Kevin Dutton es neurocientífico; investigador en Oxford; publica ‘Blanco o negro’
Tengo 56: crecer es ir limándote a ti mismo hasta dejar solo lo que eres de verdad. Nací en Londres, donde vendía con mi padre en los mercadillos. ¿ Política? Encuentro más interesante estudiar la persuasión que persuadir. El político hábil no nos vende agua: nos quema la casa con palabras y luego nos vende el agua
Donde nos duele la vida.- ¿Dónde le duele la vida? La vida nos suele doler en la imagen que creemos que los demás tienen de nosotros. No nos quieren; no nos reconocen; no nos cuidan... La razón de nuestra obsesión por lo que piensen los otros es evolutiva; porque el primate que no es apreciado por el grupo se queda solo y se lo come el león. Dependemos de la imagen que logramos que el grupo tenga de nosotros. Y el líder innato intuye que su poder de convicción radica en su capacidad de crear grupos a los que haga creer que su interés es el de todos “nosotros” frente a la amenaza de “ellos”. Lo logra reduciendo la complejidad de lo real a un elemental blanco y negro. Polariza y genera sensación de peligro y urgencia ante el enemigo hasta que sientas en vez de pensar; incendiando tu casa con palabras para luego venderte el agua que consiste en darle a él el poder
- ¿Puedo entender qué pasa en Ucrania sin entender qué pasa en nuestro cerebro?
- Lo que pasa en Ucrania es lo que pasa en nuestros cerebros: hemos evolucionado para formar grupos.
- ¿Y a quien no tiene grupo se lo comen?
- Es la historia de los primates: sin grupo son una presa fácil. La medida de tu supervivencia y de tu calidad de vida la da el aprecio que consigas de tu grupo.
- ¿Tomados de uno en uno no somos nada?
- Así es: 1) Fuera de un grupo no somos nada; 2)Nuestro grupo en cada momento lo es todo para nosotros, y 3) Los políticos más hábiles saben servirse de 1 y 2 para mandar.
- ¿Cómo usar el instinto tribal para conseguir y aumentar tu poder como individuo?
- Es la esencia de toda política y los líderes hábiles la dominan también por instinto. Siempre argumentan de forma que quede claro que hay un nosotros y un ellos, un blanco y un negro... Y hay que elegir.
- ¿Da igual que sea verdadero o falso?
- Si la narración de un hecho refuerza a tu grupo y a ti en él, siempre la sentirás como verdadera. En eso consisten las fake news .
- ¿Con eso basta para ganar elecciones?
- Un político populista polariza y dramatiza, porque cuando las cosas se ponen feas –y siempre verá peligros y enemigos– ya nadie busca la verdad como un científico, sino como un abogado: tratas de convencer para ganar y no para descubrir la verdad.
- ¿La verdad es la primera víctima en una campaña electoral?
- Y en todos los conflictos: desde el Brexit hasta Escocia, Catalunya, Ucrania... Blanco y negro; ellos y nosotros; siente antes de pensar.
- ¿Y quién suele ganar?
- Quien cuenta mejor su historia para unir y fortalecer a su grupo de forma que la convierte en un “nosotros contra ellos" electrizando voluntades. Yo lo llamo flipnosis .
- ¿En qué se diferencia de la hipnosis?
- La gente quiere creer que la convencen con verdades y razones; pero la convences creando una identidad de grupo y haciéndola sentir parte de él y así segura y protegida.
- ¿Cómo formar grupo? ¿En torno a qué?
- Puedes formar un grupo sin apenas señas de identidad objetivas que lo justifiquen: ¿qué era ser ario? Una fantasía. Pero muchos alemanes se sentían arios y mataban por serlo.
- ¿Formamos grupos siempre y sin motivo?
- Porque son útiles para sobrevivir. La identidad grupal no necesita razones reales para forjarse, o las razones –vaya al fútbol– pueden ser caprichosas o nimias, pero una vez creada llega a ser indestructible.
- ¿Y quien sabe crearla y usarla gana?
- Churchill vio a alguien en una cena en palacio robar un salero de plata...
- La reina puede permitirse otro salero.
- Pero todos se dieron cuenta y él era el líder; así que él mismo cogió otro salero, se acercó con sigilo al ladrón y le susurró sonriendo: “Creo que nos han visto: dejémoslos”. Y el tipo también sonrío y lo devolvió.
- Churchill creó un grupo en 30 segundos.
- El ADN de la persuasión tiene simplicidad, autointerés –haga lo que digo por su propio bien– e incongruencia: sorprender para romper esquemas (el humor es poder).
- Y la sonrisa, la distancia más corta entre dos personas.
- Si quiere que no le escuchen, ofenda; pero si quiere ser escuchado, halague con convicción. Y el broche de la persuasión son la confianza y la empatía. Si quiere que confíen en usted, empiece por confiar en usted mismo.
- ¿No parece obvio?
