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Lo que no sabemos (Ángel Gabilondo)

Obviamente no es fácil saber con precisión en qué consiste lo que no sabemos, pero conviene tener en cuenta que no es simplemente aquello que desconocemos. En verdad, algo se hurta a la presencia, lo que se oculta, o desvía, o desfigura, lo que se esconde, lo que se acalla, lo que se silencia Hay que saber bastante para conocer lo que no sabemos. Y no tanto para aislarlo o rodearlo, sino para abordarlo desde el saber. Pero esta topografía consideraría que saber y no saber lindan por una línea que se trata simplemente de flanquear.

No siempre es lo mismo conocer que saber, y menos aún saber que estar informado. Viene muy bien conocer y estar informado para saber, pero no es suficiente. Saber supone un modo de relación con lo conocido, algo semejante a lo que Hegel denominaría reconocimiento, ya que, a su juicio, “lo conocido, precisamente por ser conocido no es reconocido”. Esto es, tenemos noticias de ello, nos resulta notorio, hacemos acopio de su contenido, pero eso no supone saberlo. Así, que puestos a no saber, podríamos no saber en qué radica saber. Pronto nos encontraríamos con la cuestión que el filósofo señala desde el Prólogo de la Fenomenología del espíritu, la del desafío de conocer, que parecería paradójicamente exigir conocer previamente en qué consiste el conocimiento, incluso para llegar a conocerlo. El camino, más bien, habrá de ser otro. Además, a su juicio, saber es siempre saber algo, pero nunca se reduce a ese algo sabido. Así que es recomendable ir con más cuidado.

Por eso sorprende tanto que haya a quienes no les cabe la menor duda. Presumir de lo que se sabe es ya dejar en evidencia que se desconoce el alcance de nuestro no saber. Bajo los auspicios de los indudables avances y conquistas, sólo llaman no saber a lo que parece estar dispuesto a ser sabido, a ser percibido y captado por el cazamariposas del pensamiento, en una operación eficiente más o menos práctica. Su “humildad” se reduce a que no se lo saben todo, pero su actitud no siempre es la de estar dispuestos a dejarse decir algo, sino a la de creer que lo saben ya todo y mejor que los demás. Este modo de saber, que es otra forma de arrogante ignorancia, tiende a anidar en cada uno de nosotros. Saberlo es ya saber algo.

Lo que no sabemos también nos constituye. No es el magma indiferenciado de lo que desconocemos. Uno es asimismo lo que no sabe y, en algún sentido, se requiere abrazarlo. Con ello, no es cosa de generar pesadumbre, sino un principio de activación del saber, imprescindible para proseguir en la tarea de buscar y de buscarnos, de crecer.

Sin duda tenemos certezas, lo que confirma ya un modo de relación, simplemente el de que estamos ciertos de algo. Sería precipitado identificarlo sin más con la verdad. Los excesos de esta imprescindible palabra y cuestión no son superiores a los que se requieren para hablar de saber y de vida. Y, como Foucault nos recuerda, convendría no desvincular estas cuestiones de las del poder. Precisamos seguridad, pero según crece nuestro conocimiento, algo sin duda deseable, a la par se incrementan las incertidumbres. Son nuevas, son otras, pero no dejan de serlo. Conocer es asimismo saber mejor lo que desconocemos.

Por eso, puestos a evaluar, lo interesante es apreciar y valorar lo que alguien sabe, reconocerlo y construir sobre ello la tarea de proseguir mejorando, y no se trata tanto de demostrar lo que desconoce. La cuestión no es ponerlo en evidencia. Cada quien tiene buenas razones para no hacer ostentación, e incluso quien pone a prueba a alguien tiene sus propios desconocimientos. Y aquí, comprender es a su vez una forma de saber. También es interesante el modo en que no se sabe, la relación con el propio no saber. Y una de las claves de la posibilidad de aprender. Y nada es más delator que ignorarlo absolutamente, cayendo en la osadía de exhibirlo como conocimiento.

Aprender es en cierto modo una forma de trato con el no saber, que no se limita a su constatación. Eso significa que en algún sentido ha de estar identificado o, si se prefiere, hemos de estar suficientemente diferenciados de ello. Lo que no sabemos no solo es lo que nos diferencia, es lo que nos permite aprender y saber. Y saber, entonces, que aprender no es simplemente un medio para saber, sino explícito saber. El saber del aprender confirma hasta qué punto es importante aprender, aprender lo que no sabemos, que es asimismo reconocerlo.

De no ser así, aprender no pasaría de ser un acopio de conocimientos, más o menos útiles, que no se incorporarían a quienes somos, sino que se adjuntarían, como un mero añadido, a lo que somos. Seríamos más o menos, pero nunca otros, ni mejores.

Hay que estudiar bastante para llegar a saber lo que no sabemos. Y para apreciarlo y desearlo. En definitiva, Aristóteles nos recuerda que es propio de los seres humanos buscar, muy singularmente eso tan enigmático que es la verdad, o el ser de lo que hay. Ello no se nos aparece. Y menos por el mero hecho de colocarnos en el deseo de conocer. Se precisa todo un trabajo minucioso y pormenorizado para que, súbitamente, como señala Platón, “después de una larga convivencia con el problema, después de haber intimado con él, de repente, como la luz que salta de la chispa, surge la verdad en el alma y crece espontáneamente.”

El demorarse y permanecer en determinados asuntos, de una concreta manera, con intensidad y con dedicación, abre el espacio de lo que podría llegar a ocurrir. Quizá solo así irrumpa el espacio en el que brotaría la idea, tal vez la que nos procure el mayor bien posible. Recriminar a quien reconoce no saber supone constatar el desconocimiento de quien lo hace. Precisamente se trata de crear las condiciones para una relación diferente. El mayor problema no es que no sabemos lo que somos, es que lo que no sabemos también es quienes somos. Y lo que no sabemos es quiénes somos.

(El salto del ángel)