Más de 7.500 entradas y 350.000 visitantes desde el 9 de octubre de 2011

Es un decir (Jenn Díaz)

Este texto pertenece a la novela Es un decir, que acaba de publicar la editorial Lumen.

Jenn Díaz (Barcelona, 1988) es escritora. Es un decir es su cuarta novela. Antes publicó Belfondo (2011), El duelo y la fiesta (2012) y Mujer sin hijo (2013). También ha participado en dos antologías de cuentos: Nueva temporada y Bajo treinta,ambas publicadas en 2013. Otros textos de la autora están reunidos en el blog Fragmentos de interior y es frecuente su colaboración en las revistas Jot Down, Granite and Rainbow y el blog Mujeres de El País. En Twitter: @JnnDiaz

El día que cumplí once años mataron a mi padre. Recuerdo que era viernes porque de haber sido otro día, a la mañana siguiente no habría ido al colegio y nadie habría rechistado. Lo sé porque a una niña de mi clase, a la que se le murió la madre, le perdonaron la falta. Pero mi padre murió un viernes, y como al día siguiente era sábado y no íbamos a la escuela, ni esa suerte tuve.

Estábamos celebrándolo en casa mi madre, la abuela y yo. Las tres, como siempre. Y a mí me pareció, al soplar las once velas, oír de fondo un disparo. Se lo dije a mi madre al oído cuando nos dieron la noticia de que lo habían asesinado, y la palabra asesinado se me metió en la cabeza igual que esas moscas tontas que entran en tu casa y ya no saben cómo salir.

— Que yo ya lo sabía, mamá, que lo oí…, no sabía que era él, pero lo oí y…

Y mi madre me dio una bofetada y me dijo que callara de una vez, de una vez (lo repitió), como si en alguna época de mi corta y flaca, pero sobre todo flaca, vida hubiera sido una niña charlatana y pesada; dijo que con esas cosas no se jugaba y que acababa de cumplir once años, empezaba a ser una señorita.

Es cierto, tras aquel manotazo empecé a ser una señorita. Y también una desgraciada y una pobrecilla, huérfana de padre. Entendí que mi madre no necesitaba verdades y que dárselas era una pérdida de tiempo. No las necesitaba y no quería hablar de ellas, porque la dejaban aislada del mundo inmediato al que pertenecía: al olor a comida, a las manos perfumadas de jabón para lavar, a la pared recalentada por el sol de invierno, al polvillo que levantaban las gallinas en el corral cada vez que se asustaban, al ruido de las cuentas del rosario, al siseo de mi abuela cuando rezaban juntas, una al lado de la otra, muy pegadas. Eso era lo que quería mi madre y eso le di junto a mi abuela, que vivió con nosotras desde que me quedé huérfana de padre, medio huérfana.

Cuando mi padre todavía no había tocado el suelo con la barbilla, muerto, los asesinos salieron corriendo hacia mi casa, dispuestos, y así fue, a meter la pistola en el cesto de la ropa sucia para que nadie encontrara pruebas; para que, de haber algún sospechoso, fuéramos nosotras mismas: su mujer y su hija, su suegra como mucho. De modo que la ropa se quedó ahí en el cesto, sucia, y ya nadie quería tocarla, ni siquiera para quemarla, que era lo que yo hubiera hecho desde el primer momento.

Estaba resentida con mi padre porque no le bastaba con morirse, sino que además tenía que ridiculizarme y avergonzarme delante de todo el mundo; al cabo de un rato me enteré de que nadie quería enterrarlo. La ropa del cesto quedó inútil ahí dentro y tuve que olvidarme de aquel vestido rojo que me gustaba tanto, porque además las señoritas no se preocupan por esas cosas; las señoritas son personas serias y responsables, con mayores preocupaciones que un vestido, pura frivolidad. Pero la pistola nadie vino a reclamarla inmediatamente, lo mismo que hice yo con aquel vestido que se quedó pequeño, más un símbolo que un vestido, comprendiendo de pronto que ya pertenecía a la vida anterior, aquella en la que mi padre estaba con nosotras (es un decir) y creíamos que la muerte era asunto de otros.

— Ahí, detrás del colegio abandonado, ahí mismo te digo, si no vais a recogerlo se lo van a comer las moscas, se lo van a comer entero. No querrás eso para el pobre.

Y, efectivamente, no era eso pero tampoco se sabía qué se quería para el pobre, que era mi padre. Todo el pueblo le había visto muerto, humillado. Con los pantalones por los tobillos y la cara de niño pobre, un niñito de clase baja con frío, hambre, todas las calamidades. Mi tío, al que parecía que no le había afectado en absoluto la muerte de su hermano, nos advirtió que nadie quería enterrarlo, nadie quería ocuparse de él, de aquel muerto que era nuestro.

Volví a sentir todo el resentimiento hacia mi padre, ya huérfana, y se abrió ante mí, por primera vez y porque sólo se puede abrir una vez de aquella forma, todo el mundo estúpidamente adulto.

(Frontera D)