Poeta
La publicación de su 'Poesía completa' en Austral le ha colocado, de nuevo, entre los autores más leídos de nuestro país
"La verdadera fortuna es poder dedicarte a lo que te gusta, tener un empleo que coincide con tu vocación"
"Amor, bondad, verdad, justicia, política, son palabras desprestigiadas entre los que van de listos"
Hablar de literatura con Luis García Montero (Granada, 1958), es sumergirse en un universo complejo, lleno de matices. Es el mismo magma multidimensional sobre el que se asienta una voz que bascula entre lo vivido, lo pensado y lo sentido. En esta entrevista repasamos los porqués y los qués de una carrera que se extiende ya por cuatro décadas donde el poeta ha cimentado un sólido prestigio traducido además -cosa infrecuente- en ventas. Su 'Poesía completa. 1980-2017', publicada por Austral, le ha colocado, definitivamente, en el Olimpo de los clásicos.
- Cuando uno escribe un primer poema que le gusta tras releerlo, ¿qué siente?
- La verdad es que sólo se siente admiración cuando uno lee poemas escritos por los demás. Al leer los propios siempre se usan ojos de corrector. Pero es verdad que a veces te quedas más tranquilo, con la sensación de que has podido decir lo que querías. Una alegría tranquila, eso siento. Perder la cabeza y la conciencia crítica da mal resultado.
- ¿El poeta tiene que mirar hacia dentro tanto como hacia fuera?
- El arte permite conseguir una extraña hermandad entre el mundo exterior y nuestra intimidad. Es, por ejemplo, lo que se consigue a través de la mirada ante una pintura que te convence. Las relaciones de los sentimientos y la realidad exterior suelen ser hostiles. Pero a veces se firma la paz, o mejor la identificación. Uno se pone de acuerdo con lo que ve, con lo que dice. La poesía es un ejercicio de conocimiento que indaga en la propia conciencia y en sus relaciones con el mundo. Mirar al exterior es también mirarse por dentro. Se trata de aprender a mirar.
- ¿Qué ocurre cuando tras diez versos un poema se agota? ¿Uno lo rodea? ¿Le busca vueltas? ¿O lo deja estar?
- La papelera bajo la mes o la tecla de borrar es una buena compañía. La poesía necesita la precisión del trabajo tanto como las intuiciones. Al corregir casi siempre se quita más que se añade. Es muy peligroso alargar los asuntos con pura habilidad retórica o con desahogos sentimentales o temáticos. Buscarle las vueltas a las cosas es útil, pero no para alargar el poema, sino para mirar de otro lado rompiendo lo rutinario, la verdad establecida por las convenciones. Los ojos tienen soniquetes, igual que la música de los malos poetas que son acumuladores aburridos de endecasílabos. Hay que romper los soniquetes, mirar de otra forma.
- ¿Cuántos poemas han empezado como usted quería y han terminado como usted no quería?
- Al final de los años 50 y principios de los 60 se generó una polémica entre la poesía como forma de comunicación y la poesía como forma de conocimiento. En realidad, en poesía es inseparable la comunicación y el conocimiento. Lo importante es no caer en la tentación de convertir el poema en un medio de transporte de ideas preconcebidas, en un panfleto de cualquier condición, ya sea político o metafísico. El proceso de escritura es fundamental. Algunas cosas pintan muy bien como ideas en la cabeza, pero al concretarlas las ves como tópicos o como caminos sin salida. La mayoría de los poemas exigen una realización; lo importante no es sentir, sino crear efectos, marcos de verosimilitud que establezcan un diálogo con el lector.
- El completo incompleto.
- ¿Las obras completas quedan por fuerza incompletas cuando uno las ve publicadas?
- Espero que sí. La colección Austral ha reunido mis libros publicados entre 1980 y 2017, no está mal, 37 años dedicado a esta vocación. La verdadera fortuna es poder dedicarte a lo que te gusta, es decir, tener un empleo que coincide con tu vocación, con tu forma de realizarte. Pagar las facturas a fin de mes es importante, pero la suerte es poder trabajar en lo que te permite realizarte como persona, como ciudadano. Por eso espero que la poesía continúe, que siga necesitándola, que no haya por ahora un apaga y vámonos. Uno cambia y necesita buscarse en cada libro. La repetición es mala cosa. Cuando corregía pruebas del libro, fue comprendiendo de qué manera la vida nos va cambiando a fuerza de comprender lo que merece la pena conservar.
- ¿Hasta qué límites conviene que el poema dibuje el paisaje? ¿Descender a los detalles nimios informa, o mata la imaginación del lector?
- La poesía es un género hospitalario, hay que preparar la casa para recibir al otro. Uno no pude invadir por completo los armarios del poema con su experiencia biográfica y sus anécdotas personales. Conviene dejar espacio para las experiencias y las imaginaciones del lector. Si escribo un poema de amor, el lector debe pensar en sus amores, no en los míos. El hecho poético no existe hasta que el lector no habita el poema y lo hace suyo.
