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Más allá del europeísmo crítico. Costas Lapavitsas y la crisis de la Eurozona (Giaime Pala)

- El euro: una moneda que no podía funcionar.

Es probable que los historiadores de la economía del futuro señalen el 2013 como el año en que se abrió definitivamente el debate sobre la viabilidad de la moneda única europea: el euro. En efecto, pese a los esfuerzos del mainstream económico y de las organizaciones políticas europeas de todas las tendencias para ocultar este debate, en los últimos meses se han levantado numerosas voces que han reclamado o bien una reforma radical, o bien la disolución ordenada de una moneda considerada como insostenible para todos los países de la eurozona (EZ): desde los premios Nobel de Economía Stiglitz, Krugman, Pissarides, Mirrless y Sargent hasta Martin Feldstein y los economistas que han redactado el “Manifiesto de Solidaridad Europea” [1]. Sus argumentos se fundamentan en un concepto básico, y mayoritariamente aceptado en la comunidad científica, de macroeconomía: que una zona monetaria no óptima, como la EZ, no era viable sin una unión político-fiscal europea que garantizara fuertes transferencias de dinero de los países más ricos hacia los más débiles y sin un Banco Central Europeo (BCE) que actuara de prestamista de última instancia para cada uno de los Estados miembros.

Una “área monetaria óptima”, concepto acuñado por el economista Robert Mundell en 1961 [2], es la que se crea cuando un grupo de Estados deciden adoptar una misma moneda (y fijar, por ende, el tipo de cambio) y presentan unas perfectas flexibilidad de precios y salarios y movilidad de los factores de producción. No era éste, repetimos, el caso de la EZ, la cual tampoco podía contar, a diferencia de los Estados Unidos (otra zona monetaria no óptima), con un fuerte presupuesto federal y un Banco Central comprometido no sólo con la estabilidad de precios, como el BCE, sino también con el crecimiento de la economía y la garantía de la deuda pública del país. En suma, la EZ que se diseñó en el Tratado de Maastricht de 1992 se ha revelado una estructura totalmente inestable y, lo que es peor, peligrosa, en tanto que ha provocado, como detallaremos más adelante, una marcada divergencia económica entre los países del sur y los del norte de Europa, con sus consiguientes tensiones políticas. Visto el asunto con conocimiento de causa, podemos constatar cuánta razón tenía el gran economista Nicholas Kaldor cuando, en 1971, afirmó no sólo que era imposible construir una unión monetaria sin una unión político-fiscal que la respaldara, sino que plantear un proceso de unificación europea partiendo de la moneda causaría graves tensiones socioeconómicas que terminarían impidiendo la misma unión política de los Estados del continente [3]. Esto es justamente lo que ha pasado, ya que para no sacrificar una moneda única que, a partir del inicio de la crisis en 2008, empezó a hacer agua por todos lados, se ha empobrecido a millones de personas mediante los planes de austeridad impuestos por la “Troika” (Comisión Europea, BCE y FMI). La consigna, implícita pero indiscutible, que lanzaron las instituciones comunitarias a los pueblos europeos es que estaban empeñadas en salvar al euro de sí mismo y no en salvar a los ciudadanos de un euro completamente disfuncional [4]. Con el añadido de que el acuerdo de gobierno firmado en otoño de 2013 por la CDU de Angela Merkel y el SPD pone negro sobre blanco que Alemania, el país hegemónico y más rico de Europa, no permitirá en los próximos cinco años una unión político-fiscal de la EZ. En definitiva, estamos ante un panorama sombrío, caracterizado por el estancamiento económico y el peligro de la trampa deflacionaria, un nivel de pobreza inédita en Europa y una creciente acumulación de poder por parte de instituciones no democráticas como la Comisión Europea, el Consejo Europeo y el BCE, que está privando a los ciudadanos del “Viejo Mundo” del más importante derecho conseguido en la edad contemporánea: la soberanía popular.

