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Oí decir que... (Ángel Gabilondo)

Volver es también retornar a algunas palabras, ejercitarse de nuevo en ciertas prácticas, enfrentar concretas cuestiones y, sobre todo, reencontrarse con algunos interlocutores. Son nuestros otros, y en esa medida rostros de uno mismo. Si hubiéramos de resumir cómo nos va o nos ha ido, con frecuencia titubearíamos, reiteraríamos lo ya sabido o lo que hemos oído decir y tal vez nos limitaríamos a comentarlo. En todo caso, confiamos en exceso en la repetición como garantía. Y nos amparamos en ella. Aún más, nosotros mismos nos contamos lo pasado en la búsqueda de la confirmación que supone copiarlo cien veces en el tablero. No hacen falta ni más pruebas, ni más argumentos. Contrastar es simplemente, por lo visto, oírlo en más de una ocasión. Parecería ser la constatación, la seguridad, de que efectivamente ya estamos.

Aprender a distinguir en la vorágine de cosas habladas y contadas lo que en verdad de alguna manera nos dice algo, no siempre resulta fácil. Podría suceder que si hubiéramos de recapitular lo que hemos sido capaces de escuchar recientemente, solo, en el mejor de los casos, resonarían las caracolas marinas de Neruda. Es cierto que, si hay algo que decir, es porque algo se nos viene diciendo. En realidad, es cuestión de inscribirse en ello, siquiera para buscar decir otra cosa. Para eso no está mal escuchar o leer, esto es conversar y pensar, y ojalá hayamos sido capaces de hacerlo, para tener alguna cosa que inaugurar o que recrear. Y cabe preguntarse qué hemos realizado recientemente al respecto. Compartirlo es una forma de apreciarnos.

Pero cuando Platón afirma “akoé”, “oí decir que”, no es que sencillamente haya rumores o noticias, es que alguna otra posibilidad ha atravesado los tiempos y los espacios más inmediatos, alcanzándonos desde un cierto lugar sin espacio, desde un momento sin tiempo. Si se escribe, y él lo hace, es porque parece haberse escuchado algo que no basta con citarlo. Se presenta como en cierto modo inmemorial, aunque es memoria concreta. Se trata de algo difusamente sucedido y a la par contado y legado en el diálogo entre intervinientes, testigos y un auditorio, todos ellos participantes.
Lo que se dice nos llega a través de testimonios, de quienes estuvieron cerca, de quienes contemplaron y no simplemente vieron, de quienes son recabados para abrir de nuevo esa historia y son llamados a verse concernidos, a dialogar al respecto, en una conversación en la que el verdadero narrador es la memoria. Todo un coro de voces procede como un manantial. No es un mero oír, es un escuchar algo y a alguien, y que merece ser, no simplemente transmitido, sino más aún trasladado, quizá relatado. Y este modo de hacer nos alcanza. Y así, juntos, vamos elaborando, y se va tejiendo un discurso plural, abierto, sin sujeto ni propietario, que cada quien incorpora a su vida sin adueñarse de él.

Nuestros retornos, cada vez que no nos limitamos a volver, son ocasiones singulares para reactivar el oído, lo que supone no claudicar ante la proliferación indiscriminada y ruidosa de lo que se nos ofrece. Y menos aún limitarnos a describir lo que hemos hecho, que, por cierto, hecho está, y lo que nos ha pasado, que pasado queda. Y no suele ser tan interesante. Ahora bien, volver es en cierta medida reencontrarnos con lo que cada quien nos empeñamos en contar como significativo. Y no pocas veces en callarlo. O, en su caso, en mostrar, en certificar, incluso en documentarlo con imágenes. Para no decir mucho más.

