Echando mano de sus conocimientos catequéticos, a la recién estrenada presidenta andaluza seguro que le gustaría avanzar sobre las aguas turbulentas de los ERE como Jesús sobre el lago Tiberíades. Pero ella carece obviamente de esa capacidad divina y ha de transitar sobre ese foso de los reptiles que circunda el Palacio de San Telmo por un puente levadizo tan frágil que, sin avisar, que puede desplomarse en el fangal de los cocodrilos. En cualquier caso, siendo incuestionable su nombramiento, su exigible legitimidad pasa por redimirse del pecado original de los ERE, y más cuando ella debe haber escarmentado en la cabeza ajena de su predecesor, quien heredó tanto el légamo de podredumbres de Chaves como su indolencia cómplice. Por eso, al igual que todo gobernante acaba mal, como decía Blair, otro tanto acaece con las sucesiones enfrentando a sus protagonistas, como al propio Blair con Brown o a Griñán con su amigo del alma Chaves.
A diferencia de Zapatero, al que homenajeó en su jura y cuya llegada al PSOE supuso una ruptura con los excesos del felipismo, Susana Díaz tiene más complicado desmarcarse de un pasado que la atrapa, pese a sus persistentes pronunciamientos sobre un nuevo tiempo, su contenida reacción al último auto de la juez Alaya que le reventó literalmente la ceremonia de toma de posesión de su Gobierno con la imputación de sus antecesores y su gesto de ausentarse de la votación de Griñán como senador, marcando distancia así con un pretérito imperfecto. No ya sólo por su condición de hija predilecta del régimen que gobierna Andalucía 34 años, cinco menos de los que ella posee, donde ha desempeñado ocupaciones que no la dejan absolutamente impoluta, sino porque le va a costar Dios y ayuda zafarse de la presión de sus mayores. Las dentelladas de éstos pueden ser más letales que las de los temibles reptiles que alberga el foso bajo sus pies.
Obligada a hacer encaje de bolillos, sus movimientos de timón, si no claudica y trata de dar gato por liebre, habrán de ser suaves, pero firmes e inequívocos, aunque carezcan de la rotundidad de Zapatero cuando, al poco de ser elegido, suprimió el abono de minutas a los abogados de los ex-altos cargos socialistas imputados y condenados por corrupción y terrorismo de Estado. Aquello desencadenó un seísmo entre los directamente concernidos y entre la vieja guardia que los acompañó a las puertas del presidio de Guadalajara en una muestra de desprecio a la Justicia sólo equiparable a aquella orden, captada por una televisión, de González al presidente de la Audiencia Nacional, Clemente Auger: «¿Es que a estos jueces nadie les va a decir lo que tienen que hacer?».
No hay nada más que ver la reacción de Chaves y Griñán al auto de la juez que abre la puerta a su imputación por el fraude milmillonario de los ERE y con el que Alaya ha querido curarse en salud para que no aleguen indefensión cuando remita la causa al Tribunal Supremo. Con todos los peros que se le puedan poner a su resolución, hay que responder a sus detractores que puede que no sea realista, pero es real, en línea con lo que Picasso le replicó a un crítico que le encomió el realismo de un pintor figurativo: «Sí, esa pintura es realista, pero no es real». Tan real es el auto que los 40 principales del mayor episodio de corrupción de la historia de la Administración española se reparten entre los que buscan el aforamiento y quienes, al no gozar de tal prerrogativa, persiguen la prescripción, como Magdalena Álvarez, pero todos los cuales, por una vía o por otra, desean preservar la impunidad de estos treinta años largos de autonomía. En este brete, se muestran insolentes y descarados como si fueran los agraviados y, de paso, socavar la tenacidad de una juez a la que acusan de ajustar su calendario al almanaque político para dañar al PSOE cuando esa recriminación se vuelve contra quien buscó anticiparse a su imputación huyendo aceleradamente por una claraboya del Palacio de San Telmo.
Con su valor e integridad, Alaya se erige en casi exclusiva defensora del interés público ante un ingente y municionado ejército de abogados que, paradójicamente, sufragan, de uno u otro modo, los mismos contribuyentes saqueados. En su ardua tarea, no sólo se enfrenta en clara inferioridad de medios a un enjambre de leguleyos de postín, sino a quienes debieran protegerla de los ataques en medio de una soledad incómoda, pero inevitable, cuando se trata de decirle la verdad al poder, como subraya Tony Judt en su obra Pensar el Siglo XX, y que acarrea la marginación entre los colegas y el ostracismo en la propia comunidad. Por eso, no es una desmesura aplicar a jueces como ella las palabras de homenaje de Churchill a los pilotos que hicieron frente a la Luftwaffe en la epopéyica Batalla de Inglaterra: «Nunca tan pocos hicieron tanto por tantos». No es para menos. Porque, si Chaves Nogales concluyó en vísperas de la Guerra Civil que la causa de la libertad no había en España quien la defendiese, otro tanto cabe colegir sobre la custodia de los intereses generales ante una cuadrilla de desalmados que han convertido en provecho suyo los caudales públicos alterando los procedimientos y suplantándolos por otros que posibilitasen usurpaciones que repartían entre bien avenidos con el partido o que se derivaban para apagar conflictos que pusieran en solfa la hegemonía del PSOE.
Como el fondo de reptiles de los ERE no sólo reportó prejubilaciones falsas a intrusos que jamás pusieron pie en las empresas agraciadas, sino que sirvió primordialmente para engrasar la maquinaria electoral socialista, se entiende la resistencia a aclarar esta corrupción institucionalizada que proveyó ese mismo doping electoral que Rubalcaba achaca al PP, secundando a IU, a propósito del caso Bárcenas. De ahí que Chaves y Griñán, como otros cargos suyos, se valgan de su aforamiento como burladero para que el Supremo les haga el providencial quite de gracia que ya socorrió al primero en los negocios de su parentela a la sombra de la Junta. Son indignos de un privilegio destinado a escudar a los diputados ante un desafuero real, y no para que ellos atropellen los intereses comunes. No es casual que países adalides contra la corrupción, como EEUU, Alemania o Gran Bretaña, carezcan de aforados de los que España dispone a miles. Por eso, como la garantía del Derecho no está en la ley, como advirtió Joaquín Costa hace más de un siglo, si ésta no tiene su asiento y raíz en la conciencia de los que han de guardarla y cumplirla, hay que erradicar esta feudalidad reinante en una Andalucía viciada de corrupciones que hace tiempo que constituyen el Sistema.
Como los caminos del Señor son inescrutables, puestos a soñar, quién sabe si el destino hace que dos mujeres, con intereses distintos e incluso contrapuestos, desde la magistratura y la política, como Alaya y Díaz, contribuyan a sofocar la impunidad tras años de anuncios vanos por tenores hueros. Al fin y al cabo, el gallo podrá cantar, pero es la gallina la que pone los huevos, como bromeaba Thatcher, apostillando: «Si quieren que se diga algo, pídanselo a un hombre; si quieren que se haga, pídanselo a una mujer». Redimir el pecado original de los ERE sí que sería una razón de peso para subrayar la condición femenina de Díaz, más allá de una evidencia que publicita su aparato de propaganda como si el sexo en sí fuera un mérito.
El Mundo