Así las cosas, se nos impone a todos el deber de sofisticar nuestros conocimientos acerca de las características y la crisis de la EZ con vistas a ofrecer propuestas convincentes para que Europa salga del atolladero en que se encuentra. Y para hacerlo, uno de los mejores libros es el del economista Costas Lapavitsas Crisis en la eurozona (Capitán Swing, 2013), que recoge una serie de informes redactados entre 2010 y 2011 y ofrece tanto una descripción de la crisis del euro como una plan de disolución concertada y progresista del mismo [5]. Veamos, pues, los motivos que explican por qué la moneda única no ha sido, tal y como prometió el establishment europeo en las últimas dos décadas del siglo XX, un factor de bienestar para los ciudadanos, y cómo salir de ella.

- Los costes socioeconómicos de la eurozona y las alternativas a la moneda única.

Un análisis mínimamente articulado de la trayectoria de la eurozona tiene que partir de dos puntos: 1) el euro era una propuesta monetaria simétrica para realidades económicas asimétricas; y 2) esta propuesta simétrica se diseñó en base a los fundamentos macroeconómicos del país más fuerte del continente, es decir, Alemania. De hecho, que el Sistema Monetario Europeo (SME), que fue el primer serio intento de convergencia monetaria y que produjo fuertes desequilibrios en las balanzas de cuentas corrientes de los Estados, volara por los aires para que éstos pudieran afrontar el “shock” del ataque a la libra inglesa de 1992, no fue óbice para que las élites europeas impusieran una moneda única cuyo tipo de cambio fuera aún más rígido e, insistimos, con características calcadas a las del marco alemán. De manera que, a partir de mediados de los años noventa, casi todos los países de la futura EZ tuvieron que autodisciplinarse económicamente para acercarse a los duros parámetros de deuda y déficit públicos (60% y 3%, respectivamente) y baja inflación aprobados en Maastricht. Una vez fijado el tipo de cambio en 1999, volvió a producirse el mismo fenómeno que, a la larga, reventó el SME: la afluencia de capitales de los fuertes países del norte hacia unos países del sur que ya no podían devaluar sus monedas y que ofrecían tasas de interés natural más altas.

Lógicamente, ello provocó un aumento de la inflación y una pérdida de competitividad de estos países, acompañados de la creación de burbujas financieras ligadas, como en España, al sector de la construcción. Además, dicha llegada de capitales, unida al estancamiento de los salarios reales que, en los países de sur, inició en los años ochenta, causó un todavía más preocupante endeudamiento de familias y empresas. Cuando el flujo del crédito internacional se interrumpió después de la quiebra de Lehman Brothers en 2008, los Estados tuvieron que rescatar a los bancos privados e inyectar liquidez para mantener a flote sus economías lastradas por el aumento del paro, por lo que los niveles de déficit y deuda públicos se elevaron rápidamente. A mayor abundamiento, una vez que la Troika optó por no garantizar la deuda pública griega después de que el recién elegido presidente Papandreu revelara en 2010 que Grecia estaba al borde de la bancarrota, los otros Estados del sur se vieron envueltos en una crisis de la prima de riesgo para salir de la cual tuvieron que sucumbir al chantaje que les presentó el BCE en agosto de 2011: la compra de deuda pública en los mercados secundarios a cambio de recortes de los salarios, precarización del mercado laboral, programas de privatización de los servicios públicos y reformas constitucionales que sancionaran límites estrictos de déficit público.

Por si ello no bastara, el autor nos recuerda que, a partir de 2003, el gobierno alemán acaudillado por Gerhard Schröder dio inicio a una contundente política de dumping social (la famosa “Agenda 2010”) basada en una presión sobre los salarios a causa de la cual —y a diferencia de lo que ocurría en los países del sur— los «costes unitarios laborales se movieron a un ritmo casi idéntico al de la productividad» (p. 57); lo que, sumado a una inflación que se mantenía más baja que la del resto de la EZ por una demanda agregada anémica, impulsó de forma extraordinaria la competitividad alemana. Liso y llano: el gobierno de Schröder realizó una auténtica devaluación interna al tiempo que la llegada de capitales de norte, la mayoría de los cuales procedían de Alemania, carcomía las economías del sur, endeudándolas (para comprar los productos alemanes ahora ya más convenientes) y mermando su competitividad [6]. El quid de la cuestión, como ya empieza a resultar evidente hasta a la prensa moderada más inteligente, reside en que el euro representó un drama tanto para las economías del sur —que no estaban preparadas para adoptar una moneda que, para más inri, no paró de apreciarse a partir de 2002 con la complicidad alemana y del BCE (cuyo objetivo era convertirlo en la gran moneda de reserva mundial)— como para los trabajadores alemanes, sobre cuyos sacrificios salariales se basó el tan cacareado “éxito alemán”. Pocas dudas pueden caber ya acerca de que el euro ha sido el principal instrumento mediante el cual la oligarquía europea ha disciplinado a los trabajadores del continente y derrumbado los avances sociales obtenidos después de la Segunda Guerra Mundial.

