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¿Por qué los raperos son tan machos?

Kanye West en un concierto en Chile, 2011
¿Cómo están vinculadas la pobreza y la desigualdad con la reafirmación de la masculinidad? ¿Y la violencia machista? El hip hop comparte muchos de los códigos de relación de los jóvenes de los suburbios del planeta

En la ley del barrio, hombría y respeto son dos caras de la misma moneda. Lo que se pone a prueba es la capacidad confrontativa de estos chavales que han de ser capaces de defenderse, de ejercer violencia

Son machos muy machos. Los raperos mainstream como Rick Ross y Lil'Wayne son recios, viriles, serios, quizás hasta peligrosos. En el estilo gansta no solo se es macho sino también derrochón, viviendo a tope una vida de hiperlujo donde las mujeres son una propiedad más que exhibir como en los vídeos de Nas. Otros, como Kanye West son capaces de salir a un escenario con cien tíos de negro que enseñan los dientes y un par de lanzallamas. Desde el gueto estadounidense, surge un rap hecho por los más jóvenes que exhibe una hombría oscura como el petróleo. En el Cloud rap, la vida en el barrio es tan jodida y violenta que sí, también son machos, pero casi en segundo plano, incapaces de ejercer soberanía en lugares que describen como el mismo infierno. Para caminar por él, a veces exhiben armas como muletas.

Hay una miríada de formas de hacer rap, algunas más políticas –aunque no siempre quiere decir menos explícitamente viriles–. Para las mujeres, este estilo significa cosas totalmente distintas, incluso que les puede permitir subvertir el mandato femenino en varios sentidos: la fuerza, la forma de ocupar el espacio público, la autodefensa. Pero es indudable que existe una performance de la masculinidad más marcada en el hip hop que en otros géneros o culturas juveniles. ¿Cómo está relacionado este estilo con la afirmación de hombría, con su exhibición y conversión en una fachada pública?

El rap es un producto de los suburbios neoyorkinos donde se originó en la década de los sesenta entre los jóvenes negros e hispanos asociado a las competiciones entre bandas juveniles. Hoy, más allá de su proceso de comercialización, sigue siendo atractivo para muchos jóvenes de los guetos de todo el planeta, y es ahí donde se escucha y se produce más y de donde salen la mayoría de estrellas. También en esos lugares el hip hop es cotidianidad para muchos, donde se sostienen las identidades que, como explican Boltanski y Chiapello, otros de clases más favorecidas adoptarán “a modo de simulacro” cuando compran camisetas grandes de determinadas marcas, visten gorras ladeadas o utilizan el argot propio de la subcultura. (Para que haya apropiación simbólica por el mercado, en algún lugar tiene que haber un yacimiento de “autenticidad”.) ¿Y por qué los los jóvenes de estos barrios marginales en lugares tan variados adoptan esta subcultura? La respuesta tiene que ver con las condiciones de vida en los suburbios y con la falta de expectativas vitales de estos chavales, y concretamente, con cuál ha sido su “traducción” cultural, o las formas culturales a las que han conducido. Y es que hay una continuidad entre los valores de “la calle” –los diferentes códigos de relación entre los jóvenes del gueto– y los del hip hop.
- Hay que ser muy hombre para sobrevivir en el infierno.

Hace unos años colaboré con un proyecto político-cultural –Tiuna el Fuerte– que trabajaba con jóvenes de los barrios de autoconstrucción –las favelas venezolanas–. Pasando tiempo con estos chavales en sus barrios, visitándolos en prisión o asistiendo a sus conciertos de hip hop entendí que había una especie de ley no escrita –ellos la llamaban “la ley de la calle”– pero que todos conocen y más o menos siguen. Lo que imponía esta ley era una regulación sobre cómo se tenían que comportar en el espacio público, especialmente en relación a las ofensas recibidas: lo que puede tolerar y lo que no un “verdadero hombre” para seguir siéndolo. También ofrecía una serie respuestas que tenían que seguir a esas transgresiones: desde amenazas, golpes, o incluso llegar a la confrontación con armas. “Hay que saber caminar por el barrio”, te decían. Caminar significa saber cómo comportarse para seguir siendo respetado.

Una mirada fija o considerada inconveniente, una palabra irrespetuosa o una determinada forma de encarar a la novia de otro, pueden constituir transgresiones de estas normas sobreentendidas y desencadenar una respuesta violenta. (Aunque algunas transgresiones de esta ley de barrio pueden estar asociadas a la economía del narcotráfico; como traspasar determinadas fronteras, robar en una zona en la que no debes, hablar con la policía, etc.) La hombría está en juego, se trata de “no perder la cara”, no ser “una nena”, un cobarde. En la ley del barrio, hombría y respeto son dos caras de la misma moneda. Lo que se pone a prueba es la capacidad confrontativa de estos chavales que han de ser capaces de defenderse, de ejercer violencia. Lo que se recibe a cambio es algo que el sistema les niega, respeto. Puede parecer una escasa recompensa, sobre todo si uno se juega la vida, pero conseguir el respeto supone tanto el reconocimiento de la propia valía personal –imprescindible para funcionar en sociedad– como protección para futuras agresiones. Si te respetan, es decir, si saben que sabes defenderte, tu fama de violento evitará que se metan contigo. Los jóvenes desde muy temprano incorporan el sentido de vivir bajo la ley del más fuerte.

