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Juergen B. Donges: "El Estado de las Autonomías es insostenible pero no veo valor en el Gobierno para cambiarlo"

Catedrático Emérito de Economía, Universidad de Colonia

Presidió el Consejo de Expertos Económicos de Alemania, asesorando directamente a los cancilleres Köhl y Schröder, participó activamente en el tratado de Maastricht y en la unión monetaria europea. Jubilado en 2007, es desde entonces catedrático emérito de Economía en la Universidad de Colonia. El viernes pronunció en el Teatro de la Maestranza la lección inaugural de la Universidad Loyola Andalucía. Juergen B. Donges (Sevilla, 1940) nació en la capital hispalense porque en ella tenía una de sus tres sucursales españolas el Banco Alemán Transatlántico para el que trabajaba su padre.

— ¿Cómo pudo el Gobierno alemán fiarse de un economista sevillano?

— No se trata de ser sevillano o no. Un Gobierno se fía de uno porque investiga y sabe cómo funcionan ciertas cosas. Distinto es que luego le haga caso. Eso sí, si toman decisiones distintas a las que yo les recomiendo, que luego no digan que no les advertí.

— Se lo preguntaba porque la crisis parece estar rescatando viejos prejuicios entre los europeos.

— Sí. Cuando se configuró la Unión Monetaria ya nos preguntábamos si podría funcionar algo así entre países que muestran una acusada heterogeneidad económica en crecimiento o empleo. Concluimos que sí, podía funcionar, pero bajo condiciones específicas. Por ejemplo, una alta movilidad de mano de obra desde los países del Sur menos avanzado hacia el Norte. Y si eso no se daba, al menos que hubiera una flexibilidad acusada de los salarios a la baja en los países del Sur. Sin embargo, nada de esto se ha dado.

— Los sindicatos dirían que eso sería crear dos Europas distintas, la rica y la pobre.

— Los sindicatos plantean eso porque no conocen o no quieren conocer cómo funciona una economía. Si esos criterios se hubieran cumplido, los países menos avanzados habrían podido progresar más rápidamente en la convergencia real, acortando distancias con los del Norte.

— ¿Como ocurrió en la España en los 60, cuando miles de españoles emigraron en masa a Alemania?

— Exactamente. Eso ayudó a que los que se quedaron pudieran trabajar con una mayor productividad y la economía española dio un salto enorme. En 1959, España estaba quebrada y tuvo que intervenir el Banco Mundial. Ahí empezó el despegue de la economía española.

— ¿Durante esta crisis hemos rozado el desastre en algún momento?

— La fecha clave fue el famoso mayo de 2010; aquel fin de semana en que se reunió el Ecofin. Se dijo que lo hizo para tomar una decisión sobre Grecia, pero de lo que realmente trató fue de la situación de España. El presidente del Banco Central Europeo, François Trichet, anunció que el mercado interbancario en España había colapsado. Nunca se dijo abiertamente, porque si hubiera salido a la luz habría puesto a la zona euro contra las cuerdas.

— ¿Y estamos ahora, como dicen, en el buen camino?

— En España, efectivamente, se ven algunos datos positivos, pero todavía no sabemos si es algo definitivo o coyuntural. Creo que la cosa va por un camino esperanzador; se han tomado medidas importantes en cuanto a ajuste fiscal y reformas estructurales, aunque no todas con la contundencia que a mí me hubiera gustado. Si el entorno internacional no le hace una mala jugada, esta tendencia puede seguir. Cuando veamos que realmente empiezan a reducirse los niveles de desempleo podremos decir que lo peor ha pasado.

— ¿Qué medidas debería adoptar España para acelerar la salida de la crisis?