- No lo es. No es fácil tener ese tipo de confianza ciega en la propia capacidad.
- ¿El tipo de confiada ignorancia en sí mismos que muestran los políticos hábiles?
- Pero no dura siempre. Por eso, los políticos tras unos años de poder suenan a falsos. Le pasa a Boris Johnson tras la pandemia: él aún cree del todo en sí mismo; los demás, ya no.
- ¿Persuadir es crear grupo y esgrimir el autointerés, humor, confianza y empatía?
- Lo más importante es el “por su propio interés”. Si cuando habla en su interés logra que parezca el de todos, dominará el mundo.
- ¿Cómo interesar sin parecer interesado?
- ¿Ve este vaso de agua? Si se la vendo ahora, no me da un duro; pero si le hago creer que su silla arde, me dará por él lo que pida; por ejemplo, el poder... Queme sillas mentales sin que se note. Y luego véndales el agua.
- ¿Vender crema de afeitar a un talibán?
- Eso decía mi padre, que era vendedor. Y lo que es mero sentido común entre miembros de una familia se convierte en leyes y valores morales cuando rigen todo un país.
- ¿Si quiero mandar, creo tótems y tabús?
- Por eso, los grandes vendedores no venden taladros: venden agujeros. No venda soluciones; venda problemas. Y luego, la solución.
- El buen periodista no te explica lo que quieres saber, sino lo que aún no sabías que querías saber.
- Y los buenos psicólogos lo saben.
- 1.- El instito de categorización (Kevin Dutton).
"El progreso es la capacidad del hombre de complicar la simplicidad" (Thor Heyerdahl).
Cuando Lynn Kimsey llegó al trabajo una fresca mañana de verano de 2003, ignoraba por completo que los acontecimientos de ese día convertirían los siguientes cuatro años de su vida en la subtrama siniesra y serpenteante de un macabro 'thriller' psicológico. Esa noche, tras recibir la información en la oficina del fiscal general para la que trabajaba, regresaría ya preparada a su casa por la autopista como la versión de carne y hueso del doctor Pilcher, el "chico de los bichos", el bizco de 'El silencio de los corderos'.
Ese mismo año, unas semanas antes, concretamente el domingo 6 de julio, una mujer llamada Joanie Harper, sus tres hijos y su madre, Earnestine Harper, habían asistido al servicio religioso de una pequeña iglesia del barrio en Bakersfield, California. Era un gran día para la familia. Su hijo menor, Marshall, que tenía sólo seis semanas de vida, acudía al templo por primera vez. Después de la ceremonia, la familia se fue a almorzar a un restaurante de la zona. Después, todos regresaron a casa a dormir la siesta, con la idea de descansar un poco antes de volver a la iglesia para el servicio de la tarde. Joanie y sus hijos dormían todos juntos en la habitación de atrás, y su madre ocupaba otro dormitorio que quedaba en la otra punta de la casa.
En todo caso, ése era el plan. Pero esa tarde nadie vio a los Harper en la iglesia.
El martes por la mañana, una amiga de la familia, Kelsey Spann, decidió ir a ver a Joanie, a su madre y a los niños. No sólo no habían acudido a la iglesia el domingo por la tarde, sino que nadie los había visto desde entonces. Y no respondían a las llamadas. Quizá les ocurriera algo.
Kelsey se acercó a una puerta lateral para entrar en la casa con una llave que le había dejado Joanie por si alguna vez había algún problema, pero la puerta no se abría. La llave encajaba bien en la cerradura, pero era como si hubiera algo del otro lado de la puerta que impidiera su apertura. Entonces se dirigió a la parte trasera e intentó abrir un ventanal corredero. Para su sorpresa, se abrió. Era muy raro, porque Joanie siempre comprobaba que esa puerta quedara bien cerrada. Kelsey entró en casa y se dirigió al dormitorio de su amiga.
A las siete de la mañana de ese martes, la policía de Bakersfield recibió una llamada a través del teléfono de emergencias. La llamada se había cursado desde el número 901 de la calle Tres de Bakersfield. El domicilio de Joanie.
La escena que aguardaba a los agentes, a su llegada, impactó incluso a los más curtidos.
Encontraron a Joanie boca abajo en su cama. Había recibido tres disparos en la cabeza con una pistola del calibre 22, y otros dos en un brazo. También la habían apuñalado siete veces.
Marques Harper, de cuatro años, también fue hallado en su cama con los ojos abiertos. Presentaba una herida de bala en el lado derecho de la cabeza y tenía las yemas de los dedos de la mano derecha mordidas hasta el hueso. Los investigadores concluyeron que se trataba de una reacción al miedo. Marques debió de ver al asesino e, instintivamente, se había llevado los dedos a la boca.
Lyndsey Harper, de apenas dos años, fue hallada a los pies de la cama. Todavía llevaba puesto su vestido azul de los domingos para ir a la iglesia. Murió de un solo disparo de bala en la espalda.