La explicación de Lapavitsas de la divergencia económica continental que trajo el euro es robusta, documentada y ha sido confirmada en los últimos dos años por numerosos economistas. Con todo, hay un punto que olvida y que otro gran analista de la moneda única, el italiano Alberto Bagnai, ha subrayado con acierto: la política económica seguida por Schröder (y luego Merkel) ha ido en contra de uno de los artículos más importantes del Tratado de Maastricht, el número 2, según el cual el objetivo de la entonces Comunidad Económica Europea era el desarrollo armonioso y equilibrado de las actividades económicas en el conjunto de la Comunidad, un crecimiento sostenible y no inflacionista que respete el medio ambiente, un alto grado de convergencia de los resultados económicos, un alto nivel de empleo y de protección social, la elevación del nivel y de la calidad de vida, la cohesión económica y social y la solidaridad entre los Estados miembros [7].

Obviamente, el dumping social alemán era todo lo contrario de la política auspiciada por el Tratado. Sin embargo, ningún gobierno europeo del sur apeló a ese artículo para neutralizar las medidas de competición desleal practicadas por los gobiernos de Alemania. Todo lo contrario. A partir del inicio de la crisis, los segundos aprovecharon la crisis de deuda (interna/externa, pública/privada) que padecían los primeros para imponer una dinámica de “centro” y “periferia” en virtud de la cual Alemania se sintió lo suficientemente fuerte como para dictar los duros programas de austeridad dirigidos a obligar a las sociedades del sur a pagar sus deudas a los bancos del norte. Concluyentemente, el proyecto de la EZ ha fracasado a la hora de impedir, como quería François Mitterand después de la caída del Muro de Berlín, que Alemania se erigiera en el país dominante de la UE. En estos momentos, hasta los políticos e intelectuales alemanes más honestos (U. Beck, H. Schimdt) se muestran preocupados por esta Alemania imperial que va granjeándose el odio de unos vecinos del sur sometidos a violentas terapias de austeridad social.

¿Qué hacer, por tanto, para evitar que éstos terminen sofocados por semejante situación de desesperanza y humillación? Lapavitsas nos presenta, a lo largo del libro, tres escenarios de futuro. El primero corresponde al que los eurócratas y gobiernos nacionales de la EZ han impuesto a la población europea: la austeridad, que el autor rechaza por basarse en un diagnóstico errado de las causas de la crisis, por los estragos sociales que está causando y, last but not least, por no solucionar los problemas económicos de los pueblos europeos.

Un segundo escenario podría ser el de una reforma en profundidad del modelo de gobernanza de la EZ, basada en la unión político-fiscal de los territorios que la componen, en transformar el BCE en un organismo obligado a realizar políticas monetarias pensadas para fomentar el empleo y el crecimiento, y en crear una “Oficina de Deuda Pública” que pudiera coordinar la emisión y gestión de la deuda pública de cada Estado en colaboración con el BCE. Al respecto —y con razón, si pensamos en el ya citado acuerdo de gobierno alemán— Lapavitsas se muestra escéptico sobre su viabilidad, ya que comportaría una radical reestructuración de la soberanía en toda la EZ, dentro de la cual existe una férrea jerarquía de Estados e insoslayables intereses nacionales. Por otra parte, como ha recordado recientemente Wolfgang Streeck, aun en el caso de que los contribuyentes del norte quisieran costear la unión fiscal de la UE, ésta terminaría reproduciendo el viejo modelo italiano: un “Mezzogiorno” enjaulado en una unión monetaria que le es perjudicial, cuyo atraso sería paliado por el dinero del norte a costa de la renuncia de aquel a un futuro de progreso social y pleno empleo [8].

