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Quemar la calle (Antonio Lucas)

Aunque las encuestas suelen ser el faralae de la democracia, la del CIS parece que viene a centrar esta verbena y sitúa a Podemos como el partido que a esta hora acumula mayor intención de voto. La impresión general es que el bipartidismo debe abandonar el negocio. No sirven para levantar esto. Ya no. Aceptaron malvender el futuro, sobre todo el nuestro. Hace un par de años, cuando la cosa andaba aún incandescente, hay quien preguntaba cómo es que la peña no salía feroz a la calle. Porqué el adocenamiento. Hasta cuándo la humillación. De dónde la paciencia... Ahora el CIS trae la clave. Lo de Podemos como una de las tres primeras fuerzas políticas es el «quemar la calle» que sugería alguno.

Ahí lo tienen. No se trata sólo del asco, sino de saber construir con él una balsa que flote. Y eso es lo de Pablo Iglesias, un anticipar la realidad, un modelar el pensamiento hasta que se cumpla lo que creen que puede cumplirse. Podemos es el castigo y la esperanza, equivocada o improvisada, pero esperanza para muchos. En forma de ajuste de cuentas, de justicia poética, de fin de partida. Un amigo me decía que les votará porque va a ser como apretar «el botón de la risa». Decidir libera. Y decidir es escapar, por ejemplo, del cerco autista en el que se instalan PP y PSOE, con su respectivo bandidaje de naturaleza intocable.

Lo de Podemos es la convocatoria mansa de esa batalla en la acera que muchos reclamaban. Tiene más de placebo que de antibiótico. Más de crecepelo que de vacuna. Y entre tanto, la abundancia de derrumbe (incluso de trauma) que orea la encuesta es, a la vez, una forma saducea de jibarizar entusiasmos, de activar ese mantra desalentador que exige a los individuos cuidado, cautela, miedo. Los sondeos nunca son inocentes, pero en este caso la mayoría preopinante, al final, podría crear más mayoría.
Y luego están los propagandistas por cuenta propia: sisleros, sospechosos, presuntos y María Dolores de Cospedal («El PP ha reaccionado con contundencia ante la corrupción», la perla). Todo suma. Los de Podemos han aceptado crecer validándose en la perfidia del bipartidismo en pleno derrumbamiento bipartidista. Ellos son el contenedor que arde sin arder. El pueblo en la calle sin las calles (y sin el pueblo). El calentamiento del desencanto. Es la formalización del sobresalto, según lo anuncian sondeos muy enérgicos. Han nacido del gatillazo de dos generaciones y de la fuerza de tantas expectativas traicionadas. Son el soponcio de esa España que prenderá el voto como un cóctel molotov.

(El Mundo)