Los lectores de periódicos leen el primer párrafo de las noticias y, según se estima, nunca llegan al último. Cuando abordan una crítica –de cine, de libros, de arte…–, comienzan por el último párrafo y, en muchas ocasiones, desisten de saltar al primero y seguir leyendo. Siempre tienen, con poco, bastante.
El periodismo emplea muchos trucos sucios, pero también se comporta con una ingenuidad enternecedora. Ha acostumbrado a los lectores a saber que lo más interesante de una información está al principio, y el usuario sabe que lo que viene detrás tiene un atractivo decreciente. Los críticos, aunque no todos, reservan para el último párrafo el juicio final, el resumen, las conclusiones. ¿Para qué leer todo lo anterior?
Títulos, subtítulos y sumarios o destacados de las informaciones están pensados para incentivar la lectura del texto completo. Pero ese cebo resulta fallido. Los lectores se conforman con lo más aparatoso, con lo más visible, con las palabras a mayor tamaño, y pasan de recorrer el árido terreno de las letras iguales. La edición de la información no estimula la lectura. La restringe. Y es una pedagogía de la pereza. ¿Para qué leer todo si lo importante se pilla a simple vista?
Las redacciones se esmeran en capturar la atención del comprador de periódico en la portada. Pero luego hay mucha gente que empieza la lectura del periódico por la última página.
De las informaciones y de las críticas –y tal vez de las columnas y de los editoriales–, parece ser que a nadie le motiva lo que está por la mitad. Lo que está por la mitad, aunque está y forma cuerpo, se diría que es un gran agujero o una mancha negra. Ya es triste. Por la mitad suele estar lo que da sustancia o argumento a la noticia, lo que razona y explica la opinión del crítico. Pero es como el centro de un túnel en el que nadie quiere estar. En el comienzo de los túneles se entra para avanzar, porque no hay otro remedio, y ya lo que se quiere es estar en el final. Ver la luz, que se dice. En el medio o por la mitad no quiere estar nadie, salvo en las novelas y en las películas cuando, en efecto, atrapan.
Ahora estamos, en la vida española, como en la mitad de algo, y eso fastidia. Nadie sabe cuál fue el primer párrafo y cuál será el último, cómo fue el principio y cómo será el final. No, no me cuentes el final.
El Mundo