- ¿Vuelve usted con frecuencia al patio de los escolapios para encontrar al niño que fue?
- Tengo muy buenos recuerdos de ese colegio y de mi infancia junto al río Genil. Parte de mi amor por la literatura y de mi compromiso humano se lo debo a algunos profesores del colegio. Cuando pasan los años, la memoria intenta hacer un esfuerzo de coherencia, buscar la relación más noble entre el niño que se fue y el hombre que ha cumplido ya los sesenta. Me siento muy granadino, llevo conmigo también los años de Universidad como alumno y como profesor, la vida cultural de la ciudad. Me gusta andar por todos los lugares en los que me he ido haciendo. Uno de los tesoros de mi vida es llevarme muy bien con mis padres. Granada es antes que nada el paisaje de mis sentimientos más profundos.
- ¿Los ídolos pueden convertirse en amigos, y los amigos en ídolos? ¿Cómo se escribe para ellos desde una u otra orilla?
- Como la poesía está muy implicada con la vida, uno acaba encontrando los mejores amigos en la poesía. Tuve la suerte de que un maestro como Rafael Alberti se bajase del altar en el que lo tenía y estableciese una relación de amistad. Sí, de ídolo a amigo, lo cual me vino también a unir la vida y la filología, porque a su obra le dediqué mi tesis doctoral y luego me encargué de editar su Poesía completa en Aguilar. También he tenido la suerte de hacer amistad con poetas como Gil de Biedma, Ángel González o Paco Brines. Tan tontos son los viejos cascarrabias como los jóvenes adánicos que piensan que se lo están inventando todo. La literatura es un diálogo generacional. Cuando uno empieza, escribe pensando en la posteridad. Llega un momento en el que la agenda se llena de ausencias y uno escribe pensando en el futuro, pero añorando a los amigos muertos. ¿Qué me dirían de este poema Rafael, Ángel, Jaime...? A la poesía le debo también el amor con otra escritora. Vida y poesía son un único destino.
- Dicen que el poeta primero copia, luego imita, y luego alcanza su propia voz. ¿Dónde la halló usted?
- Es verdad que la poesía juvenil suele ser una imitación abstrata de las convenciones poéticas con mucha tendencia a las declaraciones trágicas y sentimentales. Luego se imita a algunos poetas concretos (en mi caso, Lorca o Blas de Otero), y por fin encuentra uno poco a poco su voz. Al principio se tiene mucha prisa, despues se ejerce la paciencia y la lentitud para evitar repeticiones. La voz con la que me siento más identificado está en 'Habitaciones separadas', un libro de 1994. Claro que es un cmino en el que fui trabajando con 'El jardín extranjero' (1983), 'Diario cómplice' (1987) y 'Las flores del frío' (1991). Me gusta una palabra que se sostenga en la música de la meditación sobre la experiencia de la vida, un equilibrio entre el pensamiento y la convicción expresiva.
- ¿Se puede escribir poesía sin amar? ¿Qué poesía nace del convencimiento de que uno está solo?
- A mí me importa mucho la poesía amorosa porque me ha servido para buscar la emancipación de la intimidad. Todas las reflexiones literarias del profesor Juan Carlos Rodríguez sobre la ideología me ayudaron a entender que la historia no sólo pasa por las guerras o los debates constitucionales, sino que está también en los sentimientos, en el modo que decimos soy hombre, soy mujer, te quiero. La vida de mi hija se parece poco a la que llevo al principio del siglo XX mi abuela. A la hora de decir lo que somos el amor es fundamental, claro que no conviene confundirlo con la cursilería. Antes te hablé de la distancia hostil que suele haber entre la vida interior y el mundo exterior. Por eso la soledad es otro eje de la poesía. Me gusta la soledad que implica una defensa de la conciencia propia, un negarse a quedar diluido en las modas y las totalidades. Pero la soledad sólo es buena cuando nace de una búsqueda del amor. Amor, bondad, verdad, justicia, política son palabras desprestigiadas entre los que van de listos, pero me gusta dar la cara por ellas.
- Y el compromiso de un poeta, ¿dónde está? ¿En la calle, en la tribuna, en los corrillos?
- El compromiso político y humano es un lado importante de cualquier persona. Vivimos en sociedad, nos hacemos en una lengua materna que es un patrimonio colectivo. Por eso me gusta reinvindicar la palabra política, porque es el mejor modo de organizar de manera democrática la convivencia. A la política le hace falta un poco de poesía y de verdad, porque hay quien sólo cultiva el odio y la crispación. Por lo que se refiere al poeta, me gustan poco los panfletos.
(José Antonio Muñoz, Ideal)
