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Madge Anderson, el amor secreto de Pessoa

Un investigador portugués descubre unas cartas inéditas que testimonian la pasión del autor del «Libro del desasosiego» por la escocesa, traductora de alemán para el servicio secreto británico durante la Segunda Guerra Mundial

Solitario. Huraño. Poliédrico. Así transcurrió el devenir de Fernando Pessoa, a medio camino entre una vida real anodina y un complejo universo marcado por su desdoblamiento en decenas de heterónimos. La red de sus sentimientos nunca fue suficientemente conocida, siempre bajo el halo del misterio. ¿Quién le robó el corazón al autor del «Libro del desasosiego», una de las grandes obras maestras de la literatura? Apenas se sabía que amó a Ofélia Queiroz, pero ahora sale a la luz un descubrimiento que puede revolucionar la interpretación de su legado tardío.

José Barreto, investigador de la Universidad de Lisboa y experto en el escritor que mejor define el alma portuguesa, acaba de sorprender con unas revelaciones basadas en sus concienzudas pesquisas: no era Ofélia la única mujer que lo cautivó.

Su hallazgo de unas cartas inéditas, publicado en la revista «Pessoa Plural», ha dado con la clave. Las misivas demuestran que la mujer de su hermanastro le absorbía con su aureola. Se trataba de la escocesa Madge Anderson, quien ejercía como traductora de alemán para el servicio secreto británico en la época en que se fraguaba la Segunda Guerra Mundial. Después de haber analizado esos mensajes escritos, Barreto concluye: «Queiroz era una mujer simple, mientras que Madge era inteligente y encajaba más con el perfil de Pessoa».
Criado en Sudáfrica, él dominaba el idioma de Shakespeare tanto como el portugués (basta leer su poesía en inglés para valorarlo), por lo que la comunicación entre ambos era completamente fluida.

Con anterioridad, el investigador brasileño José Paulo Cavalcanti lo había apuntado, basándose en el relato de uno de los sobrinos de Pessoa, llamado Joao Maria Nogueira. «Mi tío tuvo una relación misteriosa con una británica. Parece que ambos sentían una simpatía recíproca. Era una mujer muy inteligente, que trabajó en la descodificación de mensajes cifrados de los alemanes a lo largo de la Primera Guerra Mundial. Era culta y con una personalidad complicada, tal vez por eso interesó a mi tío Fernando».

Aquellas palabras se refrendan hoy con la aportación de José Barreto, que se centra en dos borradores de cartas que constaban en manos de la familia del legendario autor y en otra más guardada en los archivos de la Biblioteca Nacional de Portugal.

Tanto es así que dos semanarios lusos han recuperado un poema de 1930 atribuido al heterónimo de Álvaro de Campos:

«Una joven inglesa, tan rubia, tan joven, tan buena

Que se quería casar conmigo…

Qué pena no haberme casado con ella…

Habría sido feliz

Pero, ¿cómo puedo saber si hubiera sido feliz?

¿Cómo puedo saber cualquier cosa respecto a lo que habría sido pero nunca fue?».

- Cómo se conocieron.

Las circunstancias en que Fernando Pessoa conoció a Madge tienen que ver con que era la hermana de Eileen Anderson, una de sus cuñadas, ya que estaba casada con Joao Maria Nogueira Rosa, el hermano más pequeño del escritor, un banquero que trabajaba en Londres.

De acuerdo con la información disponible, Margaret Mary Moncrieff Anderson (que ese era el nombre completo de la fascinante mujer) se había divorciado de un hombre de su misma nacionalidad y siguió la recomendación de su hermana para viajar varias veces a Portugal.

De esta forma, se propiciaron los encuentros con Pessoa y arrancó el intercambio de cartas entre ambos, que se extendió hasta la fecha de la muerte del poeta: el 30 de noviembre de 1935.

Madge, originaria de Glasgow, se graduó en la universidad de St. Andrews y comenzó a trabajar en la sede central del Ministerio de Asuntos Exteriores, en Londres. Contrajo dos matrimonios con ciudadanos de su país y, de hecho, cuando flirteó con el genio portugués, todavía estaba vigente su enlace con Frederick William Winterbotham, responsable de la división del aire del servicio secreto.

La primera prueba documental de la atracción mutua entre ella y Pessoa, una postal, la envió ella en el verano de 1935. Así consiguió atrapar aún más la atención del autor, más de una década después de que este se apasionara por Ofélia Queiroz.

(Francisco Chacón, ABC)