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Violencia, armas y anhelos golpistas en la oposición

Proceso constituyente en Venezuela

Nadie sabe cuántas armas tienen los grupos de choque antichavistas. Pero las tienen, como reconocen algunos manifestantes. Es la punta del iceberg de un clima de violencia en el que se escuchan llamadas al golpe de Estado o a la intervención extranjera

«Hay gente que sale armada. Es como un contraataque, lo estamos tratando de evitar». La confesión la realiza una joven pertrechada con máscara antigás que camina en la retaguardia de los disturbios del miércoles en la avenida Juan Pablo II, en Bello Campo, este de Caracas. Dice llamarse Ana Pérez pero ha tardado tanto tiempo en responder que no parece que ese sea su verdadero nombre. El derroche de honestidad no es habitual. Los miembros de la oposición suelen negar categóricamente que sus integrantes porten armas de fuego, algo que el Gobierno ha denunciado en reiteradas ocasiones. El miércoles, en medio de los choques, alguien subió a una azotea y disparó contra la barrera de la Guardia Nacional Bolivariana para impedir que los manifestantes llegasen hasta la avenida Francisco Fajardo, una de las principales arterias de la capital venezolana. No es la primera vez. Las palabras de Pérez, todavía tomando aire tras una carrera ante la Policía, solo sirven para corroborar un secreto a voces.

Nadie sabe a ciencia cierta hasta qué punto están armados los pequeños grupos que se han bautizado como «la resistencia» y que forman un pequeño ariete opositor, focalizado pero constante. Por el momento, en términos reales, ellos son la principal expresión de violencia antichavista. Sin embargo, entre quienes ayer secundaban el segundo día de paro y hoy están llamados a la «toma de Caracas» se escuchan dos ideas para dar un paso más en la tensión: la intervención militar desde dentro (es decir, el golpe de Estado de toda la vida) o el apoyo militar exterior. Todo tiene que ver con la frustración ante el día después de las elecciones constituyentes. Los partidarios de la MUD han fiado todo a suspender unos comicios que el Gobierno no va a cancelar. Después de más de 100 días de protestas, solo les queda apelar a una especie de «salvadores» externos.

«Hay militares que sí que están… Esperemos que estos días pase algo. Todavía no podemos decir nada, pero ocurrirá». Gabriela Nerol, una mujer entrada en años que vigilaba sentada en una silla de playa la cinta amarilla con la que se cortaba el paso frente a su edificio, muestra su esperanza de que haya uniformados que se sumen a la causa.
Este anhelo es una constante para la oposición, que solo estuvo cerca de lograrlo en 2002, cuando un golpe de Estado apartó a Hugo Chávez del poder durante unas horas. Para defenderse de la acusación de «golpista», siempre hay quien recuerda que el propio comandante fallecido era militar, buscó la asonada y dio un carácter castrense al sistema político bolivariano. Pero no fue Chávez quien convirtió a los uniformados en una especie de árbitros de la vida política venezolana. Como en otros muchos países latinoamericanos, es casi costumbre. Por eso, los opositores buscan y rebuscan, a ver si hallan su propio salvador de cuartel. Por ahora no lo han encontrado. «Puede haber algunos descontentos, pero incluso si unos oficiales se rebelasen, no tendrían tropas, porque el Ejército es pueblo», rebatía Robinson Panía, trabajador del Ministerio de Comunas y uno de los asistentes a la marcha chavista que colapsó ayer el centro de Caracas.

- Una amenaza recurrente.

La otra esperanza para el antichavismo es la intervención desde el exterior, una amenaza a la que se ha recurrido en innumerables ocasiones desde el Ejecutivo, tanto en tiempos de Chávez como ahora con Nicolás Maduro. «Vivimos bajo un Gobierno de narcotraficantes, eso lo dijo hasta EEUU, no sé por qué no nos ayudan», protestaba un hombre que se negaba a dar su nombre argumentando que «puedo ser perseguido». Cuando uno atraviesa las barricadas en mototaxi, el único medio de transporte que permite cruzar los innumerables bloqueos del este, son continuas las preguntas sobre la acción exterior. Se interrogan sobre las iniciativas de la OEA, sobre las sanciones anunciadas por Donald Trump, y protestan contra Europa, a la que ven timorata contra el chavismo.

La violencia ha sido persistente desde que comenzaron las protestas en abril. Al menos 100 personas han muerto. Hay guardias bolivarianos procesados por algu- nos de estos fallecimientos. Aunque la realidad está lejos de esa visión uniforme que se presenta de «manifestantes-demócratas» vs. «policía-dictatorial». «No lleves camiseta roja» es una de las principales advertencias que se lanzan a los periodistas recién llegados. El rojo simboliza la revolu- ción bolivariana y son muchas las agresiones registradas contra quien los manifestantes identifican con el Gobierno. Algunos incluso han sido quemados vivos.

Sin llegar a tal extremo, hay ejemplos de ataques permanentes. Es el caso de Franklin Quijada, abogado de 27 años que todavía muestra en su rostro las marcas del botellazo con el que un opositor le agredió el pasado viernes en el este de Caracas. Fue identificado como hijo de un candidato a la Asamblea Nacional Constituyente y uno de sus vecinos, declarado opositor, le agredió entre insultos de «chavista» y amenazas de muerte a su padre. «Es uno de los sectores donde más se ha identificado la tranca. Llamé a un vecino compatriota, se molestó, me agredió verbalmente y posteriormente me arrojó una botella en la cara», explica, con medio rostro morado y atravesado por los puntos. «Responsabilizo directamente a Fredy Guevara (vicepresidente de la Asamblea Nacional en manos la oposición y declarada en rebeldía por el Tribunal Supremo), es una persona que ha agitado la violencia en el país», afirma.

Existe incertidumbre sobre qué puede ocurrir hoy, durante la «toma de Caracas» a la que llama la oposición. Aunque líderes de Voluntad Popular, el partido de Leopoldo López, ya dan por seguros los enfrentamientos. Todo a dos días de que los venezolanos acudan a las urnas.

(Alberto Pradilla, Gara)