Desde que la carroza triunfal que debía habernos conducido a la coronación de Madrid como sede de los Juegos de 2020 se trocó en la calabaza de un brutal descarte a la primera, no han cesado las preguntas. ¿Por qué hemos sido rechazados por tercera vez? ¿Por qué hemos sido medidos y no hemos vuelto a dar la talla? ¿Por qué la capital de España lleva camino de convertirse –al menos durante dos o tres décadas más– en la única de un gran país desarrollado que no habrá albergado nunca los Juegos? ¿Qué hemos hecho nosotros para merecer esto?
Alegar que Alejandro Blanco fue poco convincente en su respuesta sobre el doping; que Ana Botella apareció más crispada que la cantante de ópera de Ciudadano Kane al promocionar su ya mítica «relaxing cup of café con leche»; que no es de recibo que el jefe de Gobierno de un país aspirante lea un texto en español con ademanes de mitin de fin de semana; que algunos miembros del COI se ofendieron porque la candidatura madrileña reveló a EL MUNDO que le habían «prometido » su voto; o que la conducta sinuosa de Juanito Samaranch ha terminado dando la razón a quien le vetó como líder de Madrid 2020, es quedarse en la espuma de las cosas.
Es inimaginable que, después de cuatro años de visitas, presentaciones, evaluaciones, lobbies y contralobbies, ningún miembro del COI decidiera su voto por alguna de esas fruslerías de última hora. En todo caso la magnitud de la brecha que desde la primera votación se abrió en favor de Tokio indica que nunca tuvimos la menor oportunidad de ganar, que la suerte estaba echada desde mucho antes de que el primer delegado llegara a Buenos Aires y que el triunfalismo que irradiaba la candidatura era fruto del autoengaño.
No se trata de contraponer al bobalicón «Madrid todo lo hizo bien» una nueva literatura del Desastre; pero todo indica que de los tres intentos recientes de obtener los Juegos éste ha sido el más amateur, en el buen y en el mal sentido de la palabra. Que el protagonismo recayera sobre dirigentes deportivos sin doblez ni tacha, muy queridos en el movimiento olímpico, como Blanco o Zabell, era un buen punto de partida, insuficiente para el éxito. A Madrid 2020 le ha faltado impulso político, implicación institucional, labor de inteligencia, profesionalidad en suma.
Para entender lo que digo basta ponderar la trascendencia del reciente viaje del primer ministro japonés a Kuwait, en el que firmó un gran acuerdo de proyección mundial, mientras el jeque Al Fahad movilizaba a favor de Tokio los votos de países beneficiados por los fondos de su Asociación de Comités Olímpicos y lograba elevar a la presidencia del COI a Thomas Bach, representante a su vez de inversores kuwaitíes en Alemania. En esta trastienda de los intereses creados es en la que se ha jugado la partida y nuestra derrota prácticamente ha sido ahí por incomparecencia.
Ni el Gobierno de Zapatero en sus melancólicos estertores ni el de Rajoy en sus atropellados inicios han estado para Juegos Olímpicos. Tampoco el Rey ha tenido, por mor de su salud y otros contratiempos, la disponibilidad de antaño; el Príncipe poco ha podido hacer excepto dejar una impresión excelente por su estupenda intervención en Buenos Aires; y ni siquiera hemos contado con un viajante de comercio de la envergadura y tenacidad de Gallardón.
Es posible que ni aun habiendo hecho «todo bien» hubiéramos logrado los Juegos, pues la rotación de continentes lleva a pensar que Europa ya sólo los albergará cada 12 años y no hay precedentes de su encomienda a un país en recesión. Pero la aplastante superioridad de Tokio prueba que ni el proyecto de unos Juegos low cost ni su ejecución por personas de buena voluntad, incapaces de competir con las multinacionales y los servicios secretos japoneses, estaban a la altura del empeño. De ahí que lo peor que podría sucedernos ahora es incurrir en la celtibérica autocomplacencia de que éramos los mejores, pero el árbitro no se ha dado cuenta por culpa del empedrado. Como ha propuesto José Antonio Marina, deberíamos aprovechar la derrota para que la nave en la que vamos cambie de derrota.
El destino ha venido a ayudarnos a los más inconformistas a través del esperpento acaecido el miércoles cuando el dios de la lluvia comenzó a llorar sobre la España de los ERE socialistas y la contabilidad B del PP y la, recién reparada, techumbre del Congreso de los Diputados quedó perforada por espectaculares goteras. Puede alegarse que, por muchos que sean nuestros pecados colectivos, no nos merecíamos el ridículo mundial de ver a los ujieres tratando de recoger el agua con cubos de fregonas mientras un grupo de visitantes asiáticos –menos mal que eran taiwaneses y no japoneses– los inmortalizaban con sus flashes. Pero lo sucedido es una metáfora visual tanto del deplorable estado de la Nación como de la morfología de nuestros fracasos, incluido el olímpico, y nos remite en su literalidad a los legendarios Pepe Gotera y Otilio, «chapuzas a domicilio».
El gran Ibáñez captó en esa pareja los dos defectos endémicos del modo español de hacer las cosas: la indolencia abúlica de los jefes y el atolondramiento irresponsable de los currelas. En cada una de sus historietas Pepe Gotera se quita de en medio y Otilio lo resuelve todo a martillazos. Cuando el jefe reaparece en escena el estropicio ya está hecho y ambos tienen que poner pies en polvorosa perseguidos por sus clientes. Son los dos polos de la ley del mínimo esfuerzo, de la cultura del «ya vale» en la que al final nadie rinde cuentas ante nadie, de la España en la que el maquinista de un tren que circula a 220 por hora puede despistarse hablando por teléfono sin que los responsables del servicio hayan diseñado mecanismo alguno que impida que eso provoque una espantosa tragedia.