A Earnestine, la madre de Joanie, la encontraron en el pasillo con dos impactos de bala en el rostro. Eran disparos a bocajarro. A su lado había una pistola. Fuera quien fuese el intruso, la mujer, claramente, decidió morir no sin antes plantar cara.
Por último Marshall, el recién nacido de Joanie, que en un primer momento se había dado por desaparecido, fue hallado junto a su madre, oculto bajo una almohada. como su hermana Lyndsey, también había muerto de un solo disparo por la espalda.
La investigación policial de los asesinatos se desarrollaba a buen ritmo y no tardó en aparecer un sospechoso principal. Vincent Brothers, el marido de Joanie Harper, de la que estaba separado, era un pilar de la comunidad de Bakersfield. Hombre familiar, Brothers era graduado por la Universidad Estatal de Norfolk, y tenía un máster en Ciencias de la Educación por la Universidad Estatal de California. había empezado a trabajar en una escuela primaria en 1987 y, a lo largo de ocho años, había escalado puestos hasta convertirse en subdirector. Pero Brothers tenía un lado oscuro. Aunque era indudable que Joanie lo había querido y había hecho todo lo posible para que las cosas entre ellos dos fueran bien, su relación había tenido altibajos, y había terminado en 2000, apenas un mes después de que contrajeran matrimonio. Aun así, ese mismo año Joanie había dado a luz a Lyndsey, su segunda hija. Como ya había sucedido con el primero, Marques, nacido un par de años antes, Brothers no estuvo presente en el parto. En 2001, el matrimonio fue anulado tras alegar Brothers diferencias irreconciliables y Joanie, fraude de ley. Supuestamente, en el momento de casarse, ella desconocía que Brothers había tenido otras dos esposas.
Visto en perspectiva, de haberlo sabido podría haber salvado su vida. En 1988, Brothers había sido condenado a seis días de prisión por maltrato a su primera esposa, tras los que quedó en libertad vigilada. En 1992 había vuelto a casarse, pero su segunda mujer solicitó el divorcio al año siguiente alegando que era violento y que la había amenazado con matarla. Posteriormente, en su domicilio, en el año 1996, Brothers había acosado sexualmente a una empleada de la escuela en la que ejercía de subdirector desde el curso anterior. Según constaba en los registros, la mujer afirmaba que Brothers la había arrastrado hasta su dormitorio, donde la había golpeado y le había tomado fotografías. Aunque había denunciado el caso a las autoridades locales, la policía la había disuadido de presentar cargos al entender que Brothers era "un modelo de conducta" en la comunidad.
En enero de 2003, en Las Vegas, Joanie y Brothers se casaron por segunda vez. Pero en abril, una vez más, Brothers se fue de casa a causa de su mala relación con la madre de Joanie, Earnestine. En mayo nació el pequeño Marshall. Seis semanas después, estaba muerto. Cuando finalmente se celebró el juicio en febrero de 2007 (un juicio muy mediático), la acusación estaba convencida de poder demostrar que ahí había una relación volátil y de que ese hombre no sólo era violento, sino también adúltero. De hecho, fue esa supuesta sucesión de aventuras extraconyugales lo que contituyó el núcleo de la acusación contra él. Se daba a entender que el móvil principal de los asesinatos era la avaricia: Brothers quería librarse de la carga económica que le suponía mantener a una familia cada vez más numerosa.
Fue arrestado en abril de 2004, acusado de cinco asesinatos en primer grado. En el juicio se declaró no culpable.
La coartada de Brothers era la geografía. En el momento de cometerse los crímenes, según su defensa, él se encontraba de vacaciones a unos tres mil kilómetros de allí, en Columbus, Ohio, visitando a su hermano Melvin, un hermano al que, por cierto, hacía diez años que no veía. Un contrato de alquiler de un vehículo -un Dodge Neon, según descubrirían después unos detectives- lo demostraba, así como un par de tickets de tarjetas de crédito de unos artículos adquiridos en una tienda de Carolina del Norte el día en que se cometieron los asesinatos. De hecho, la policía había acudido primero al domicilio de la madre de Brothers en Carolina del Norte para informar a éste del terrorífico suceso. Pero, gradualmente, la maraña empezó a desenredarse. Un análisis más detallado de aquellos recibos, sumado a la revisión de las grabaciones de las cámaras de seguridad de la tienda correspondientes al momento en que se habían vendido aquellos productos, revelaban que en realidad era Melvin el que había realizado las compras, tras haberse apropiado de la tarjeta de su hermano y haber falsificado su firma.
Es más, un examen detallado del vehículo alquilado confirmó que, si bien Brothers había cogido el Dodge en Ohio, había recorrido 8.700 kilómetros con él, según constaba en el cuentakilómetros. Por más improbable que fuera que ese viaje, en circunstancias normales, pudiera realizarse en menos de tres días, la acusación defendía que los kilómetros recorridos sí se correspondían con un trayecto de ida y vuelta desde Bakersfield.
