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Otero Novas: "La Constitución no dice que España se divida en comunidades autónomas"

El hombre que convenció a Suárez del Estado de las autonomías clama hoy contra sus excesos y desafía a la corrección política con su libro "Mitos del pensamiento dominante".

Otero Novas (Vigo, 1940) es un erudito afable, un lúcido y ameno conversador. Sabe trasladar la solidez intelectual de sus escritos a la llaneza del lenguaje hablado y salpimenta sus exposiciones con retazos vibrantes de la etapa crucial que le tocó vivir. Y también gestionar, porque fue uno de los cocineros de la Transición, en fogones donde cualquier ingrediente mal medido podía arruinar el guiso y envenenar el milagroso equilibrio de la convivencia. Alejado de la política activa desde 1996, continúa ejerciendo la abogacía y preside el Instituto de Estudios de la Democracia de la Universidad San Pablo-CEU, atalaya desde la que aporta perspectiva y reflexión. Ahora publica un nuevo libro («Mitos del pensamiento dominante. Paz, democracia y razón», editado por Libros Libres), en el que desmonta lugares comunes enquistados en la sociedad y en el debate político

- Admonición de su nuevo ensayo: craso error creer que nuestro sistema de valores es inmanente y eterno.

- Ya lo decía en mi libro anterior: que nadie crea que esto es lo definitivo. No. Los hechos no se repiten, pero sí las tendencias. De lo de hoy vamos a pasar a lo que vino antes, y luego lo de ahora volverá otra vez. Y estudiando eso me metí a ver cuáles son las características de la etapa presente, y ahí estaban la paz, la democracia y la razón que subtitulan el libro, para ver hasta qué punto hoy son verdad. Porque mitificamos la tendencia, y nos creemos que la tendencia es la realidad. Y no lo es.

- ¿De modo que la democracia entendida como poder de las mayorías es un mito?

- Hoy somos más demócratas que en 1960, y más que en 1990, pero no somos demócratas. Solo estamos más cerca de la democracia. En los sistemas occidentales contenido democrático claro que lo hay, algo pesa el pueblo, pero no más de un veinte por ciento.

- Porque entre el voto y la toma real de decisiones hay una distancia abismal...

- ¿Qué es el voto? Si yo voy el día de las elecciones y quiero votar al vecino del quinto, no puedo hacerlo. En la mesa te ponen una docena de nombres, y de esa docena, de verdad tienes que elegir entre tres. Pero yo no elijo el Gobierno. Voto por uno de los tres, pero no entre los 44 millones de españoles. Quien manda de verdad es quien selecciona esos tres nombres.

- En otra vertiente, estima que aquel sector franquista de 1975 (amplio, sociológicamente) que aceptó la llegada de una democracia ordenada no habría transigido si hubiera visto el problema territorial que tenemos ahora.

- Yo me comprometí con Suárez a trabajarme a sesenta procuradores, y les dibujaba cómo iba a ser el futuro. Y no les engañé. Les dije: «Lo lógico es que nosotros ganemos ahora y que luego llegue a gobernar un partido socialista...». Pero si hubieran supuesto lo que es hoy la España autonómica, no lo habrían aceptado.

- ¿Y por qué hemos llegado a esto?

- Yo convencí a Suárez de la España de las autonomías, y él deseaba ser convencido. Me llamaba «el separatista del Gobierno». Y, llegado el momento, le propuse: «Transferimos el sistema educativo, pero nosotros nos quedamos con los planes de estudios, con los currícula (y no se dará el título si no lo cumplen) y con la alta inspección educativa dentro de las escuelas. Eso es más que suficiente». ¿Y qué pasó? Pues que a partir de entonces no se cumplió la Constitución, porque en lo que estamos hoy no es lo que dice la Constitución. La Constitución no dice que España se divida en comunidades autónomas. Eso no lo dice. Y la Constitución dice que los puertos de interés general son competencia exclusiva del Estado. Y se han transferido. Los transfirió Aznar la noche que ganó las elecciones. De modo que si tuviéramos que desembarcar marinos en Barcelona necesitaríamos el consentimiento de la Generalitat.

