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Vida de una emigrante: Me vuelvo a España (Josune Murgoitio)


He decidido, atendiendo a lo que mi cuerpo me dice a diario, que no quiero vivir en Estambul ni en Turquía. Me he dado cuenta de que necesito una limpieza interna de trabajar con conflictos, oscuridades y vulneraciones de derechos humanos, a pesar de la misticidad que Estambul desprende, con sus edificios bellos, la luz del atardecer que impactan contra los miles de tejados de esta ciudad, la ciudad de la efervescencia, los contrastes absolutos, y las cosas positivas de este país.

“Es muy duro vivir en Estambul”, todos/as coinciden exactamente en los mismo. Realmente lo es. Una amiga me preguntó: “¿qué tal estás?” Respondí: “la mitad del día bien, la otra mitad mal”. Me dijo: “exactamente como nosotros”. Me quedé helada. Me imagino que por las condiciones sociales, económicas y políticas en las que estas gentes (sobre)viven. Caminan con cara de cansancio, cansancio de soportar las penas de un Gobierno que me cae muy mal (muchísimo peor que el de España, aquellos son unos santos en comparación con estos). “Antes veía a la gente feliz, pero en los últimos dos años están todos muy hartos”, me decía una persona de mi entorno en Turquía. Si algo enseña Turquía, la gran clase magistral que aquí se aprende es a tener PACIENCIA. Paciencia con la lentitud con la que la vida discurre, los acontecimientos diarios en la política, las condiciones laborales, las relaciones sociales, la familia, la mujer, el hombre, los niños pidiendo en las calles, la presión de la religión, el alboroto de la ciudad.

He tenido dos opciones: aceptar la realidad social, política y económica de este país e integrarme o irme. Elijo lo segundo. Ha sido una decisión dura. Tiene muchas implicaciones, personales.

“¿En qué país quieres vivir?” No supe qué responder. La situación de España tampoco es buena, leo las noticias, sobre los antidisturbios que cargan también en las manifestaciones a favor, esta vez, de la dignidad humana. He sentido cierto dilema y pena también. Tengo pasaporte español, puedo irme de aquí, a diferencia de mucha gente, a la que le gustaría poder hacerlo. Es triste saber que por un simple documento la vía de escape se simplifica muchísimo.

- Shock cultural.

Percibo en este país un fondo oscuro que apesta, al que el primer ministro Recep Tayyip Erdogán inclina la balanza, aleándose así de los “parámetros” de la Unión Europea (esclavitud a la invisibilidad de los mercados financieros), que no se trata de ningún limbo, pero la situación en cuestión de libertad es levemente mejor. La última censura diaria ha sido bloquear la red social Twitter, ya ocurrió al parecer hace algunos años con youtube. Erdogán amenaza ahora con hacer lo propio con Facebook. Echo de menos la Unión Europea; las calles ordenaditas, los horarios, los objetivos en la vida, poder llevarlos a cabo, la activación personal a la hora de llevarlos a cabo. Echo de menos la risa de las personas, verlas contentas.

Percibo también caos general, del que no quiero formar parte. La diferencia respecto de mí es muy sencilla: la sociedad turca está muy acostumbrada a vivir con inestabilidad económica (si no se tiene dinero no pasa nada, se anticipa que la familia ayudará, generalmente, en forma de favores que producen nudos psicológicos, según me dijo una persona con la que mantuve una conversación muy larga, o a través de créditos en los bancos), inestabilidad política (viven en aislamiento y en una especie de pasividad “justificada”, aquí funciona el arma del miedo, la presencia policial en cualquier protesta, la presión de la familia, los roles sociales que han de seguirse, aunque las protestas Gezi han producido cierto despertar en la población, pero no existe un precedente a la hora de reivindicar los derechos en los términos en los que se hizo en Gezi, me explicaba una persona) e inestabilidad social (si algo está conseguiendo Erdogán es crear rivalidad entre diferentes sectores sociales, también entre las mujeres).

Parece que viven en una especie de telenovela. Las cosas no se dicen directamente, sino que es como si un aura de misterio lo envolviera todo. Por ejemplo, quedé el otro día con un amigo, le llamé “¿dónde estás?”, “voy ahora, tengo que hacer una cosa”. ¿El qué?, pensé. En España dirías “voy al banco, llego un pelín tarde”.

La situación de la mujer es mala. En Turquía el velo es utilizado como un arma política, así lo interpretan las mujeres laicas, aunque no sé hasta qué punto aquí se es laico. La religión pesa muchísimo, tiene mucha fuerza. La presión familiar es muy fuerte, y ponen muchas trabas para ser una misma o hacer lo que una quisiera. La mayoría de ellas sueñan con tener un maridito que después les mantengan, muchas van a la universidad sin expectativas de ejercer. Aunque sí es cierto que empieza a darse un movimiento en pro de los derechos de la mujer, por ejemplo el BDP (partido pro kurdo) ha presentado en sus listas electorales a un buen número de mujeres o se ha creado un grupo Femen, que sí es cierto recibe muchas críticas por sus reivindicaciones pero que yo creo es muy importante en Turquía porque ejerce un contrapeso muy necesario.

El hombre tampoco está a salvo. Percibo mucha pasividad en los jóvenes. Los chicos están agobiados por el rol de machos que se les exige (llevar sueldo a casa, invitar a la chica a todo) y el servicio militar obligatorio ahoga a muchos de ellos.

Por eso, me llama mucho la atención que las personas con las que estoy en contacto sean tan patrióticas. Yo les digo a mis amigos: “cómo podéis defender una bandera que os ahoga”. Y se quedan callados.

Los salarios son bajos y los gastos muy altos, no se corresponden, entiendo que la ciudadanía vive a base de créditos y ayuda familiar, explotará de alguna manera, y muchas voces alertan ya de la entrada de una crisis económica basada en un boom inmobiliario (me da terror solo de pensarlo).

No existe una conciencia absolutamente sobre nada, menos aún en derechos humanos, nacieron en esas condiciones, y no creo que vaya a producirse un cambio, menos aún con el gobierno actual que parece pretender aislarlos más. No existe una conciencia de derecho laboral, ni de opresión al pueblo kurdo (no justifico aquí el uso de la violencia ni digo que coindica en todos los aspectos con lo que vi en Diyarbakir, pero es innegable la brutalidad del Estado turco), ni de opresión a los alevís.

Soy incapaz de girar la vista en todos estos aspectos. Nunca he sido capaz de pasar por alto las oscuridades de ninguno de los sitios en los que he vivido. Pero ahora, lo que realmente necesito son unas vacaciones largas de miseria, problemas y conflictos.

Así que vuelvo temporalmente a Euskadi.

(Este artículo pretende expresar una impresión generalizada. No quiere la autora decir que no existan personas a las que les guste Turquía ni que haya ciudadanos que no sean felices)

(Periodísticos)