El tercer escenario es el del impago de la deuda por parte de los Estados del sur de Europa, y su salida de la moneda única. Este es el panorama que Lapavitsas considera más conveniente para ellos. Eso sí, siempre y cuando el proceso de salida no fuera desfavorable para sus clases trabajadoras, ya duramente castigadas en estos años de recortes. Para ello, el economista griego indica que el impacto, en su opinión fuerte, que tendría la salida de un país de la EZ, debería ir acompañado de medidas como: 1) la suspensión de pagos y la restructuración de la deuda internacional; 2) la nacionalización y la creación de un sistema de bancos públicos que garantizara los depósitos de los ciudadanos y concediera créditos en condiciones razonables a pequeñas y medianas empresas (lo que protegería el empleo); 3) controles de capitales para evitar el flujo de salidas de fondos líquidos y proteger el sistema bancario del país que decide recuperar su soberanía monetaria; 4) una fuerte intervención pública para controlar aquellas áreas estratégicas de la economía (transportes, energía, telecomunicaciones, etc.) amenazadas por el impacto de la salida de la EZ. Como se puede notar, Lapavitsas concibe la salida del euro no sólo como una necesidad inevitable dada la situación de inmovilismo político que caracteriza la EZ, sino también como una oportunidad para llevar a cabo una reforma estructural de la economía por completo diferente de las recetas neoliberales que se han aplicado en Europa (y que nos empujaría, de paso, a repensar nuestras políticas fiscales, energéticas e industriales).

Si bien el autor presenta un panorama de salida de la moneda única más impactante y menos detallado que los que plantean economistas como Jacques Sapir o el mismo Bagnai [9], su propuesta tiene un mérito indudable: el de ofrecer a la izquierda de los países del sur un programa de emergencia pero también ofensivo, capaz de aglutinar a las capas sociales pauperizadas por la austeridad y a millones de jóvenes sin perspectivas de futuro. Un programa, pues, que ofrece esperanza y un papel de protagonista a una izquierda transformadora que, desde que estalló la crisis, no ha sabido —o podido, según se mire— detener la ofensiva de la Troika. Porque, haciendo un ejercicio de honestidad, deberíamos reconocer que la izquierda europea no se encuentra en su mejor momento: en los tres principales países de la EZ, o ha sido arrinconada del juego político (Italia) o se encuentra claramente estancada en sus perspectivas de voto (Francia y Alemania); tampoco en Portugal y España las cosas van mucho mejor, ya que los partidos socialistas ibéricos parecen haber parado la hemorragia de votos que estaban sufriendo y frenado el ascenso de las siglas a su izquierda (IU, PCP y Bloque de Esquerda). Sólo en Grecia, Syriza sigue manteniéndose como alternativa real de gobierno. Este es el motivo por el que su líder, Alexis Tsipras, ha sido nombrado candidato por el Partido de la Izquierda Europea (PIE) a la presidencia de la Comisión Europea para las elecciones de mayo. Unas elecciones de extraordinaria importancia, hasta el punto de que el mismo Tsipras ha afirmado que representan «la última oportunidad» para construir una UE justa y «de las personas» [10]. O, lo que es lo mismo, que estamos ante la última oportunidad para el llamado “europeísmo crítico”. Habrá que ver qué resultados conseguirá el joven político heleno. Por ahora, los sondeos apuntan a un elevado nivel de abstención y a un crecimiento del PIE claramente insuficiente para determinar un cambio sustancial en las políticas de Bruselas. En fin, no es descartable que esta “última oportunidad” termine en un fracaso, razón por la que es oportuno formular aquí una última reflexión sobre cómo la izquierda se ha relacionado hasta hoy con el proceso de unificación europea.

- Más allá del “europeísmo crítico”.

