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Transformar el suelo, no asaltar los cielos (Javier Franzé)

Profesor de Teoría Política

La primera dificultad para hablar de socialismo hacia el futuro es precisar a qué se está haciendo referencia. El socialismo —como el liberalismo— es una corriente política y de pensamiento vasta, diversa, cuyo elemento aglutinante sería la primacía del valor igualdad. Pero esto remite a la superficie del problema, pues la cuestión no es tanto qué valor se privilegia, que es lo que reúne, sino cómo se piensa ese valor. Esto último suscita las divergencias más profundas, que determinan diferencias acerca de los caminos para construir esa igualdad.

¿Y si el problema fuera que el socialismo ha sido occidental, demasiado occidental? O mejor, occidentalista o monista: es decir, que ha estado impregnado de la idea dominante en la tradición de pensamiento occidental según la cual hay una verdad del hombre y de la sociedad que se puede conocer y cuya aplicación trae la solución definitiva de los problemas humano-sociales, una sociedad reconciliada y sin conflictos. Si así fuera, el débil presente del socialismo no sería consecuencia de una presunta incapacidad para desentrañar La Verdad de la Realidad Concreta en la Situación Concreta, a fin de establecer La Línea Correcta, sin Desviaciones ni Oportunismos. Por el contrario, cabría pensar que ha sido esa búsqueda exegética la que operó como un chaleco de fuerza e impidió al socialismo liberar su imaginación para comprender lo político como construcción de sentido contingente y radical.

¿Y si la lucha por la igualdad tuviera más que ver con el legado epistemológico de los sofistas, Maquiavelo, Nietzsche, Freud, Sorel, Weber, Schmitt, Mariátegui que con el de Lenin, Kautsky, Trotsky, Guevara o desde luego Mao? ¿Y si la lucha por la igualdad tuviera que aprender del gesto herético de los movimientos nacional-populares latinoamericanos, que se atrevieron a reunir Nación y Pueblo, no ya porque ésa fuera la verdad finalmente develada, sino por lo que ese ademán tuvo de comprender lo político no como un significado objetivo adherido a unos actores preconstituidos (las clases y sus “tareas históricas”), sino como el efecto de sentido que se produce por la reunión de demandas diversas (feministas, laborales, medioambientales, multiculturales, etc.) y da lugar a sujetos colectivos nuevos?
La importancia central que buena parte de la izquierda otorga al programa, el sujeto histórico, las condiciones objetivas y la táctica, quizá no sea más que un rechazo cientificista de la frónesis. Ésta consiste en ese saber práctico, fruto de la experiencia, consistente en la capacidad para imaginar cómo plasmar un valor en una circunstancia específica. Otra vez, contra la monista tradición occidental, no se practica la justicia realizando en todo tiempo y lugar el mismo acto (como exhortan los diez mandamientos, por ejemplo), sino que actos distintos sirven para plasmar un mismo valor: para ser valientes ante una misma situación, no hacen lo mismo una joven que un anciana. Ese afán de querer saber de antemano qué hay que hacer para alcanzar un determinado valor, no sería entonces más que una resistencia a aceptar la indeterminación no sólo de los medios, sino también de los fines, en la medida en que éstos precisamente deben realizarse siempre en situaciones inéditas. Tal vez eso forme parte de la derrota socialista: el capitalismo histórico, y su fase neoliberal actual, despolitizan su existencia presentándola como resultado de la inevitabilidad de leyes del mercado y del individuo, precisamente para monopolizar el terreno de la frónesis, donde despliega toda su capacidad para reapropiarse sin complejos de los significantes rivales (desde “revolución” hasta “transparencia”) a fin de alcanzar sus valores. La derrota del capitalismo y del neoliberalismo no provendrá por tanto de una verdad superior y más profunda, reveladora, que es la que a menudo ha buscado la izquierda, porque no es ése el terreno de la disputa, sino el de la construcción de una voluntad y un deseo en torno al valor igualdad.