Y sin embargo las pruebas, por más convincentes que resultaran, eran sólo circunstanciales. La defensa contraatacó planteando que era posible que Brothers fuera adúltero, pero que eso no lo convertía en asesino. Si ser adúltero equivalía a ser asesino, entonces, estadísticamente, un tercio de los miembros del jurado popular deberían someterse a jucio. Más aún, el hecho de que Melvin hubiera usado la tarjeta de crédito de su hermano en una tienda de Carolina del Norte no implicaba de ninguna manera que ese hermano se encontrase en la otra punta del país cargándose a tiros a su familia. En lugar de eso, podría haber estado esperando a su hermano en el aparcamiento. Además, aquellos 8.700 kilómetros conducidos con el Dodge no implicaban necesariamente que Brothers hubiera conducido hasta California. Después de todo, esa suma de kilómetros podría haberse acumulado yendo a cualquier otra parte. Para reducir el argumento al absurdo, Brothers, teóricamente, podría haber recorrido esa distancia sin cruzar la frontera de Ohio.
Lo que hacía falta eran hechos. Ni inferencias, ni presuposiciones, ni conjeturas. Pruebas sólidas, irrefutables.
Las cosas empezaron a cambiar para las autoridades cuando un vecino de Bakersfield afirmó haber visto a Brothers en las inmediaciones del domicilio de Harper a la hora de los asesinatos. Pero, claro, podía haberse equivocado. ¿Era Brothers o no lo era? ¿Podía jurar que se trataba de él? El caso empezaba a resultar exasperante. Todos los indicios señalaban a un hombre, pero no había pruebas forenses concluyentes que dieran carpetazo al caso.
La clave debía estar en el coche de alquiler. Todos aquellos kilómetros... Tenía que haber alguna manera de relacionar a Brothers, los asesinatos y el asfalto. Pero ¿qué podía ser?
- El dispositivo de espionaje de la naturaleza.
El 25 de julio de 2003, dos agentes del FBI y un policía de Bakersfield franquearon las puertas del Museo Bohart de Entomología, en la Universidad de California-Davis con un radiador de coche en las manos. La rejilla estaba llena de bichos que habían quedado atrapados en ella, y querían saber qué eran. No es que hubiera nada poco habitual en aquellos bichos, al menos no en California central. Pero, por definición, que algo sea o no sea habitual depende totalmente del contexto. Es posible que aquellos bichos no fueran raros en California. Pero los agentes querían saber si lo eran en otros lugares. En Ohio, por ejemplo. O en Carolina del Norte.
Una mujer flaca, de aspecto estudioso, ojos penetrantes color avellana y pelo corto, práctico, saludó al trío. Lynn Kimsey, de unos cuarenta y cinco años, era profesora de entomología de la Universidad de California-Davis y comisaria del museo. Con un interés específico en la biogeografía de los insectos, y más concretamente en los de California, no había persona más cualificada para responder a las preguntas de los agentes. Si ese radiador había estado al oeste de las montañas Rocosas, Kimsey lo sabría. Era capaz de interpretar esos bichos como si tuviera rayos X ecológicos. Examinó la rejilla y la desmontó para analizarla.
El año pasado me encontré con Kimsey en Davis para conversar sobre el caso. Aunque han transcurrido casi dos decenios, lo tiene muy fresco en su memoria.
- En aquel momento, yo no tenía ni idea de que estaba participando en una investigación por asesinato -me comentó mientras se paseaba por el laberinto linneano de bandejas de insectos meticulosamente etiquetadas, en las entrañas del museo- Esa parte se la saltaron, seguramente con razón. Muchas investigaciones científicas se desarrollan mejor a ciegas, sin que el investigador sepa qué rompecabezas en concreto se intenta resolver. Así se evita el peligro de interferir con lo que se intenta lograr, se evita contaminar el método científico con las expectativas propias. Es algo muy sutil, puede ocurrir sin que una se dé cuenta. En tanto que testigo experto en un juicio por asesinato, puede tener consecuencias graves.
Recorro con la mirada la hilera inmaculada de etiquetas blancas, secretariales, encajadas en los frontales de unos cajones poco profundos, de madera de sicomoro (Kimsey me explica que se conocen como "cajones de Cornell"). Lepidópteros: mariposas y polillas. Ortópteros: grillos y saltamontes. Himenópteros: abejas, hormigas y avispas. Ninguna otra criatura de las que pueblan la tierra se conserva con tanto detalle después de muerta como el insecto.
Nos detenemos frente a un cajón con la etiqueta "'Xanthippus corallipes pantherinus'".
Kimsey la abre.
- Resultó que encontramos treinta insectos en distintas partes del radiador -me cuenta-. O, mejor dicho, partes de insectos: alas, patas, un abdomen, secciones del abdomen, una cabeza y un abdomen sin alas ni patas. Pero, de todos ellos, seis nos contaban una historia.