Es un secreto a voces que Rajoy eligió a Jesús Posada para la Presidencia del Congreso por tratarse del único dirigente popular que supera su propia maestría en el arte de la parálisis política. Posada está ahí, expuesto en su sillón, al modo en que lo estaba Landelino, con la consigna de no hacer nada –excepto bloquear las iniciativas de la oposición– y hasta ahora ha cumplido a rajatabla.
Esperar que quien en casi dos años de mandato no ha tomado ni una sola iniciativa, no ha hecho ni una sola manifestación de peso o impacto en defensa de los valores constitucionales, fuera a ocuparse de garantizar que el hemiciclo estuviera en condiciones de ser utilizado puede parecer una ingenuidad. Pero es el gestor de la barraca y tenía el deber de asegurarse del buen término de las obras, de forma que sus Otilios, con todo el pedigrí de una de las grandes constructoras españolas, no pudieran ni dejarle el techo como un gruyère ni, en compensación, escayolar la huella de los balazos del 23-F. El «puedo decirle que la orden que se dio fue la de respetar al máximo lo que había» que esbozó Posada sólo es propio de Pepe Gotera al despertarse de la siesta.
Por lo menos en la Carrera de San Jerónimo no se cayó la cubierta entera, como ocurrió en la Plaza de las Ventas, episodio del que, por cierto, tampoco parece haberse hecho nadie responsable. Afortunadamente entonces no había gente dentro. Algo que no podrán decir los catalanes que no sean separatistas pues ya sufren los enormes agujeros abiertos en la techumbre constitucional que debía cobijarles y cada día crece el riesgo de que se vean sepultados por los cascotes de un tremendo cataclismo. Un pabellón deportivo o un coso taurino puede permanecer cerrado por razones de seguridad, pero cuando la hostilidad y el peligro son inherentes al lugar en el que uno vive, no quedan más alternativas sino las de padecerlos o marcharse.
Los acontecimientos de esta semana han consagrado a Artur Mas como Otilio Mayor del Reino pues es imposible gestionar de forma más chapucera, zafia y esquizofrénica una crisis como la que lleva camino de aplastarle. Justo cuando su Doctor Jekyll pretendía abrir espacios, si no para el acuerdo, sí para la distensión con el Gobierno, anunciando que sólo convocaría una consulta legal y que aunque no se celebrara en 2014 tampoco pasaría nada, ha llegado su Mr. Hyde al frente de la cadena humana promovida por la Generalitat exigiéndole que no se mueva del maximalismo.
Tras entrar en la Historia como el gobernante más descalabrado por el bumerán de unas elecciones anticipadas innecesarias, Mas parece ansioso por culminar la faena ingresando en la morgue como el domador mejor devorado por el tigre al que ha adiestrado para matar. De momento, para hacer el drama más emocionante, se está ocupando de cerrar todas las salidas que podrían permitirle huir in extremis de la pista.
Pero la garantía de que Mas será la primera víctima de sí mismo no servirá de consuelo alguno a todos los que vendrán detrás. Tampoco el desprecio intelectual con que, asumiendo la civilizada perspectiva de Vargas Llosa, debemos contemplar a esta amalgama de fanáticos, oportunistas y engañados que, embutidos en camisetas amarillas, se prestaron a formar la cadeneta, sirve para arreglar nada. A Otilio le han parido así y si no hace más el tonto es porque no entrena. A quien hay que pedirle cuentas, y sobre todo remedios, es a la autoridad superior competente. O sea a Rajoy.
Si la reacción del que es su mayor amigo dentro del Gobierno –en el caso de que tuviera alguno– es representativa de la del presidente, démonos por fotuts. Lo último que se debe hacer ante un depredador como el nacionalismo es dar muestras de sentirse intimidado por sus demostraciones callejeras. Y la persona más inapropiada para exhibir tal miopía es un ministro de Asuntos Exteriores que acaba de sacar tanto pecho en relación a Gibraltar. Cualquiera diría que si pudiera rehacer el Tratado de Utrecht, Rompetechos Margallo recuperaría el Peñón y cedería Cataluña.
Cuidado. Todas las líneas rojas han sido ya desbordadas. Rajoy puede reiterar impunemente que cobrando una nómina de 21.000 euros al mes Bárcenas «ya no estaba en el partido» –nadie se va a rebelar en el PP como nadie se rebela en el PSOE por los ERE–, pero hasta los más serviles empiezan a dudar de que Cataluña siga estando en España cuando se permite a sus autoridades utilizar las competencias y medios cedidos por el Estado para empeñarse en destruirlo. Una cosa es ponerse de perfil ante un escándalo de financiación ilegal y sobresueldos y otra hacerlo cuando está en juego la propia existencia de España.
Claro que hay que reformar la Constitución, pero en el sentido apuntado por el Consejo de Estado, o sea en el sentido opuesto al que propugna Rubalcaba. La pasividad del Ejecutivo se percibe ya como negligencia dolosa y las reuniones secretas entre Rajoy y Mas los asocia como corresponsables de lo que está en marcha. De nada servirá ya el escaqueo de una carta en la que falta el monosílabo esencial o que el jefe del Gobierno alegue como su clon de la Carrera de San Jerónimo que «se dio la orden de respetar al máximo lo que había». El público les perseguirá a los dos a gorrazos si esto termina como las peores historietas del tándem chapucero.
El Mundo