Sin embargo, aquello que realmente nos alcanza o ha alcanzado no es tan fácil de narrar. Al volver, no podríamos decir muy bien cómo nos ha ido. Quizá solo un escueto adjetivo preservaría en silencio lo que en verdad hemos oído del rumor de lo más vivo de la existencia. Tal vez únicamente podríamos compartirlo con quienes se han visto afectados por el mismo murmullo. Solo entonces cabría esa conversación que anhelamos, de pequeños gestos, de apenas indicaciones, de alguna sugerencia, porque somos rebasados por similar experiencia. No hay mucho que hablar, aunque eso no impide procurarlo. Antes bien, lo reclama. Adelantamos: “ya sabes…”, que es un modo tanto de decir como de zanjar el asunto.

Siempre cabe pensar lo no pensado, sentir lo no sentido. Estar vivo supone en cierto modo no dejar de hacerlo. Por eso hay situaciones que nos procuran una singular alerta, que nos despiertan de letargos inquietantes, precisamente por su naturalidad, por su capacidad de ocupar incluso nuestras ocupaciones. Otras, sin embargo, horadan de tal manera que más son un infecundo hueco que un vacío. Hay algo deseable, pero asimismo inquietante en la normalidad de lo habitual. Y quizá precise ser irrigado con aquello que nos hace decir. Venimos a nosotros mismos como procedentes de lo que hemos oído, y sentimos la necesidad de decírnoslo conjuntamente. También para oírlo mejor.

Quizá por todo ello, aún nos queda un modo bien peculiar de oír, el que únicamente se produce cuando compartimos y escuchamos conjuntamente, el que solo ocurre al hacerlo así. Nos reencontramos y reunimos para oír a la par. Y no exactamente de modo idéntico. Este oír a la vez es un regalo que en ocasiones se produce cuando nos lo decimos unos a otros. Considerábamos que ya lo habíamos atendido por nuestra cuenta, que ya lo conocíamos o sabíamos, que ya lo teníamos, que sería suficiente con dictarlo a los demás, con transcribirlo a los otros, pero no era sino una posibilidad que nos convoca a tratar de oírlo de verdad, algo que solo sucede en ese modo de escucha que es leer, hablar, y escribir sin ignorar a los demás. Pensábamos, tal vez, que ellos habrían de limitarse a atender lo que ya nosotros tendríamos atrapado, pero en rigor la palabra no nos pertenece, siempre nos viene del otro, es la venida del otro.

Creíamos haber llegado y son los demás quienes nos llegan y solo así nos hacen arribar. Ellos son nuestro venir. Sin ellos no llegaríamos nunca, no escucharíamos jamás, no habría nada que decir. Su cercanía nos hace comparecer. Al reencontrarnos es cuando concretamente retornamos.

Cuando Platón se plantea la conveniencia o la inconveniencia de escribir, lo hace, por cierto mediante un texto escrito, en el final del Fedro. A la interpelación del éste, “cuenta lo que dices haber oído”, Sócrates señala: “Pues bien, oí decir que había por Naucratis, en Egipto…”. Las artes de Theuth presentadas ante el rey Thamus, resultan sin duda extraordinarias, ya que “descubrió el número y el cálculo, la geometría y la astronomía, y, además, el juego de las damas y el de dados, y, sobre todo, las letras” .Y acerca de su utilidad, la escritura se propone como un fármaco de la memoria y de la sabiduría”. A partir de semejante oír y relatar se abre la conversación en la que aún nos hallamos.

En el momento de su decidida muerte, Sócrates insiste en que “oí decir que siempre es precio acabar entre palabras de buen augurio. Por tanto, tened calma, sed valerosos”. Las fuerzas y las razones del pensar no pocas veces se nutren de un “oí decir que…”, incluso en tiempos en los que un profundo mal de oído, que afecta a la escucha y al equilibrio, parece invitarnos a no demorarnos en lo que se dice, a limitarnos a lo ya dicho, lo que nos impediría decir algo diferente. Parecería que cada temporada, que no siempre es un nuevo tiempo, trae sus propias sorderas. Y es preciso inaugurar otro oír.

(El salto del ángel, El País)