"Para empezar, había dos escarabajos que sabemos que sólo viven en el este de Estados Unidos. Y había otros bichos, el 'Neacoryphus rubicollis' y el 'Piesma brachiale' o 'ceramicum', que sólo se encuentran en Arizona, en Utah y en el sur de California. Los hallamos en el filtro del aire. Había una gran avispa del papel dorada, 'Polistes aurifer', a la que le faltaban unas patas y algún ala; vive sobre todo en California, pero se han encontrado ejemplares en Kansas. Y después estaba un bichito muy pequeño, el 'Xanthippus corallipes pantherinus', que se conoce vulgarmente como "saltamontes de zancas rojas". O, mejor dicho, lo que quedaba de él. Lo identificamos por sus patas traseras. En su parte interior, las ancas son de un rojo muy vivo.
Kimsey extrae del todo el cajón-bandeja y me lo entrega. Miro lo que hay debajo del cristal. No es preciso tener mucha imaginación para entender el porqué del nombre. Las patas, ciertamente, son de un rojo intenso, y brillan como brasas bajo el gris ceniza del cuerpo. Devuelvo el cajón a su sitio y lo cierro. Resulta increíble pensar que un simple bicho tuvo el poder de llevar a un hombre al corredor de la muerte.
- ¿Y de dónde procede ese 'Xanth'... ese saltamontes de zancas rojas? -le pregunto mientras regresamos a la sección de los lepidópteros, las polillas y las mariposas.
Kimsey sonríe.
- El 'Xanthipuus corallipes pantherinus' no se encuentra más al este de Kansas y de la zona central de Texas -me explica-. Así que, considerándolo todo en conjunto, sí... El coche al que pertenecía ese radiador había estado, en cierto momento, en el este de Estados Unidos. Pero en otro determinado momento también había pasado a través de estados que se encuentran más al oeste de Colorado, algo que, como se vio, era compatible con la hipótesis de que Brothers había conducido desde Ohio en dirección oeste, bien por la Interestatal 70, bien por la 40.
Los investigadores judiciales estaban más que satisfechos. Cuando, una semana después, más o menos, regresaron a la recepción para recoger el radiador y enterarse de los resultados que habían arrojado las habilidades categóricas de Kimsey, lo que ella les contó fue música para sus oídos. Su localizador entomológico era igual de bueno que los localizadores por satélite. Era como si el Dodge alquilado de Brothers tuviera incorporado un geolocalizador que fuera marcando su avance cada pocos kilómetros.
Ése fue el mazazo definitivo para Brothers. O, dicho de otro modo, ése fue quizá el alfiler que le clavó las alas. A su debido tiempo, Kimsey aportó sus pruebas en el Tribunal Superior de Justicia de Bakersfield y, el 15 de mayo de 2007, el jurado condenó a Brothers por el asesinato de su esposa, sus tres hijos y su suegra.
Nos detenemos frente a otro cajón. En la etiqueta del frontal se lee "'Acherontia styx'", la polilla de cabeza de muerto que aparecía en 'El silencio de los corderos'.
Kimsey lo abre, lo extrae del todo y me lo alarga.
- El juez rechazó la cadena perpetua no revisable y condenó a muerte a Brothers- me dice en tono neutro, expeditivo-. Actualmente se encuentra en el centro penitenciario de San Quentin, a la espera de la ejecución.
Me recorre un brevísimo escalofrío.
- ¿Y cómo se siente usted? -le pregunto mientras estudio el contenido de la bandeja-. Fueron sus pruebas las que lo llevaron donde está.
Ella se encoge de hombros.
- No siento nada -me dice-. Quiero decir que él solo se puso donde está con lo que hizo. Yo me limité a hacer mi trabajo. A hacer lo que hago todos los días. A ordenar cosas en unos cajones.
- Categorizar al gato.
En 2005, un año antes de que detuvieran a Brothers, la estadounidense Lisa Oakes, psicóloga del desarrollo, llevó a cabo un estudio en la Universidad de Iowa que arrojó mucha luz (y fascinante, por cierto) sobre la manera que tenemos todos de "ordenar cosas en cajones", por usar la expresión de Kimsey. A Oakes le interesaba averiguar con qué precocidad aparecía ese afán por ordenar en cajas o, como me gusta decir a mí, ese "instinto de categorización". ¿Se trataba de algo que hacía el cerebro, como en el caso del oído, el olfato, el llanto? ¿O era algo que debíamos aprender?
Para averiguarlo, Oakes escogió a unos cuantos bebés de cuatro meses y les mostró imágenes de gatos en dos pantallas de ordenador, dispuestas la una al lado de la otra, en su laboratorio. Los gastos se presentaban simultáneamente, a pares, uno en la pantalla de la izquierda y el otro en la de la derecha. Durante los quince segundos en los que cada par se mantenía en las pantallas, un observador registraba el tiempo que los bebés pasaban mirando cada gato, y la orientación de la atención del pequeño ante un estímulo suponía una medida estándar de su novedad.