Una de las mayores cualidades del libro de Lapavitsas es que obliga a la izquierda continental a hacer un esfuerzo de clarificación mental acerca de un europeísmo —“crítico” todo lo que se quiera, pero europeísmo al fin y al cabo— del que, desde los años setenta, hace gala con orgullo. Esto es particularmente cierto para las izquierdas del sur [11], para las que el dogma de tener que conseguir una unidad de destino con países tan alejados y dispares como Letonia, Alemania, Finlandia o Irlanda, les ha impedido imaginar un futuro para sus países dentro de espacios económicos, culturales y lingüísticos más coherentes y factibles (área mediterránea e Iberoamérica). Es más, repetir machaconamente durante más de treinta años que se debía alcanzar una “escala” y un único “sujeto de lucha” europeos, no ha servido a la izquierda para crear un medio de información común a todos los países de la UE ni para tener una idea mínimamente clara de las características socioeconómicas de cada una de las realidades que componen el mosaico comunitario: pregunten, si no, a un militante español por las características del mercado laboral holandés o por la composición social de Italia. Y, sin embargo, un “sujeto europeo”, si quiere ser realmente viable e incisivo, no puede no basarse en el conocimiento pormenorizado de todas sus partes; máxime si se tiene en cuenta que la Unión Europea, y más todavía la EZ, son áreas profundamente asimétricas desde un punto de vista económico, por lo que resulta complicado dar con soluciones a los problemas comunitarios que satisfagan a todos (cuestión importante, ya que para reformar los tratados europeos se necesita la aprobación unánime de los países de la Unión).

Es por eso por lo que el error que ha cometido la izquierda no es tanto haber apostado por el federalismo continental y el europeísmo social como haberse negado siquiera a pensar en un “Plan B” en caso de que sus planteamientos se demostraran —como ya parecen serlo— muy difíciles de realizar en el corto-medio plazo, esto es, el plazo para revertir una situación de descomposición social como la que vivimos. Nunca ha habido un plan alternativo porque en el fondo no lo podía haber: durante lustros fue fuerte —y, aunque menos, aún lo es— la convicción según la cual los países de la EZ estaban destinados a aceptar una mayor unión política y fiscal que haría sostenible para todos una moneda única “germanizada”. Dicho con otras palabras: que el europeísmo nadaba a favor de la corriente histórica y que, pese a todas sus contradicciones y a las brutales políticas antipopulares que los gobiernos de los países de la EZ estaban obligados a aplicar, se iba “por el buen camino” en la medida en que se crearía ese gran espacio europeo cada vez más homogéneo en el que la izquierda asumiría un rol de protagonista. Todo ello porque se consideraba como verdad incuestionable el hecho de que el europeísmo, ideal interclasista por antonomasia (tan europeísta puede sentirse Emilio Botín u Oli Rehn que un parado del Baix Llobregat o una ama de casa de Vallecas), iba a ser una palanca eficacísima para construir un continente socialmente avanzado. Un convencimiento que, elevado a su máxima expresión acrítica, llevó a muchos sindicatos europeos y a intelectuales como Antonio Negri a pedir el “sí” para el referéndum sobre el proyecto de Constitución Europea de 2004 [12] (texto que blindaba, mucho más que el Tratado de Lisboa de 2007, el actual modelo de gobernanza político-económica de la UE contra el que la izquierda está luchando hoy en día con enormes dificultades).

