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Los enemigos de la izquierda (Sergio Alejandro Gómez)

A los que hablan del fin del ciclo de la izquierda en América Latina, habría que recordarles aquella frase apócrifa que algunos ponen en boca de El Quijote: «Si los perros ladran, Sancho, es que cabalgamos»

Quedarse sin enemigos es lo peor que le podría pasar a la izquierda. En un mundo en el que los de arriba temen a los de abajo y la ley máxima sigue siendo el «sálvese quien pueda», las ideas de izquierda no pueden hacer otra cosa que escocer a los ejecutivos y aguar la fiesta centenaria de la derecha.

Las fronteras, claro está, son un problema distinto. En la constituyente francesa de 1789 los defensores del rey se hicieron a la diestra del presidente de la Asamblea y los revolucionarios más radicales se fueron al otro bando. Desde entonces hasta hoy no cesan las discusiones sobre dónde se sienta cada cual.

Resulta llamativa la habilidad de la derecha para hacer definiciones frente a una izquierda con recurrentes crisis de identidad. Si algo saben los poderosos es distinguir a los suyos de quienes buscan la repartición más justa de las riquezas, rechazan la naturalización de la desigualdad y creen que los «derechos humanos» son en efecto para los humanos y no solo para los derechos.
Cuando los revolucionarios están marginados y sus programas se discuten en pequeños círculos, la derecha suele tolerarlos para dar una imagen de pluralidad y apertura. Pero muestran su verdadero rostro cuando explota el descontento social y atisban la mínima posibilidad de perder los privilegios.

Las dictaduras en América Latina durante el siglo pasado, el asesinato de líderes sociales y la demolición de las organizaciones sindicales, fueron la respuesta de las élites a la posibilidad real del ascenso de la izquierda al poder, como había sucedido en Cuba en 1959.

Asesorados por Estados Unidos, se prepararon desde entonces para liquidar la insurrección popular. Si bien tuvieron algunos resultados, la Nicaragua sandinista y la lucha de otros pueblos centroamericanos y sudamericanos demostró que se podían lograr cambios por la vía armada.

Sin embargo, pocos creían posible una victoria en su propio terreno. Parecía imposible girar a la izquierda sobre las líneas del tren de la democracia liberal, hecha a la medida de los opresores. Salvador Allende demostró lo contrario en Chile y pagó un alto precio. Más de dos décadas después, Venezuela vivía una experiencia similar con el Comandante Hugo Chávez, quien dejaba abierto un ciclo de victorias progresistas que pronto se extendió por casi toda América Latina.

La derecha, golpeada por los resultados catastróficos del neoliberalismo y los escándalos de corrupción, no dio un minuto de tregua a los nuevos gobiernos al tiempo que se replegaba para organizar la contraofensiva.

La izquierda, a diferencia de sus antecesores, fue respetuosa de las reglas del juego y no pateó el tablero incluso después de los intentos golpistas en Venezuela en el 2002, en Ecuador en el 2010 o las iniciativas secesionistas en Bolivia durante la primera etapa del gobierno de Evo Morales.

Aunque los procesos políticos fueron y son distintos en cada país, desde los objetivos trazados hasta el alcance de las transformaciones en la práctica, el escenario en el que se han desarrollado es muy similar.

Para llegar al poder político fue necesario pactar con diversas fuerzas, en muchos casos reaccionarias y motivadas exclusivamente por sus beneficios particulares, que terminaron siendo un freno para los cambios demandados por las mayorías.

Un sector de la izquierda latinoamericana, acostumbrado a soñar con la Revolución en tertulias filosóficas, terminó en el bando contrario al perderse en disquisiciones sobre el tono de rojo de cada cual. A veces por oportunismo y otras por la incapacidad de leer el momento histórico, cayeron en lo que Lenin llamó «izquierdismo» y catalogó como «enfermedad infantil».

En la última década también se comprobó el poder de los medios de comunicación para construir realidades, funcionar como actores políticos e influir en la opinión pública.

También se vio hasta dónde sigue dispuesta a llegar la derecha para lograr sus objetivos. Los mismos que en Venezuela catalogaban a Chávez de dictador populista, cuando tuvieron por algunas horas las riendas del país en el 2002 diluyeron todas las instituciones democráticas. Los que hoy se oponen a la Constituyente convocada por Nicolás Maduro, la exigían hace apenas un año.

No ha habido escrúpulos para el uso de la Guerra No Convencional, los golpes parlamentarios, el boicot económico o cualquier otro método desestabilizador.

Sobre todo, se aprendió que no basta llegar a la silla presidencial para lograr cambios de calado ni mejorar las condiciones de vida para lograr conciencia política. La corrupción y el clientelismo heredados del «modelo democrático» latinoamericano son incluso más rechazados por el pueblo cuando tienen el sello de la izquierda y no son menos injustos los ajustes neoliberales cuando se hacen en nombre del progresismo.

Pero quizá sea saludable contar con esos enemigos. Una revolución vale lo que sabe defenderse. En cualquier caso, ayudan a tener las cosas claras. A los que hablan del fin del ciclo de la izquierda en América Latina, habría que recordarles aquella frase apócrifa que algunos ponen en boca de El Quijote: «Si los perros ladran, Sancho, es que cabalgamos».

(Granma)