Pero entonces venía el truco. Después de que a los niños se les hubieran mostrado seis parejas de gatos y hubieran empezado a familiarizarse con ellos -según indicaba la disminución en el tiempo de las miradas en el transcurso de las seis pruebas-, Oakes introducía un gato nuevo que no hubieran visto antes, o un perro.
El razonamiento era claro: si los bebés dedicaban más tiempo a mirar al perro que al gato nuevo, eso daría a entender que veían al perro como más diferente respecto a los gatos ya conocidos que el gato nuevo. Dicho de otro modo, demostraría que sus cerebros procesaban a los perros de manera distina que a los gatos, que los adscribían a una categoría nueva. Si, en cambio, el espectro de atención de los bebés no aumentaba selectivamente al ver las imágenes de los perros, eso implicaría que sus cerebros trataban a los perros y a los gatos como una categoría unitaria, inclusiva. La categoría de "animal".
Lo que Oakes descubrió era extraordinario. A pesar del hecho de que los bebés habían tenido una exposición tan mínima a los perros y a los gatos; a pesar de que, a sus cuatro meses de vida, todavía no habían adquirido las palabras 'perro' y 'gato'; a pesar de que perros y gatos son, si se piensa bien, bastante parecidos -los dos tienen cuatro patas, dos ojos, pelo y cola-, los niños miraban durante más tiempo las imágenes de los perros que las de los gatos nuevos. El cerebro, con apenas cuatro meses, ya ordena el mundo exterior en cajas.
Después de almorzar con la profesora Kimsey en el Museo Bohart de Entomología, atravieso el campus y llego al Centro de Estudios de la Mente y el Cerebro, también de la Universidad de California-Davis, donde Oakes, tras dejar la Universidad de Iowa en 2006, dirige el Laboratorio de Cognición Infantil del Departamento de Psicología. Nos encontramos en la recepción y me muestra las instalaciones: los peluches, los animalitos de plástico, las pelotas, las campanas y los bloques de construcción comparten espacio con los electrodos, los osciloscopios, los rastreadores de miradas y esa especie de rastas neurofisiológicas que salen de los cascos de los electroencefalogramas. El lugar parece el dormitorio desordenado de un loco de la tecnología de tres años de edad. A medida que avanzamos, Oakes se explaya sobre diversas cuestiones. Es una mujer afectuosa, cariñosa, y me hace sentir como en casa. Le hablo de mi encuentro con Kimsey, al otro lado del campus, y de que la taxonomía entomológica desenmascaró a un asesino múltiple. Ella se muestra impresionada. Aunque esa clase de matices no oscurecen nunca las pantallas de ordenador de su laboratorio. En su caso, las diferencias máximas son entre perros y gatos.
Según me explica, el mundo es un lugar complicado. Cuando llegamos a él, en palabras del padre de la psicología moderna, William James, nos parece "una confusión floreciente, estridente". Se trata de un problema que precisa de una solución. Como sucede con muchos problemas, es más fácil abordarlo una vez que ha sido "limpiado". Así pues, nuestros cerebros empiezan a ordenar la ventisca de datos entrantes en pilas separadas, más manejables. Ojos, narices y bocas se convierten en caras. Las cosas que ladran, relinchan o mugen y tienen cuatro patas y una cola se convierten en animales.
- Imagínese lo que sería el mundo si nuestro cerebro no pudiera formar categorías -prosigue Oakes-. Hasta las cosas más simples que damos por sentadas diariamente nos plantearían un reto inmenso. Entramos en el jardín de un amigo y ha instalado un nuevo sistema de riego por aspersión. Pero nosotros no contamos con la categoría de "dispositivo de riego". "¿Qué es ese objeto de ahí en medio del césped?", nos decimos. "No lo reconozco. ¿Es peligroso? ¿Es algo que podría matarme?".
Oakes prosigue asegurando que, si careciéramos de la capacidad para categorizar, levantarse todas las mañanas sería como salir de la cama en un planeta nuevo. Un secador: ¿y eso qué es? ¿Está intentando atacarme? Un televisor: ¿quiénes son las personas que hay ahí dentro? ¿Intentan hablar conmigo? Una lavadora: esto... ¿meto la cabeza dentro?
Las categorías nos permiten manejarnos por el mundo, objeto a objeto, persona a persona, de manera predecible y ordenada, para que nuestro viaje a través de la vida no consista sólo en una sucesión aleatoria de interacciones nuevas, básicamente carentes de significado, sino que sea algo planificado, controlado y con propósito.
En ese sentido, sugiero yo, los bebés podrían considerarse como el departamento de I+D de la especie.