En definitiva, pese a los recortes sociales que se han producido en los países del sur para salvar la moneda única, y a las reglas económicas que gobiernos conservadores y socioliberales establecieron en los años noventa, la izquierda optó por no cuestionar el marco monetario vigente por considerarlo un marco irreversible pero modificable en un sentido progresivo. De manera que el euro venía a ser considerado algo así como una suerte de “final de la historia político-monetaria” del que nadie podía volver atrás so pena de ir en contradirección del natural progreso europeo, y que podía transformarse en un arma arrojadiza contra los mismos que la crearon —con toda la intención del mundo— con aquellas características neoliberales. Tamaña convicción contrastaba con una historia reciente plagada de rupturas de uniones monetarias (más de setenta después de 1945), con los vaticinios de un amplio número de economistas y, sobre todo, con una respuesta popular que no pudo parar —precisamente por la dificultad de construir un sujeto de ámbito continental— las políticas implantadas por la Troika. De ahí que, en este momento concreto y dentro de la izquierda, los partidarios de la moneda única estén en una situación cada vez más complicada a la hora de defender su posición, lo que explica el uso abundante que ellos hacen del tremendismo para representar un escenario posteuro en que los ciudadanos sólo encontrarían “desastres”, niveles de inflación “weimarianos” y tercermundismo social. En una palabra, una no-explicación que hace mella en los miedos de una población en seria dificultad económica para abortar el debate. Y huelga decir que la izquierda, hija histórica de la Ilustración, no puede ni debe basar sus decisiones políticas sobre el miedo, sino sobre el debate racional y la esperanza. Por este motivo conviene alejarse de los profetas del Apocalipsis y apostar por una discusión sosegada y que tenga en cuenta los excelentes estudios de los que disponemos para articular una propuesta convincente de salida de una moneda única destinada, tal y como están las cosas, a implosionar. Y el libro de Costas Lapavitsas es uno de ellos. Como él mismo nos recuerda, hay alternativas al euro que nos permitirían construir una Europa verdaderamente fraternal. Sólo hace falta que salgamos del bloqueo cognitivo que nos impide ver que, fuera de la EZ, hay vida. Y, si estamos dispuestos a discutir seriamente sobre el tema y a luchar, una vida mejor y más justa que la actual.

(Notas):

[1] Juanma Lamet, «Los cinco Nobel de Economía que contemplan la salida de España del euro», Expansión, 7 de julio de 2013; sobre el Manifiesto de Solidaridad Europea, véase la página web: www.european-solidarity.eu.

[2] Robert Mundell, «Theory of optimum currency areas», American Economic Review, n.º 51, 1961, pp. 657-665.

[3] Nicholas Kaldor, «The Dynamic Effects Of The Common Market», The New Statement, 12/03/1971.

[4] Esta es una de las principales conclusiones del excelente libro de Gavin Hewitt, Europa a la deriva, Madrid, Alianza, 2013.

[5] En realidad, los estudios que forman el libro han sido elaborados por un equipo de economistas guiado por Lapavitsas. Sin embargo, en el presente texto se mencionará sólo al economista griego por una cuestión práctica.

[6] Para una visión exhaustiva de la política económica y laboral de Alemania desde 1989, véase también: Rafael Poch-de-Feliu, Àngel Ferrero, Carmen Negrete, La quinta Alemania, Barcelona, Icària, 2013; Vladimiro Giacché, Anschluss. L’annessione. L’unificazione della Germania e il futuro dell’Europa, Reggio Emilia, Imprimatur editore, 2013.

[7] Alberto Bagnai, Il tramonto dell’euro, Reggio Emilia, Imprimatur editore, 2012, pp. 231-232.

[8] Wolfgang Streeck, «Mercados y pueblos: capitalismo democrático e integración europea», New Left Review (edición en castellano), n.º 73, marzo-abril de 2012, pp. 55-62.

[9] Jacques Sapir, S’il faut sortir de l’Euro…, Cemi-Ehess, París, 2011; Alberto Bagnai, Il tramonto dell’euro, op. cit., pp. 307-398.

[10] Alexis Tsipras: «Este es nuestro momento, es la última oportunidad para cambiar Europa», Público, 14 de diciembre de 2013. Consultable en: http://www.publico.es/internacional/489232/alexis-tsipras-este-es-nuestro-momento-es-la-ultima-oportunidad-para-cambiar-europa.

[11] Con la excepción de los Partidos Comunistas de Grecia y Portugal, desde siempre contrarios al proceso de unificación europea tal y como éste se ha desarrollado.

[12] Una crítica punzante y eficaz a los argumento que Negri (y sobre todo Habermas) adujeron para apoyar el proyecto de Constitución Europea es la de José María Ripalda, «Habermas y Europa», mientras tanto, n.º 96, 2005, pp. 17-22.

(Mientras tanto)