- ¿Se transige con esos incumplimientos en busca del apaciguamiento?

- El error nuestro (y de ese error participé yo) fue una razón utilitaria. Lo que nos preocupaba entonces era ETA, y el argumento era: «Si les damos una razonable autonomía, desaparecerá la violencia». Yo me acuso de haberme equivocado en ese punto. Luego ya no me acuso de las cesiones, porque cuando empezó la deriva yo estuve en contra dentro del Gobierno y fuera del Gobierno. Siempre. Pero el error inicial de creer que se darían por satisfechos sí lo cometimos. Y por eso clamo ahora contra las políticas de apaciguamiento.

- ¿El deterioro de la unidad territorial al que hemos llegado tiene aún arreglo?

- Cada vez es más difícil.

- Se apunta en su nueva obra que para una solución sería necesaria la gran coalición de las dos fuerzas mayoritarias.

- Yo sería partidario de la gran coalición y trabajaré para convencerles, pero me hago pocas ilusiones. Si no se hace esa gran coalición, la solución dentro del sistema pacífico y democrático tendría que ser la de constituir una fuerza política cuyo único objetivo sea ese, que no se meta en derechas ni izquierdas, y que sepa que a lo mejor tienen que pasar quince años hasta que tenga fuerza de verdad. Eso puede ser el polo que atraiga al ochenta por ciento de la población española para arreglar el desmadre. Luego, hay otra posibilidad. La solución de esto puede venir también por algún drama.

- ¿No es descartable que acabemos en guerra por esta cuestión nacional?

- No lo es.

- También relaciona nuestra entrada en la UE con los problemas económicos que tenemos ahora. Suena provocador.

- Yo ya escribí sobre eso en ABC un año o dos después del ingreso de España en la Unión Europea. Era crítico, y decía que «esta manera de entrar no me parece bien, por ahí vamos a perder». Pero es un tema tabú también, y yo lo toco muy poco en el libro. Eso necesitará un libro aparte.

- Pero sí esboza una cosa: que el ingreso en la Europa comunitaria ha contribuido a deshacer el tejido productivo español, al habernos convertido en una sucursal de vacaciones de nuestros socios...

- Es así. España hasta 1986 tenía balanza comercial positiva con Europa. No ganábamos mucho dinero, pero todos los años ganábamos algo. Pero ingresamos en 1985 y en 1986 ya perdemos. Poquito, pero algo. Llegamos a los años 90 y ya perdemos un billón y dos billones de pesetas al año. Hablando en pesetas, hemos llegado a perder siete y ocho billones de pesetas anuales, mientras que en los años más gloriosos de ayudas comunitarias a España de saldo positivo (porque nosotros también damos dinero a Bruselas del IVA o de impuesto de aduanas ), en el año que más recibimos obtuvimos 1,1 billones de pesetas. En este momento la ayuda es prácticamente cero, ya no tenemos saldo positivo. Así que como balance de esta etapa, si nos han dado 1,1 para autopistas, hemos perdido 5,5 en el comercio con Europa. ¿Qué significa eso? Que para pagar hemos tenido que vender nuestras empresas. Y como ya nos quedan pocas, pues nos hemos dedicado al endeudamiento. Un endeudamiento que, neto, es igual al PIB de España. Luego, decimos «los años del bienestar»... Sí, pero con un billón de euros que debemos.

- Ha hecho fortuna la percepción de que ustedes los políticos de la Transición estaban hechos de otra pasta, y que ahora tenemos dirigentes bastante más ramplones. ¿Es una apreciación justa?

- Yo creo que hay una diferencia notable. La clase política de la Transición no era una clase política profesional. No éramos profesionales. No ibas ahí a hacer carrera, porque la carrera la tenías en otro sitio. La dedicación política era más bien un honor. Ibas y volvías.

Blanca Torquemada, ABC