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Cerises. Cerezas. Gereziak (Iñaki Egaña)

Historiador

Cambian los tiempos, las generaciones se disuelven en savia nueva, pero existen una serie de esfuerzos universales que permanecen como un legado inmutable

La Comuna de París fue uno de esos episodios de los que nos enorgullecemos de sentirnos humanos, fighters por la justicia universal, comprometidos con la eterna pelea de clases. Nuestro compatriota Prosper-Olivier Lissagaray nos dejó un bello relato, amargo pero épico, del levantamiento popular. La contrarrevolución liderada por Thiers, con una calle que le homenajea en Baiona, entre otras localidades, provocó uno de los manifiestos más contundentes de Marx.

La atracción revolucionaria fue universal, incluida la que produjo en nuestro pequeño país, entonces conspirando en armas, desde el carlismo, contra la monarquía alfonsina. Al norte de la muga, sin embargo, un desconocido Abad Ullah, natural de Etiopía y vecino de Hendaia, se fugó hacia las barricadas parisinas. Fue detenido por la contrarrevolución y ejecutado de inmediato. Había sido el criado del euskaltzale Antoine Abbadie, creador del símbolo del Zazpiak Bat, cuyo palacio majestuoso se alza en el camino de Hendaia a Sokoa.

Ullah fue uno de los 30.000 insurrectos ejecutados. Otros marcharon hacia el exilio, y varios centenares deportados a la otra punta del mundo, a Nueva Caledonia. De aquella heroica matxinada nos quedó una melodía escrita unos años antes por Jean Baptiste Clément y dedicada posteriormente a una enfermera muerta en la llamada «Semaine sanglante», la de las ejecuciones en masa.
“Les temps de cerises” se convirtió en una balada revolucionaria sin contener una sola letra dedicada a la rebelión. Amor, sufrimiento: «cerezas de amor vestidas iguales, cayendo bajo la hoja en gotas de sangre». La comunera Louise Michel, deportada también al Pacífico, popularizó su tonadilla. Corto es el tiempo de las cerezas, pero grande la esperanza.

Más de 125 años después, una población vasca protagonizó un nuevo episodio de nuestra historia local y universal. No tanto por razones revolucionarias, musicales o literarias, sino por todo lo contrario. A veces tengo la impresión de que el bucle medieval se haya asentado en algunos escenarios. El proyecto de la Comuna tuvo lugar en 1871, el que voy a relatar en 2019, lo recordarán de inmediato.

Milagro, a la sombra de la desembocadura del río Aragón en el Ebro, ubicada en la merindad de Olite, tiene una reconocida fama por la calidad de sus cerezas. Una población remolachera que en los tiempos de la República vivía en la miseria, en cuevas también, y fue fuertemente reprimida cuando el golpe franquista: 78 ejecuciones y 10 desapariciones.

Desde hace poco más de dos décadas, Milagro, para hacer honor a su fama, celebra la llamada Fiesta de la Cereza. Este año la covid-19 se ha encargado de anularla. El año pasado, sin embargo, entre una alcaldesa que se iba (Yolanda Ibáñez, UPN) y el que llegaba (José Ignacio Pardo, PSOE), montaron una exaltación militar propia de repúblicas bananeras. En pleno debate sobre los restos del dictador, el lobby terrateniente histórico de Milagro organizó una obra teatral bien real.

Y así la fiesta se convirtió en un acto castrense, con el discurso de Pedro Pejenaute, un coronel riojano de origen marcillés «Mi padre sentía el calor de su patria, los acentos de su madre y el nombre de su Navarra cuando escuchaba la jota, cuando pisaba estas calles y cuando respiraba este aire». Tristes tópicos, clichés de analfabetos. Un Pejenaute, por cierto, traidor a un sector de su saga familiar, perseguida y ejecutada en Milagro por sus ideas socialistas.

En esta mascarada de la cereza, el alcalde socialista Pardo entregó treinta cerezas de oro y de plata a otros tantos agentes y miembros de la Policía, Guardia Civil y Ejército. Fue una fiesta del calado posterior de Marcilla, auspiciado por el coronel jefe de la Guardia Civil en el Viejo Reyno, Santiago Martín Gómez, hasta hacia bien poco miembro durante más de diez años de las GAR de Logroño, aquellas que actuaban como fuerzas de intervención rápida en Hego Euskal Herria. De nuevo la naturaleza colonial.

Hay cerezas de otras gamas. Es en una población en el territorio de Lapurdi, donde la cereza tiene un color especial, negro dicen, y cuya tradición se remonta al menos hasta 1750. Antes de los cantos revolucionarios comuneros de París, antes de las renovaciones remolacheras de Milagro. Su cultivo especializado nos endulza con hasta tres variedades: xapata, beltxa y peloa.

A orillas del Errobi, los crómlech de Mehatxe y las ruinas del castillo navarro, nos evocan Itsasu, Itxassou en lengua de Molière. La población de las cerezas del «gâteau basque». Hace ya un tiempo, en 1963, se celebró en Itsasu el primer Aberri Eguna al aire libre desde la guerra, al margen de la disciplina del PNV. Lo convocaron Enbata y ETA. Un hito histórico de esos que se agolpan en nuestra memoria colectiva.

Diversas personas llegadas de Europa y huidas del sur vasco certificaron la “Carta de Itsasu”, un compromiso de futuro que, en el 50 aniversario fue renovado por los supervivientes de aquel documento: «Exigimos en un futuro de la Europa Unida, la formación de una región política, administrativa y culturalmente autónoma, que reúna a las siete provincias vascas, unión a federarse con las demás entidades europeas». Eran los tiempos en los que Michel Labéguerie cantaba aquello de “Gu gira Euskadiko gaztedi berria”.

El pasado domingo, Francia y por extensión también Ipar Euskal Herria, celebraba la segunda vuelta de sus elecciones municipales. En la lapurdina Itsasu, de forma inesperada según aseguran, ganó la candidatura abertzale liderada por el que será nuevo alcalde, Michel Hiribarren. Un guiño simbólico a aquellos pioneros de 1963 que plantaron entonces un retoño del árbol de Gernika, otro de nuestros símbolos comunitarios.

Cambian los tiempos, las generaciones se disuelven en savia nueva, pero existen una serie de esfuerzos universales que permanecen como un legado inmutable. De forma imperceptible a veces, como las briznas primaverales que polinizan cada estación. Con paciencia. A pesar de las cerezas de oro de Milagro.

(Gara)