- Totalmente -coincide Oakes-. Al principio, cuando somos pequeños, percibimos el mundo en categorías expansivas, de trazo grueso. "Plantas" o "animales", por ejemplo. Con el tiempo, gradualmente, a medida que afinamos nuestras aptitudes de categorización, esas categorías se perfilan más. Vemos flores y árboles. Perros y gatos. Aves y peces. Grandes y pequeños. Monos y no tan monos. Y después, a medida que se avanza en la experiencia y el desarrollo, empezamos a establecer unas distinciones aún más precisas. Discriminamos a los chihuahuas de los labradores, a los persas de los siameses, a los árboles de hoja perenne de los de hoja caduca, a los pequeños cardenales rojos de los grandes flamencos rosas, a los tiburones de los delfines.
Y más adelante, me cuenta, nos volvemos aún más selectivos. Vemos pinos blancos, pinos rojos, acacias, orquídeas; águilas doradas, gansos grises, petirrojos y golondrinas; mariposas atalanta, tornasolada, aurora, loba. Finalmente, ya en la edad adulta, si entramos en los campos de la botánica o la biología, nuestros sistemas taxonómicos llegan a afinarse tanto, para enojo de los amigos que salen a pasear con nosotros, que nos resulta imposible no sucumbir a jergas ininteligibles cuando señalamos alguna bella flor.
O, si entramos en el campo de la entomología, para irritación de asesinos múltiples, nos resulta imposible no recurrir a incomprensibles términos latinos cuando la policía se presenta en la puerta de tu casa con un radiador lleno de bichos y polillas desmembrados.
Sean cuales sean nuestras credenciales clasificatorias, la cuestión es siempre la misma: predictibilidad, expectativa y minimización de la incertidumbre. El mismo principio, exactamente, que rige en el caso de los bebés de cuatro meses, que se encuentran en las laderas más bajas de la categorización, rige también en el caso de los categorizadores más serios que habitan en sus cumbres, como Lynn Kimsey, situado en lo más alto de la cima taxonómica. Oakes dilucida que la categorización tiene que ver con un manejo ordenado y eficaz, independientemente de dónde o cuándo se lleve a cabo.
Esto plantea, para los demás, una cuestión fundamental: ¿qué nivel de categorización se considera óptimo para conseguir la mayor eficacia en nuestra vida cotidiana? Si nuestro instinto de categorización ha evolucionado para reducir la complejidad, entonces ¿no nos alejamos de ese objetivo cuando categorizamos lo ordinario, lo corriente (cosas como perros o casas, por ejemplo) con la voracidad taxonómica de un entomólogo forense?
***
A más de catorce mil kilómetros al oeste, al otro lado del mar azul y de todo un continente rojo, abrasador, converso sobre esta cuestión con el profesor Mike Anderson, decano de Psicología y Ciencias del Deporte de la Universidad Murdoch de Perth, en Australia Occidental (tras una carrera larga e ilustre en el campo de la psicología cognitiva, Mike se ha jubilado y ha abandonado la vida académica). Anderson, que es escocés, es uno de los expertos más destacados en percepción categórica. Concretamente, en su desarrollo durante la infancia.
Según me explica, categorizamos el mundo en tres niveles diferentes: supraordinario, básico y subordinado. Lo que quiere decir que, cuando clasificamos algo, podemos ser tan generales o tan específicos como queramos.
- No es la metáfora perfecta, pero yo lo veo como un árbol genealógico en el que las clasificaciones más generales, o supraordinadas, están en lo alto, y las más específicas, o subordinadas, empiezan por abajo -sugiere.
Las clasificaciones de nivel supraordinado son como los padres; las clasificaciones de nivel básico son como los hijos, y las clafisicaciones de nivel subordinado son como los nietos y los biznietos.
- He aquí un ejemplo -prosigue Anderson-. Imagínese que le doy indicaciones y le digo que gire a la derecha al final de la calle, al llegar a una estructura cuadrada de cemento con una puerta, cuatro ventanas y un camino de acceso en la que, en su jardín, hay un mamífero que ladra, tiene cuatro patas y agita la cola. ¡Pensaría que era un poco raro! Eso son muchas palabras. ¿Por qué no le digo, simplemente, que gire al llegar a una casa con un perro? Porque, en cuanto pronuncio las palabras 'casa' y 'perro', su cerebro rellenará automáticamente todos los demás detalles.
"Por otra parte, imagine que le digo: "Gire a la dercha cuando llegue a la morada de construcción artesanal vermicular con mansarda, que tiene un pastor bergamasco delante". Una vez más, pensaría que estoy chalado. Pero esta vez, en lugar de ser exageradamente general, estoy siendo excesivamente específico. A menos que fuera usted un arquitecto con interés en las razas de perros, no sabría qué dirección seguir. E incluso si fuera un arquitecto interesado en razas poco comunes de perros, le sonaría bastante raro.
Así que la virtud está en el punto medio. En una conversación general, optamos por lo que llamamos categorías de nivel básico para expresar, adquirir y organizar la información, porque esas categorías son las que nos salvan casi siempre y las que nos permiten comunicarnos con mayor eficacia; esa fue, de entrada, la razón por la que desarrollamos la capacidad de categorizar.