— Lo esencial, aparte de seguir con los ajustes fiscales, es reformar la administración pública, que es una fuente de ineficacia. España tiene la mitad de población que Alemania, pero el doble o el triple de ayuntamientos, con todo lo que eso significa en cuanto a coste y también a gente trabajando, que supongo se estorbarán unas a otras porque tampoco hay tanto que hacer. Además están las comunidades autónomas, cuya duplicidad de funciones genera un despilfarro. En Alemania también tenemos nuestras autonomías, pero las de aquí van cada una por su camino. El Estado de las Autonomías no es sostenible. Sé que va a ser difícil cambiarlo, y no veo valentía para ello en el gobierno central, pero es una tarea fundamental que se debería afrontar. Por último, es fundamental la formación profesional de los jóvenes y en esto deben intervenir las empresas, que en vez de a invertir se han acostumbrado a ver qué subsidio le pueden pedir al Estado.

— ¿Perjudica a la recuperación de España el problema catalán?

— Puede perjudicar, sobre todo, a la propia Cataluña. El resto de la economía española lo podría asumir, pero allí se encontrarían de repente con el importante mercado español separado y con aranceles; porque Cataluña sería un país tercero, ya que en la Unión Europea no hay ni la menor duda de que si Cataluña se saliera de España, también se saldría de la Unión Europea.

— ¿Andalucía ha sabido aprovechar el dinero recibido de Europa?

— En Andalucía, como en el Mezzogiorno italiano, entra dinero, pero faltan los factores complementarios. En Alemania tuvimos el Plan Marshall. ¿Por qué funcionó? Porque teníamos los factores complementarios: empresarios y la mano de obra cualificada. Todo eso junto permitió el milagro alemán. En Andalucía, sin embargo, no se ha cuidado de que hubiera una buena dotación de mano de obra cualificada ni se ha mimado a los verdaderos empresarios. Con esos fondos se han hecho autopistas y aeropuertos donde no hacían falta, pero a fin de cuentas, no se ha resuelto nada. Es sorprendente que, después de 30 años, Andalucía siga estando igual. Sí, tiene buenas carreteras, el AVE y todo eso, pero falta el despegue económico.

— ¿Qué pasará en Andalucía cuando esos fondos dejen de venir?

— Pues que va a quedar al descubierto la situación en la que están ustedes, aunque creo que ustedes ya lo saben perfectamente, pero a lo mejor también se enteran los de la Junta de Andalucía, que creo que no lo saben. El otro día escuché el discurso de investidura de la nueva presidenta y, oyéndola hablar de los grandes problemas de Andalucía, sobre todo el paro, me sorprendió que lo decía en un tono como si los acabara de descubrir, como si todavía no se hubiera enterado, pero oiga, señora, si usted forma parte del gobierno desde hace tiempo y vive en Andalucía. Pues no, era como si dijera «me he enterado de que hay mucho paro y hay que hacer algo», aunque tampoco dijo qué hay que hacer. En mi opinión, la única forma para obligar, hay que decirlo así, obligar, vía mercados, a que se hagan otras políticas es que cesen esos fondos.

— ¿Está al tanto del escándalo de los EREs?

— Me da pena que el tema de los EREs y otros asuntos de corrupción, como el caso Bárcenas, sean los titulares sobre España en la prensa alemana, encubriendo lo que se está consiguiendo, a través de los esfuerzos del gobierno central y algunas autonomías para mejorar la situación económica. En Alemania también hay corrupción, pero, cuando se descubre, la justicia actúa ya, sin embargo en España tarda años y generalmente se llega a una situación en la que el caso se archiva. Tengo la impresión de que en España rige el principio de la impunidad. Hay mucho efecto mediático pero al final no pasa nada y eso da una imagen en el exterior que no es justa ni se merece este país.

— ¿Por qué es tan crítico con los rescates?

— Lo soy porque en el tratado de Maastricht, donde participé bastante, están prohibidos, el problema es que los políticos no se leen las normas que aprobaron sus antecesores. El artículo 104 lo dice claramente: queda terminantemente prohibido entrar en déficits públicos excesivos y si lo haces te tienes que arreglar tú las cosas. Pues bien, eso se eliminó de un plumazo cuando se aprobó el primer rescate de Grecia. Me molesta que reglas para que una cosa funcione estén al antojo de los políticos. ¿Qué ha pasado? Pues que detrás de Grecia han venido todos con lo mismo. Al final, hemos entrado en un juego que es como querer curar a un drogadicto dándole más droga.

Juan Miguel Vega, El Mundo