaz de tapar la rotura de un dique con el dedo. Ah, si nosotros pudiéramos ver el espectáculo desde afuera, si pudiéramos leerla mientras ella nos lee... Nosotros estamos dentro, una parte de nosotros está siempre en el texto, puesto que estamos recluidos en el mundo de las palabras, pero por candorosa intuición ella nos localiza en el lenguaje que no tiene límites.

Nos lleva una ola poderosa. El marqués la alza a la altura de sus caderas. Un ejército de palabras ha pasado entre sus piernas, pero esta noche, es capaz de creer en el blanco cegador del color del azafrán que se transforma en añil. No se atreve a mirar dos veces, ni a tocar. En lo hondo de las páginas hace algo.

Cuando cae por completo la noche, sueña de manera deliciosa una de las letras con su alma, con su sombra, con su ruido. Según nos dice, quiere unírsenos, la oímos desde afuera sin tener la seguridad de que esté dentro. En el dentro‑fuera de la letra, la lectora, en el interior de sí misma, digiere lentamente nuestra nada. Nuestro aniquilamiento durará siglos, segundos, eternidad. El rumor del marqués se lo dice, se prolonga en el espacio de su cuerpo y en el tiempo de su alma. Se convierte en el remolino de la lectora que acaba asfixiada de violenta ternura.

La oscuridad es total. No mueve ni las pestañas. Las rodillas le tiemblan. Siente que le oprimimos las manos ferozmente. Con otra mano le apretamos los senos. Cada uno de sus cabellos y sus huesos son separados del cuerpo. Da un pequeño grito cuando abrimos en dos el corazón del sexo, otro pequeño grito cuando abrimos en dos el sexo del corazón. Se oyen pasos que suben a las profundidades del cielo. Está en llamas el lenguaje. Hay un dolor alegre. Levantamos la cabeza y la vista salta hasta la próxima hoja, el relato sigue. Se condensa, se dispersa estallando y refluye hacia el centro mismo del texto. La lectora de afuera, el marqués y yo de adentro, estamos prontos a invertirnos.

Viviendo la página, la lectora nos absorbe en una mezcla de relámpago y pureza. Con voz ronca, nos suplica que aumentemos la cantidad de palabras que caben en una hoja. Por los cuatro lados pongo jarritas con palabras, almíbares genitales de palabras, gladiolos de palabras.

Va al comedor, come un huevo, bebe vino, vuelve al libro. Es como si recibiera tres o cuatro veces la vida dentro de su breva madura. Nos aprieta contra ella. La abrazamos hasta hacerle olvidar otros textos que leyera. Nos metemos dentro de su cuerpo. Allí nos quedaremos aun después que nos hayamos ido. Le dejamos algo que nunca olvidará. Le llenamos el lenguaje de algo que nunca se enfriará. Lee palabras que ha leído miles de veces, pero que son otras. No hubo textos antes de nosotros ni los habrá después. Las palabras de los libros leídos repiquetean como los huesos de un esqueleto. La lectora ha perdido su cuerpo y el alma flota, llega hasta nosotros bregando con voces agudas por los textos que ya no le interesan, por los que ya nunca le interesarán. Pero nosotros, que somos más sabios, la convencemos de que jamás le quitaremos la piel de estas palabras que son suyas desde este nuevo nacimiento. Permanecemos inmóviles los tres. Creo que es hora ya de regresar a mí misma. Le doy unas palmaditas al marqués, y parece temblar cuando mi lengua materna penetra por la puerta estrecha de su nombre. Así de simple es el pasaje del yo a ella, del ella al nosotros.

(Página 12)