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Contra el europeísmo elitista

Las elecciones europeas se acercan y los partidos políticos sacan su artillería pesada contra aquellos pocos que dejan oír su voz crítica con la deriva de la Unión Europea (UE) durante la crisis. Vuelven las consignas de siempre: “Fuera de Europa hace mucho frío”, “España no tiene futuro al margen de Europa”, etc., etc., etc. Y vuelven también los epítetos que se dedican a todos aquellos que no comparten la tradicional lírica europea: son “populistas”, “nacionalistas” y / o “xenófobos”.

Esta reacción despectiva resulta muy decepcionante, a la vez que revela la ausencia de un proyecto europeo mínimamente atractivo e ilusionante con el que atraer a la ciudadanía. Hay razones sobradas para emitir un juicio duro sobre la forma en la que las instituciones europeas, con la Comisión y el Banco Central Europeo a la cabeza, han gestionado la crisis. Especialmente si dicho juicio se emite desde los países más endeudados con el exterior, es decir, los países del sur, que han sido sometidos a una “terapia de caballo” (la de la austeridad) que ha hundido aún más sus economías, ha debilitado fatalmente sus frágiles Estados del bienestar y ha generado pobreza y desigualdad.

Hoy día, en el sur de Europa, a la UE la defienden principalmente las élites, es decir, las personas con mayores recursos económicos y mayor formación. Gente con alta cualificación, con idiomas, que viaja con frecuencia, ya sean empresarios, políticos, financieros, profesores de universidad o profesionales más en general. Son quienes más ganan con la globalización y con la integración europea. Son también quienes menos han sentido la crisis en su vida diaria.

En el pasado, antes de la crisis, era distinto: había una coincidencia entre el discurso de las élites y las actitudes y preferencias de la opinión pública. España, durante muchos años, fue uno de los países más fervorosamente partidario de la integración europea. Sin embargo, con la llegada de la gran recesión, el europeísmo se ha hundido en los países del sur.

En el siguiente gráfico, elaborado con datos del Eurobarómetro, muestro la evolución tan distinta que ha tenido la confianza en el Parlamento europeo en dos bloque de países. Por un lado, los cuatro países del Sur, fuertemente endeudados con el exterior y víctimas de las políticas de austeridad (España, Portugal, Italia y Grecia); por otro, los cuatro países del Norte más partidarios de la austeridad y la disciplina fiscal a ultranza (Alemania, Austria, Finlandia y Holanda). Como cabía esperar, la caída ha sido mucho más pronunciada en el bloque del Sur que en el del Norte. En los países del Sur, la confianza en el Parlamento europeo ha bajado en casi cincuenta puntos (algo insólito), mientras que en los del Norte la bajada no ha llegado a los 25 puntos.

La caída del bloque del Sur no parece afectar a las élites políticas, económicas e intelectuales de estos países. Se ha producido una desconexión entre estas élites y las sociedades de las que proceden. Mantienen un discurso que podía tener sentido antes de la crisis, pero que ya no encuentra eco en la ciudadanía. Es como si vivieran en un mundo distinto. Siguen instalados en el discurso de que la clave de nuestro futuro radica en la profundización de la unión económica y política entre los países europeos, tal y como se refleja en el ortegajo de que “España es el problema y Europa la solución”. La gente, sin embargo, se ha desengañado y entiende que si España es un problema, Europa, en estos momentos, es otro, tan o más grave como el nacional.

Por supuesto, hay muchos europeístas que admiten que algo ha fallado en el plano europeo durante la crisis. Pero su solución siempre consiste en reclamar “más Europa”, sin aclarar nunca cómo se va a conseguir la mayor integración económica y política que demandan. Quien dice “más Europa” dice igualmente “otra Europa”. Sin embargo, en una UE fragmentada, con un fuerte conflicto de intereses entrelos países deudores y los acreedores, ¿cómo se consigue “más Europa”? Y, más importante todavía, si no se logra “más Europa” en un plazo razonable de tiempo, ¿qué alternativa ofrecen las elites europeístas? ¿No se dan cuenta de que el sueño europeísta se ha transformado en una pesadilla para grandes capas de la población en proceso de empobrecimiento? ¿Cuánto podemos aguantar en la situación actual, mientras esperamos que lleguen las ansiadas reformas en forma de unión bancaria, unión fiscal, eurobonos, etc.? Y si estas reformas finalmente no se materializan, ¿qué hacemos? ¿Aceptar resignadamente el hundimiento del país?

Paradójicamente, lo que en mayor medida retrasa la consecución de muchos de los logros que se asocian a “más Europa” es la actitud sumisa de las élites europeístas del Sur. Mientras los países del Sur no defiendan conjuntamente sus intereses en la UE, los países del Norte mantendrán las actuales políticas, que tanto les benefician. Solo si hay una amenaza creíble de ruptura por parte de los países más afectados por la austeridad podrá abrirse un espacio para la negociación y el cambio a favor de una Europa más integrada y, por tanto, más solidaria.

Con otras palabras, la mejor manera de defender en estos momentos un cambio profundo en la arquitectura institucional del área euro pasa por abandonar de una vez el europeísmo acrítico de las élites del Sur. El cambio sólo será posible si los países del Norte perciben algún coste asociado al mantenimiento del statu quo. De momento, las loas de “más Europa” no han conseguido poner nervioso a nadie en los centros de poder de la UE.

(Ignacio Sánchez-Cuenca, Infolibre, vía Mientras tanto)