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¿Lanzará Trump, además, una guerra de divisas? (Benjamin J. Cohen)

En las últimas semanas, el Gobierno de Trump implementó una serie de medidas comerciales y de inversión que ponen a China en la mira. Está más que claro que Trump y sus asesores ven a China como el principal “enemigo económico” de Estados Unidos. Ahora, la interrogante es si ellos, acto seguido, lanzarán un ataque contra el renminbi, la cada vez más popular moneda de la China.

Hasta ahora, Estados Unidos ha impuesto aranceles de importación arrasadores del 25% sobre el acero y el 10% sobre el aluminio, mismos que Trump anunció personalmente a principios del mes pasado. A partir de entonces, su Gobierno ha labrado exenciones para ciertos aliados de Estados Unidos, mientras que a la vez utiliza los aranceles como instrumento de negociación para extraer concesiones de otros.

China, por su parte, no es un proveedor importante de acero o aluminio para Estados Unidos. Sin embargo, el exceso de capacidad de China ha ejercido una presión a la baja sobre los precios del acero y el aluminio en todo el mundo, lo que va en detrimento de los productores estadounidenses. Por lo tanto, el objetivo del Gobierno de Trump es forzar a China a reducir drásticamente su propia producción.
Incluso, con mayor dramatismo, el gobierno de Trump ha dado a conocer sus planes para imponer aranceles de importación a una amplia gama de productos chinos, valorados en hasta 60 mil millones de dólares. Estados Unidos, también, está endureciendo aún más las restricciones aplicadas a las adquisiciones e inversiones corporativas por parte de firmas extranjeras; y, ha dejado entrever su intención de impugnar ante la Organización Mundial del Comercio las transferencias forzadas de tecnología que aplica China.

Por otra parte, el Gobierno se está movilizando para impedir que compañías chinas inviertan en sectores estadounidenses considerados como sensibles, tales como el sector de los semiconductores y las tecnologías de comunicaciones inalámbricas 5G. Trump ya bloqueó una oferta de 117 mil millones de dólares de Broadcom – una firma con sede en Singapur con estrechos vínculos con China – que deseaba adquirir el gigante tecnológico estadounidense Qualcomm.

De manera similar, Ajit Pai, el comisionado de la Comisión Federal de Comunicaciones que designó Trump, está de acuerdo con tratar a Huawei, el principal fabricante de equipos de telecomunicaciones de China, como un riesgo para la seguridad nacional. Y, según una nueva regulación que fue propuesta, las empresas que estén incluidas en esa clasificación ya no podrán suministrar equipos a las empresas que construyen infraestructura de Internet en Estados Unidos.

Hasta la fecha, el Gobierno de Trump no ha tomado ninguna acción directa contra el renminbi. Sin embargo, ya que este Gobierno considera a las exportaciones e inversiones chinas como una amenaza, puede que sea sólo cuestión de tiempo antes de que también dirija su artillería contra la moneda china.

Desde la crisis financiera mundial del año 2008, el gobierno de China ha hecho grandes esfuerzos por promover la reputación internacional del renminbi. Flexibilizó las regulaciones para que se puedan realizar más transacciones comerciales en renminbis, dejando de lado, por lo tanto, el uso de monedas de facturación tradicionales, como por ejemplo el dólar estadounidense. Estableció una red de bancos de compensación en renminbi que abarca a centros financieros de todo el mundo. Cultivó mercados activos para depósitos en renminbi y bonos denominados en renminbi en Hong Kong y en otros lugares. Y, llegó a acuerdos de ‘swap’ de divisas con docenas de bancos centrales extranjeros, con la esperanza de que el renminbi se convierta en un nuevo activo de reserva a nivel mundial.

Mientras tanto, China logró un hito importante en el año 2015, cuando el Fondo Monetario Internacional acordó incluir el renminbi en la canasta de monedas que determina el valor de su activo de reserva sintético, el Derecho Especial de Giro (DEG). Anteriormente, ese privilegio se otorgaba únicamente al dólar estadounidense, la libra esterlina, el yen japonés y el euro. Por lo tanto, la inclusión en la canasta de monedas del DEG proporcionó un gran impulso a la posición internacional del renminbi, y alentó a China a avanzar aún más en la promoción de la moneda. Más recientemente, China lanzó una nueva bolsa para futuros de crudo en renminbi, que algunos observadores ven como un desafío directo al dólar.

Como parte de su cada vez más ambiciosa apuesta por tener influencia global, China apunta a desarrollar una moneda que podría ser digna de una superpotencia mundial. Estados Unidos se ha beneficiado durante mucho tiempo de la posición dominante del dólar en los mercados financieros y en las reservas de los bancos centrales; y, China ahora quiere obtener beneficios similares. Si la subida del renminbi se produce a expensas del dólar, eso no es algo muy malo.

Antes de Trump, la política estadounidense para mantener la primacía del dólar era en gran medida pasiva, y se podría decir hasta conciliadora. Incluso cuando estaba claro que China promocionaba el renminbi como alternativa al dólar, el gobierno de Obama hizo poco para defender al dólar. De hecho, Estados Unidos en realidad apoyó la entrada del renminbi en la canasta de DEG, a pesar de las dudas generalizadas sobre las cualificaciones de la moneda; la razón fue que Estados Unidos quería alentar a China a convertirse en un actor más confiable dentro del sistema monetario existente.

Pero, luego llegó Donald Trump, y el escenario cambió completamente. Si bien la reputación internacional del renminbi se ha incrementado, la moneda de China aún está muy lejos de obtener estatus de moneda de las grandes ligas. Trump, el autoproclamado negociador, supuestamente lo sabe, y tendrá la tentación de explotar las vulnerabilidades del renminbi.

Por ejemplo, si China opta por ejercer resistencia ante las demandas de Trump de concesiones comerciales, Estados Unidos podría optar por prohibir el uso del renminbi en la facturación o pagos hechos por empresas estadounidenses que realizan transacciones con socios chinos. Podría desalentar o establecer nuevas barreras a las inversiones en activos denominados en renminbi. O, podría ofrecer acuerdos de swap en términos favorables a cualquier banco central que esté dispuesto a abandonar su acuerdo con China. La lista de posibles acciones punitivas es larga.

Por supuesto, una guerra de divisas que se desarrolle paralelamente a una guerra comercial revestiría peligro, y posiblemente sería desastrosa. Como mínimo, los mercados financieros podrían desestabilizarse y podrían verse afectados los préstamos internacionales. Por desgracia, es poco probable que un hombre que piensa que “las guerras comerciales son buenas y fáciles de ganar” se vea disuadido por estas posibilidades. Sólo podemos esperar que prevalezcan personas que piensen con cabezas más frías.

(Traducción de Rocío L. Barrientos, Projetc Syndicate)