En sentido amplio, según Anderson, para la vida cotidiana esas categorías de nivel básico son las óptimas. Y señala que poseen lo que se denomina un estatus "privilegiado". Dicho de otro modo, si fueran estrellas taxonómicas en el ilimitado firmamento de las categorías, serían las más visibles al ojo humano; serían las que brillan más que el resto; las que, si hubieras de guiarte por las estrellas, harías bien en seguir.
- Pregúntele a un niño de cuatro años si una vaca recén nacida acabaría mugiendo, y no roncando, si fuera criada por una familia de cerdos, y le dirá que sí -me explica Anderson-. Ya a los cuatro años, los niños reconocen que un animal recién nacido crecerá y adquirirá los rasgos de otros animales de su mismas categoría independientemente de dónde sea criado. De la misma manera, si le pregunta a una niña de cinco años si un puercoespín que se transformara de tal manera que resultara exteriormente indistinguible de un cactus seguiría siendo un puercoespín, le dirá que sí. A pesar de su aspecto exterior, seguirá siendo un puercoespín.
Así pues, desde una edad muy temprana, los niños "favorecen" las distinciones de categoría básica -vaca, cerdo, puercoespín- por encima de la similitud en aspecto cuando hacemos inferencias sobre qué características podrían tener en común distintos animales. Y no sólo eso; también parecen comprender que la pertenencia a una categoría de nivel básico es algo fijo. Que las vacas son vacas y que seguirán mugiendo independientemente de si crecen con una familia de cerdos, de llamas o de ñus.
- De modo que sí, en respuesta a su pregunta -concluye Anderson-, en la vida cotidiana es el nivel básico de categorización el que resulta, a la vez, más útil y más natural. Pero depende de lo que quieras decir cuando dices "vida cotidiana". La vida cotidiana puede significar muchas cosas distintas para mucha gente distinta. Por ejemplo, se han llevado a cabo numerosas investigaciones que demuestran que cuanto más sabemos sobre algo, más probabilidades hay de que usemos niveles más precisos de detalle cuando lo categorizamos. Los que son expertos en un campo en concreto lo categorizarán hasta la muerte. Esto implica que lo que ellos consideran óptimo cuando hablan entre ellos podría no serlo para los que están fuera de su círculo (hay pruebas que sugieren que esa experiencia podría extenderse a lo bien que nos conocemos a nosotros mismos. La psicóloga cognitiva estadounidense Lisa Feldman Barrett ha acuñado el término "granularidad emocional" para referirse a las asombrosas diferencias individuales que existen en nuestra capidad de expresar los sentimientos en palabras: de categorizar emociones "primarias" o "básicas" como la ira, el miedo o la felicidad. La persona con una granularidad (o nivel de detalle) emocional baja recurrirá a palabras como 'enfadada', 'triste' o 'asustada' para describir sus reacciones a acontecimientos perturbadores o desagradables, y a palabras como 'contenta', 'emocionada' o 'calmada' para captar sentimientos positivos. Dicho de otro modo, esas personas son menso "emodiversas". En cambio, los inviduos con una alta granularidad emocional recurren a un vocabulario mucho más rico y matizado cuando expresan cómo se sienten -categorizan sus emociones en el nivel subordinado, en contraste con los niveles básico o supraordinado-, recurriendo a subcategorías de emociones primarias, como son la vergüenza, la culpa y el arrepentimiento).
Tomemos la biología como ejemplo paradigmático. En el sistema de la taxonomía biológica existen siete niveles de categorización: reino, filo (o división), clase, orden, familia, género y especie. Para los biólogos, el nivel óptimo es el género -que deriva de la palabra latina 'genus', que significa "clase" o "tipo"-, y es el nivel que queda por encima del que la mayoría de las personas seguramente encuentran más práctico, el de la especie.
- Así pues, regresando a los perros -prosigue Anderson-, la palabra 'perro', de hecho, es un descriptor de nivel especie ('Canis familiaris') que se refiere a un miembro del género 'Canis'. Otros miembros del nivel especie incluirían al 'Canis lupus' (el lobo) y al 'Canis latrans' (el coyote). Así pues, cuando hablamos de que existe un nivel óptimo de categorización, debemos aplicar cierta cautela; realmente, depende del contexto: del contexto general, de la situación en sentido amplio y de lo que está siendo categorizado.
Ésa es la razón por la que, en Davis, esa agradable mañana de verano de 2003, el FBI acudió al Museo Bohart de Entomolgoía y le entregó el radiador sucio de un Ford Dodge requisado a la extraordinaria taxonomista Lynn Kimsey. Unas circunstancias excepcionales requerían igualmente unos poderes excepcionales de categorización. Y el curioso caso del saltamontes de zancas rojas habría agotado al mismísimo Sherlock Holmes.
(Lluís Amiguet, La Contra, La Vanguardia, 10/01/22)