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Nosotros, vosotros, ellos (Ángel Gabilondo)

Suele decirse que ellos son los otros y que los otros son ellos. Pero acostumbramos a olvidar que nosotros somos también otros, otros para nosotros mismos Eso dice literalmente nosotros, otros cada quien respecto de sí mismo y de los demás. Si no hemos hecho la experiencia de ser otros para nosotros, el nosotros es una amalgama indiferenciada, que no pasa de ser un yo. Ahora bien, somos nosotros porque cada quien somos otros uno respecto de los otros. Nos-otros, otros.

En realidad, reconocemos que el nosotros supone una memoria compartida, una identidad narrativa que preserva, mediante un relato, la diferencia en que consistimos. Pero en ocasiones viene a ser, más que la asunción de la propia diferencia, un modo de diferenciarse. Entonces podría ocurrir que fuéramos nosotros, no para no ser como ellos, sino para que haya ellos. Es decir, para salvaguardar una distancia. Tal vez sea necesario un acercamiento, siquiera el que propicie un tú colectivo, y eso supone recuperar el discurso del vosotros, el que nos permite dirigirnos directamente sin buscar enfatizar las distancias o mantener a buen recaudo a quienes más bien parecen necesarios para que seamos nosotros.

Este movimiento que conduce del ellos al vosotros es el equivalente al que hace que él o ella vengan a ser un tú. Eso exigiría que fuéramos asimismo un tú para los otros. Sin este tú a tú, los demás siempre resultan indiferenciados, hostiles, lejanos y, si es preciso, insidiosos. Ser capaces de caminar del ellos al vosotros nos habilita para ser también interlocutores. Y así cabe la conversación, no solo entre nosotros acerca de ellos, sino entre ellos y nosotros, que ya son, ya sois, vosotros. Y en tal caso, no se trata de calificar o de descalificar, sino de hablar, de conversar, de escuchar, de decir.
La permanente tendencia a considerar que vosotros sois ellos, sois como ellos, todos iguales, indiferenciada e indistintamente, obstruye el diálogo efectivo, el que se sustenta en lo común que nutre las diferencias, sin hacer que necesariamente vengan a ser abstractas identidades.

Por eso no deja de ser pertinente quiénes somos nosotros. No simplemente algo ya definido, cerrado y clausurado. El proceso de narración, no solo de lo que hemos sido, impulsa a lo que no pocas veces está por construir. No es un mero asunto de reconocimiento, sino el nombre de una tarea colectiva. Deslindar lo otro para ser nosotros supone ignorar en qué medida nos es radicalmente constitutivo, forma parte de nosotros hasta el punto de que sin ellos, ya vosotros, sin vosotros, no somos nosotros.

La dialéctica nosotros-ellos es en ocasiones solo aparente dialéctica, dado que se limita a ser mera oposición sin relación y, por tanto, sin resolución. Parecería entonces que los argumentos, las buenas razones, los conflictos y los encuentros no producirían avance alguno, únicamente la constatación de una distancia.

Decir nosotros ha de ser, por tanto, un factor de incorporación, que no busque anular ni aniquilar las diferencias, reduciéndolas mediante un simple proceso de asimilación. No faltan por eso quienes esgrimen que los verdaderamente nosotros, el sujeto de verdad del nosotros, es el nuestro, y no el de ellos. Son ellos quienes no nos dejan ser nosotros, pero quizás ese otro nosotros viene a suponer algo similar.

Por eso sería interesante no limitarnos a recorrer permanentemente el camino del yo al nosotros y del nosotros al yo, mientras ellos lo lamentan. No vaya a ser que ellos seamos nosotros. Se dirá, tal vez, que los otros pueden serlo con nosotros, a lo que cabe replicar que tal vez nosotros podemos serlo siendo otros para ellos. Así no habrá conversación y nunca nos encontraremos con vosotros. Y lo deseamos y los necesitamos. De no ser así, únicamente se constatará el conflicto para erigirse en el sujeto del discurso.

Cuando recurrimos a las diferencias como identidades, y las limitamos a ellas, ignoramos que en tal caso se diluye el nosotros en un yo. Sea o no colectivo, no por eso deja de ser una negación de la alteridad constitutiva, para empezar, aquella que no es un ingrediente, ni siquiera solo un componente, sino una sustancia que es verdaderamente sujeto.

Nosotros, llamados a aprender a hablar y a aprender a callar, nosotros, que no hemos de ser propietarios de la palabra, nosotros, que no sabríamos decir muy claramente quiénes somos y que, sin embargo, somos quienes no lo sabemos, nosotros, que lo decimos para poder saberlo, no deberíamos construir contra un ellos. Ellos son con nosotros. Son nuestro vosotros, porque precisamente, como corresponde, son muy suyos.

Queda por afrontar quién dirá nosotros. Semejante planteamiento ya abre el espacio para considerar al vosotros, a quien uno se dirige o del que forma parte, con quien uno cuenta, por ese carácter enfático que va más allá de sí: vosotros, yo no. O mejor, vosotros, no solamente yo, no solamente nosotros.

Se trata de poner los prejuicios en juego. Sin ello no sería posible aproximación alguna, y sin ese tránsito del nosotros a vosotros, y de vosotros a nosotros, sin esta circulación, nunca estaremos concernidos por algo. Solo haciéndolo corresponderemos efectivamente, hasta aspirar a un acuerdo. Hacerse con el otro no es una apropiación, es un tarea conjunta, la de persuadirse conjuntamente. Para ser nosotros no es preciso tratar de desembarazarnos de nuestros prejuicios, puesto que prácticamente forman parte de quienes somos. Es cuestión de elegirlos, formularlos, presentarlos, interpretarlos y aplicarlos. Y no simplemente de airearlos.

Poner en juego la propia comprensión, estar abiertos a la palabra y correr sus riesgos es la única vía para que ellos sean ahora un vosotros y nosotros con ellos, esto es, con vosotros. Solo así conjugaremos la situación. Si no buscamos estas coimplicaciones porque no deseamos complicaciones, no hay respuesta, no hay interlocución, no hay conversación, no hay asociación alguna. No hay nosotros, ni vosotros, solo una pluralidad de yoes.

(El salto del ángel, El País)