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Descansa, camarada (Enrique Santiago Romero)

Julio Anguita y Francisco Frutos cantan la internacional en la clausura del XIV congreso del PCE
Enrique Santiago es secretario general del PCE

Julio Anguita se ha marchado, pero nos deja tantas enseñanzas que ya es eterno

Con mucha tristeza y pesar acabamos de recibir la noticia del fallecimiento de nuestro camarada Julio Anguita, sin duda el símbolo más reconocido de la izquierda en España y respetado también más allá de nuestras fronteras. Un referente por su inmensa coherencia política y personal, su honradez y sobriedad, y su claridad de ideas. Julio es el padre político de varias generaciones de demócratas y gentes de izquierda, patrimonio de todas ellas y, en especial, de todas las personas que se sienten comunistas en nuestro país.

La hoja de servicios de Julio con su pueblo es inagotable: alcalde de Córdoba, secretario general del Partido Comunista de España, coordinador general de Izquierda Unida, fundador del Frente Cívico… y profesor. Maestro de niños, niñas y jóvenes con los que ejerció el magisterio por profesión y vocación. Y maestro por dedicación, por compromiso político, de millones de personas que hemos aprendido con sus propuestas y tesis a la vez que hemos disfrutado con sus vibrantes y lúcidos discursos. Sin duda alguna, Julio Anguita ha sido el mejor secretario general que nunca haya tenido ni podrá tener el Partido Comunista de España.

Julio ha sido una persona coherente, fiel a sus principios y opiniones, capaz de defenderlos con vehemencia y a la vez debatirlos pedagógicamente, sin histrionismos ni clichés, con sólidos argumentos históricos, económicos. Nunca fue un hombre ortodoxo. Fue radical, porque buscaba las raíces de los problemas para aportar soluciones viables. La coherencia también lo acompañó a lo largo de su vida, acreditando cada día con sus actos que la felicidad no depende de lujos ni de bienes materiales, sino de la forma como cada quien se relaciona con sus semejantes, que el bienestar depende de poder disfrutar de derechos y no de la ostentación o el derroche.
Su defensa del programa político como eje de cualquier construcción de unidad popular es hoy un principio incuestionable para la izquierda española. Su amor por la paz y su desprecio por quienes la destruyen —“malditas sean las guerras y quienes las hacen”— es otro de sus legados, tan profunda seña de identidad que ni se permitió suspender la conferencia que comenzaba a impartir cuando conoció la única noticia que nunca debiera recibir un padre: la muerte de su hijo Julio, corresponsal de guerra, durante la invasión de Iraq por Estados Unidos. Y hoy se percibe claramente lo acertado de su insistente reivindicación del debido cumplimiento y respeto a todos los contenidos de la Constitución española que reconocen los derechos sociales de los españoles y españolas y la necesaria soberanía económica de nuestro país.

El líder de la izquierda que más apoyos ha concitado desde la Transición española hasta el inicio de la última crisis económica en el año 2008, se convirtió en el objetivo a batir por parte de la oligarquía que siempre ha mandado en nuestro país, y que no puede soportar la perspectiva de perder sus inmensos privilegios. Julio fue a finales de la década de los 80 del pasado siglo el político más valorado por los españoles, por distintos factores, pero sobre todo por su valentía para denunciar lo evidente: que Maastricht traería el quiebre del aún incipiente Estado social que nuestra Constitución recogía. La desmesurada campaña de desprestigio y ataques desatada contra su persona —para acabar con la difusión de su coherente mensaje— provocó daños irreparables en su corazón que terminaron por apartarlo de la vida política activa. Desde entonces, Julio ha arrastrado una “mala salud de hierro” que no le ha impedido seguir preocupándose por su pueblo haciendo lo que más le gustaba: analizar, escribir y proponer. Hace apenas unos días nos decía respecto a la crisis social y económica desatada por la emergencia sanitaria: “Es una cuestión de responsabilidad colectiva: optar entre un futuro para la inmensa mayoría o un desastre”. Hoy Julio se ha marchado, pero nos deja tantas enseñanzas que ya es eterno. Descansa, camarada, lo tienes bien merecido. Te acompaña nuestro inmenso agradecimiento.

(El País)