Esa voluntad no está preinscrita en ningún lado. No es ni siquiera potencial. Nadie en concreto la tiene. No va a triunfar porque sea buena, ni de ella emergerán sólo manjares nutrientes. El socialismo ha sido especialmente occidentalista al pensar lo político y los sujetos políticos como algo inherente a lo humano-social, como lo dado a priori y no como aquello a construir. Sólo había que comprender la naturaleza de esa verdad, expresarla y difundirla, función evangélica que le cabía principalmente al partido. La visión opuesta, según la cual lo político crea la comunidad y los sujetos, no confía a ninguna verdad transhistórica la movilización social en pos de un orden nuevo. Construye esa representación mayoritaria haciendo imaginable, pensable, decible el orden nuevo. Por eso no significa el olvido de los problemas de clase, como suele creerse, sino su reforzamiento al reunirlos con otras demandas similares en un sujeto más amplio y potente, y por ello más capaz de realizar la igualdad como centro de una nueva hegemonía. Aquella verdad de la historia se revela así no como revolucionaria, sino como profundamente conservadora, pues ata la acción transformadora a una metafísica de lo social.

Si puede verse la historia del movimiento socialista a la luz de la afirmación de Bourdieu acerca de que hay lucha de clases desde que se ha hablado de lucha de clases, podemos ver el enorme retroceso europeo de los últimos treinta años en términos del éxito cultural de la antropología neoliberal, que proclamaba no querer naciones de proletarios sino de propietarios. No ha sido transformismo, ni falsa conciencia, como se consuela a menudo la izquierda: ha sido una conquista política en el único terreno donde ésta se obtiene, el de los imaginarios sociales. Y si bien no cabe obviar la desigual relación de poder material, tampoco habría que olvidar que el neoliberalismo inició su andadura política —la intelectual data de la segunda posguerra— en uno de los contextos político-culturales más desfavorables, el que podríamos situar alrededor del ’68 francés.

Si de este siglo hablamos, precisamente los procesos políticos que más lejos han llegado en el desarme de la agenda y la antropología neoliberales han sido los latinoamericanos de la primera década del XXI.

Y, en otro nivel, el impacto que vienen protagonizando los movimientos sociales y esa vasta red de cooperantes que se despliega por el mundo. Todos ellos lo hicieron y lo harán reconfigurando los materiales de subjetividad e historia que supieron encontrar, componer, negociar, fusionar y, sobre todo, echar a andar. Con las urgencias, apuros, retrocesos y torpezas propias de lo político, que tiene más de collage y de improvisación jazzística que de catedral barroca. Así lo hizo la socialdemocracia europea con el Estado de Bienestar, pero fue incapaz luego de defender esa conquista —la mayor en términos de igualdad conseguida por el movimiento socialista— ante el embate neoliberal. Tan grave como la pérdida de prestaciones materiales fue la corrosión del principio político del Estado social, según el cual la comunidad toda, a través del Estado, asumía garantizar un mínimo de existencia material a sus miembros. Este principio fue seriamente desafiado por la antropología neoliberal, que descontextualiza las trayectorias vitales personales, cargando a los sujetos con las exigencias de “autosuperación”.

Ni los movimientos nacional-populares latinoamericanos contemporáneos, ni la cooperación internacional, ni los movimientos sociales derrotaron al capitalismo, ni siquiera al neoliberalismo. Tampoco lo había hecho el Estado de Bienestar de la segunda posguerra. Ahora bien, si en buen occidentalismo monista se va a utilizar lo perfecto como criterio de lo real, o dicho de otro modo, el patrón plusvalor como medida de toda construcción política, volvamos al genuino creador del sujeto histórico, a Platón y su filósofo-rey o, si se prefiere lo moderno, a los filósofos de Hobbes, que no jugaban al tenis.

La política nos deja a la vez huérfanos y provistos dándonos lo único que nos puede suministrar para la lucha: los valores. Desamparados porque no podemos saber el sentido último real del valor, ni el que tiene como tal, ni el que va a tener si se realiza. Pertrechados porque ese valor nos da lo central para operar en una realidad fluida, siempre inédita: el criterio para decidir por cuál camino apostar. Se dirá: es voluntarismo. No, es el modo ético-político de actuar con reflexividad, intentando saber lo que se está haciendo, en un mundo no matemático, regido en buena medida por la Fortuna o la irracionalidad ética, en el cual las consecuencias de las acciones que emprendemos no se derivan del valor ético que le atribuimos, sino que pueden negarlo.

Por eso la política, en este caso la socialista en pos de la igualdad, no consiste en asaltar los cielos, que sería el fin de la frónesis, sino en transformar el suelo de los valores sobre el que se levanta la vida comunitaria.

(Espacio Público)