Algo parecido encontraron antropólogos como Alijah Anderson en un gueto de Filadelfia –“código de la calle”–, o Philippe Bourgois en el Harlem neoyorkino –“cultura de resistencia”–. Dice Anderson que estos códigos de masculinidad están relacionados con los modos de vida que se reproducen en la pobreza y la desigualdad que impiden el acceso a las fuentes dominantes de adquisición de respeto difundidas por los medios de comunicación globalizados, como el trabajo o el consumo en lugares abandonados por el Estado donde éste es incapaz de hacer cumplir la ley o donde sus habitantes desconfían del derecho y la justicia. (La justicia es la callejera, la de la propia mano o la que te pueden garantizar los colegas mediante la venganza.) El surgimiento de este tipo de formas culturales está impulsado por un contexto económico de progresiva informalización y de agudización de la pobreza, en parte debido a las transformaciones de la economía que ha provocado la globalización neoliberal. “Las condiciones deplorables de trabajo, los códigos degradantes de la vestimenta, la alta tensión, la inestabilidad y los salarios de hambre de estos ‘trabajos de esclavo’ –como se les llama en el gueto– son incentivos poderosos para que, sobre todo los jóvenes se aparten del mercado de trabajo formal y se unan al ‘capitalismo de botín’ de la calle, donde, formando parte de pandillas y vendiendo drogas, pueden al menos defender su honor viril, conservar su amor propio e incluso abrigar esperanzas de progreso económico”, en palabras del sociólogo Loïc Waquant.

Por tanto, la función de estas culturas es subvertir las jerarquías sociales, de modo que jóvenes cuya posición en la escala social es absolutamente subordinada, pueden ocupar lugares de poder en el barrio a partir de un uso expresivo de la violencia y de los símbolos de estatus asociados a ella: armas, mujeres, lujos –si es que participan de la economía de la droga–. El conjunto de reglas se genera sobre la base de una masculinidad exacerbada. Así, el estatus no tiene que ver con la cuna, la carrera o las educación adquirida, sino con la fuerza física, lo que les permite sentir una cierta superioridad o al menos, resistir el menosprecio. Majors y Billson lo definieron como pose cool: una “forma ritualizada de masculinidad” mediante la cual los afronorteamericanos marginados afirman su “orgullo, fuerza y control” en una vida cotidiana en la cual no tienen ninguna seguridad. Todos saben que podrían morir mañana, en lugares donde la violencia interpersonal es la primera causa de mortalidad entre los jóvenes.

Las consecuencias de este cóctel de escasez material, marginación y culturas que reproducen la violencia es nefasto para ellos mismos y sus barrios. A medida que pierden lazos con su comunidad, la violencia –todo tipo, también contra la mujer– aumenta. Sin embargo, tampoco es un destino escrito en piedra, hay agencia a la hora de seguir o no los códigos de la calle o de evitar un destino vinculado al narcotráfico. De hecho, el hip hop es para muchos, una vía diferente de adquisición de respeto basada en otras habilidades diferentes a la capacidad de ser violento.

- Hip hop y respeto.

El hip hop en los guetos está marcado por la misma búsqueda de reconocimiento que descubrimos en el código de la calle en forma de rebeldía contra las humillaciones cotidianas y contra la idea de que habitar un barrio equivale a fracasar. Este vínculo es el que une a esta cultura juvenil con el código de la calle y es lo que hace tan atractivo el rap para los jóvenes de los suburbios. Determinados elementos estéticos –materiales e ideológicos– del hip hop apelan directamente a las formas de relación de estos jóvenes. Una podría ser la capacidad confrontativa. Algo que vemos en la “tiradera” o batalla de gallos –luchas de raperos por medio de la rima que improvisan unos contra otros– y en la chulería característica, donde se llegan a insultar o retar unos a otros en las canciones. Y por supuesto, esto está vinculado con la exhibición de hombría y masculinidad.

Así, esta forma de inventarse a través del hip hop está relacionada con una imagen de alguien fuerte, de alguien que ha vivido mucho, de alguien que probablemente nunca mostrará su vulnerabilidad en público. Esa es la visión a través de la cual se imaginan porque la fuerza y la seguridad les abre camino en su mundo. Un mundo de valores tradicionalmente asignados a los hombres: de valor frente al otro, frente al conflicto y a la vida, pero también, de la vida como conflicto. Una rivalidad a través de la cual se reconocen mutuamente y se vinculan.

En el ADN del hip hop se encuentra la competencia, la lucha, pero también otros lazos que están implícitos en este tipo de relación por confrontación y que implican valores de solidaridad fuerte, una comunidad emocional y un vínculo social que les facilita la supervivencia. Sobre todo si se “politiza”, es decir se genera una comunidad: aquellos con los que se comparte una cierta forma de creación cultural y un estilo. Y para muchos, una esperanza paradójica, también lo que les permitirá salir del gueto si llegan a triunfar.

(Nuria Alabao, Ctxt, Contexto y Acción)