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Desmemoria (Javier Astasio)

Recuerdo, qué curioso comenzar así una entrada que he titulado "Desmemoria", cómo mi profesora de francés en el bachiller, Madame Ivette, nos aliviaba las clases haciéndonos leer artículos de una revista semanal francesa de aquellas que años después comenzaron en España a divulgar la Historia., una revista que, a finales de los sesenta, aún no tenía incómodos equivalentes en nuestro país. Recuerdo lo difícil que fue conseguirla, directamente en la distribuidora de la calle de la Reina, y recuerdo un artículo que me dio que pensar y que, de vez en cuando me viene a la cabeza. Ni de lejos sospechaba yo entonces que me dedicaría al periodismo y, sin embargo, aquel artículo versaba sobre la facilidad con que los medios transforman la realidad en sus audiencias.

El artículo estaba basado en una encuesta en la que, tras el multitudinario entierro del cómico Fernandel, el primer acontecimiento de masas retransmitido en directo por la aún entonces televisión en blanco y negro, se preguntaba a los encuestados si estuvieron en las calles de París al paso del cortejo. El curioso resultado no deja de sorprenderme aun hoy. Resulta que, al cabo de unos meses, una gran parte de los preguntados no era capaz de precisar si estuvo o no estuvo en las calles o vio el entierro en un televisor y, más curioso aún, gente que no estuvo allí afirmaba fehacientemente que fue uno de los miles de parisinos que se echaron a la calle.

Por qué traigo esto a colación. Está claro que si lo hago es para señalar que la memoria es muy débil, tanto como para que se borren o nos borren con facilidad recuerdos de lo vivido, como para que se fijen en ella recuerdos inventados. Algo que desde hace tiempo viene ocurriendo en España, y de lo que las largas horas que llevamos ya invertidas en la despedida de Adolfo Suárez se han convertido en paradigma, porque, de alguna manera, consciente o inconscientemente, intencionadamente o no. nos están cambiando la memoria.

Nos están hablando de la transición como un periodo de vino y rosas, cuando, pese al importantísmo y corajudo papel jugado por Adolfo Suárez en aquellos años, el aparato franquista siguió campando a sus anchas y la Policía y la Guardia Civil mostraron su peor cara, con manifestantes muertos en las calles, con torturas en comisaría y con algo tan espantoso como la matanza de los abogados del despacho de la calle Atocha. Y qué curioso que haya tenido que ser una joven estudiante que ni siquiera había nacido por aquel entonces la que haya puesto esta mañana en la radio los puntos sobre las endebles íes de nuestra memoria.

Se han dicho muchas cosas y no siempre ciertas, He escuchado, por ejemplo, elogiar a Suárez por haber sabido dimitir, cuando el pueblo dejó de estar conforme con su gestión. Nada más lejos de la realidad, porque si Suárez dimitió fue para tratar de evitar el golpe de estado que ya estaba en marcha y que, pese a su sacrificio, siguió adelante.

También he escuchado encendidos elogios, melosamente acríticos, de quienes no hicieron sino soltar hiel sobre su figura mientras estaba en el poder. Y la realidad no es ni una cosa ni otra., porque Suárez tuvo muchos aciertos, como también tuvo muchos errores y, aunque el resultado fue aparentemente bueno, podía haber sido otro o no ha sido tan bueno como quieren hacernos creer.

Para lo que si han servido tantas horas dedicadas al presidente fallecido y a aquellos tiempos ha sido para que podamos establecer diferencias, diferencias que dan vértigo y que confirman que, si no cualquier tiempo pasado fue mejor, sí, al menos, cualquier líder pasad tuvo más grandeza.

Hoy me ha sabido mal que, desde la izquierda y la derecha, todos se hayan echado sobre Artur Mas, un oportunista donde los haya, que se atrevió a decir que Suárez no hubiese dejado pudrirse el conflicto con Cataluña como lo está dejando pudrirse Rajoy -si las palabras no son exactas, ese es el espíritu de lo que dijo- y creo que fue tan inoportuno como certero y mucho menos demagogo que el succionado Margallo, que dijo sin inmutarse que Suárez habría hecho lo mismo que su jefe Rajoy.

En fin, lo que quiero decir es que la memoria es flaca y que, al igual que la radio, la televisión y la prensa fijan con su omnipresente contaminación del lenguaje, horribles palabros de los que no nos defiende ni la Real Academia, la radio, la televisión y la prensa deforman groseramente la realidad y fijan recuerdos falsos o alterados en nuestra memoria, convirtiéndola en desmemoria. También que, como he escuchado a alguien que ahora no recuerdo. Los líderes políticos de este país, como otras muchas cosas en él, han ido de mal en peor.

(Periodísticos)